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Morena no aguanta la verdad

Desliz

por Gildo Garza
15 junio, 2026
en Editoriales
Carta a Santa Claus: los niños malos de la política queretana
44
VISTAS

La desesperación de Morena en Querétaro ya no sólo se nota en sus discursos. Se nota en sus operadores, en sus contradicciones y en la rapidez con la que intentan convertir cualquier cuestionamiento periodístico en una supuesta agresión política. Cuando la crítica toca casa propia, se les acaba la tolerancia, se les apaga la transparencia y aparece la vieja escuela que tanto decían combatir: presión, victimismo y descalificación.

El caso de Alejandro Pérez, secretario de Organización de Morena en Querétaro, exhibe esa doble moral con brutal claridad. No se trata de un ciudadano cualquiera opinando desde una cuenta personal. Se trata de un funcionario partidista de una entidad de interés público, integrado a una estructura financiada con prerrogativas públicas y que, según se ha señalado, percibe alrededor de 38 mil pesos mensuales. Por eso no puede pedir trato de particular cuando se le exige rendición de cuentas.

Lo que molestó no fue una mentira. Molestó la fotografía.

Se indignaron porque se exhibió una imagen que él mismo habría subido, participando en la inauguración del Mundial, mientras desde el discurso nacional se predicaba austeridad, prudencia y rechazo al derroche. Claudia Sheinbaum pidió no ir; cuatro queretanos ligados a Morena fueron. Les valió la línea política, les valió la austeridad y les valió el mensaje público. Fueron, se exhibieron y después quisieron esconder el costo político detrás de la victimización.

Ahí está el fondo: no les dolió el exceso, les dolió la exhibida.

Después vino la fórmula de siempre: descalificar al mensajero. En lugar de explicar quién pagó, cuánto costó, con qué recursos asistieron y si hubo congruencia con el discurso de austeridad que presumen, Alejandro Pérez optó por insinuar, acusar y criminalizar a un periodista. Eso no es debate público. Es evasión. Y cuando un dirigente partidista usa su cargo, su estructura o su influencia para intentar intimidar a quien lo cuestiona, el asunto deja de ser anecdótico y se vuelve un problema de responsabilidad pública.

Los partidos no son clubes privados. Son entidades de interés público. Sus dirigentes no pueden vivir de recursos públicos partidistas, aparecer en eventos de alto costo, presumir cercanía política y luego esconderse como ciudadanos indefensos cuando se les exige transparencia. Todo cargo administrativo tiene responsabilidad. Más cuando se financia con dinero de la ciudadanía.

La misma lógica aplica a Plaza de Armas. Cuando se señalaron pintas, daños, confrontación y posibles provocadores, la reacción de ciertos morenistas no fue pedir investigación. Fue victimizarse. No buscaron separar a la comunidad LGBT+ de los actos vandálicos. Intentaron vender que exigir responsabilidades era atacar derechos humanos. Esa trampa es peligrosa: convierte una causa legítima en escudo político y usa a una comunidad como muro de contención para proteger operadores.

La comunidad LGBT+ no es vandalismo. La protesta no es impunidad. La dignidad no se defiende destruyendo espacios públicos. Y la política no se dignifica amenazando periodistas.

Morena en Querétaro quiere imponer autoridad moral sin dar explicaciones. Quiere hablar de pueblo mientras algunos de sus cuadros viven cómodamente del presupuesto partidista. Quiere hablar de austeridad mientras se toman fotos en eventos de lujo. Quiere hablar de derechos mientras calla cuando sus operadores insultan, descalifican o intentan intimidar.

Pero la doble moral no camina sola. Viene acompañada de traiciones, de facturas internas y de una militancia que cada vez entiende mejor cómo la usan: de tropa para marchar, de escudo cuando hay crisis y de silencio cuando los acuerdos se reparten arriba. Morena no está traicionando al PAN ni a sus adversarios. Morena está traicionando primero a los suyos.

Traiciona a quienes tocaron puertas creyendo en una causa. A quienes defendieron la austeridad mientras otros viajaban, posaban y presumían cercanía. A quienes repitieron que eran distintos mientras sus dirigentes aprendían demasiado rápido las mañas que juraron combatir. El discurso era transformación; la práctica terminó siendo cuota, nómina y protección de grupo.

Ese es el verdadero quiebre: ya no hay movimiento, hay administración de intereses. Ya no hay rebeldía, hay cargo. Ya no hay congruencia, hay operadores cuidando privilegios, golpeando disidentes y usando la palabra “pueblo” para cubrir decisiones tomadas entre muy pocos.

Por eso les irrita tanto la crítica. Porque una fotografía, una pregunta o una columna pueden exhibir más que una auditoría: exhiben el tamaño de la simulación. Los que hablaban de cambio terminaron defendiendo las mismas prácticas de siempre: lealtades compradas, silencios convenientes y traiciones envueltas en bandera guinda.

Y cuando alguien dentro o fuera del partido rompe el silencio, la respuesta no es aclarar. Es apretar. Es acusar. Es mandar recados. Es intentar convertir al periodista en enemigo para no responder lo elemental: quién paga, quién ordena, quién protege y quién se beneficia.

La tragedia política de Morena en Querétaro es que quiso vender pureza y terminó mostrando apetito. Quiso presentarse como reserva moral y terminó defendiendo operadores. Quiso hablar de corrupción ajena mientras guarda silencio frente a sus propios excesos. Y eso, tarde o temprano, se cobra.

Alejandro Pérez tendrá que demostrar lo que afirma. Si sostiene que este periodista cobra del PAN, que presente pruebas: contratos, facturas, transferencias o documentos. No consignas. No gritos. No difamaciones disfrazadas de militancia.

Porque la regla es sencilla: quien acusa, prueba.

Querétaro no necesita provocadores con sueldo partidista. Necesita verdad, responsabilidad y memoria pública.

Colofón

Morena habla de combate a la corrupción, pero en Querétaro blinda a los suyos: a su diputada Gayou, a sus alcaldes y a sus operadores. Cuando el señalamiento toca casa propia, se les acaba la transparencia y aparece la disciplina de grupo.

No quieren fiscalías autónomas; quieren fiscalías cómodas. No quieren investigaciones; quieren control político. No quieren rendición de cuentas; quieren fuero, silencio y tiempo.

Pero el fuero no es eterno. Los cargos pasan, los pactos se rompen y los expedientes quedan. Hoy podrán taparse entre ellos; mañana tendrán que responder con nombre, firma y responsabilidad.

La corrupción no se borra con discursos ni con victimismo. Y aunque algunos crean que el poder los vuelve intocables, la memoria pública no prescribe.

A chambear.

@GildoGarzaMx

Etiquetas: LGBT+MorenaPANperezSheinbaum

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