Con el inicio de la Copa del Mundo sin mayores contratiempos, Claudia Sheinbaum sale ligeramente fortalecida, aunque no necesariamente victoriosa en todos los frentes. En política, los grandes eventos no solo se miden por la organización, sino por el ánimo social que generan. Si la inauguración del Mundial se vivió en paz, sin que las protestas rompieran el ambiente festivo, y además México ganó, el gobierno recibe un beneficio indirecto: la narrativa del conflicto pierde espacio frente a la narrativa del orgullo nacional. Eso afecta especialmente a movimientos como la CNTE, porque cuando la población está en modo celebración, tolera menos las acciones que bloquean, incomodan o intentan apropiarse de la agenda pública. No significa que sus demandas desaparezcan, pero sí que su capacidad de presión simbólica se reduce. Un movimiento social necesita simpatía, visibilidad y oportunidad política; si la gente percibe que quiso afectar una fiesta nacional y no lo logró, queda debilitado. Perdió por goleada. Sobre la ausencia de Sheinbaum en el estadio, creo que fue una decisión calculada. Podía exponerse a abucheos, críticas por estar en un evento elitista o señalamientos por el costo de los boletos. Al no asistir, evitó esos riesgos y construyó una imagen de distancia frente al privilegio. Además, el boleto se supone que fue cedido a Yolett Cervantes, joven veracruzana ganadora de un concurso, pero Salma Hayek ocupó realmente su lugar; la propia presidenta aclaró que Hayek participó por invitación de la FIFA y no como su representante, aunque la niña nunca ocupó el lugar junto al presidente de la FIFA. El riesgo está en que sus adversarios intenten presentar la ausencia como falta de liderazgo o miedo al rechazo público. Lo cual era de esperarse, ya que los asistentes al Azteca no son para nada su mercado; es más si ahí se hubiera realizado una encuesta de revocación de mandato, hubiera perdido por goliza. Pero ese argumento pierde fuerza si el evento resultó exitoso y la fotografía política terminó siendo: el pueblo celebrando, México ganando y la presidenta sin aparecer entre la élite de palcos y zonas VIP. De hecho, algunos medios destacaron el contraste entre la presencia de empresarios y políticos en el estadio y la estrategia presidencial de colocarse fuera de ese círculo, aunque al que se le vio por ahí fue nuevamente a Santiago Nieto, aunque es un hecho que en Querétaro hasta los de Morena son “fifìs”. Por eso diría que no gana por goleada, pero sí gana por marcador corto: evita costos, capitaliza el ambiente positivo y deja a sus opositores con menos margen para convertir la inauguración en crisis política.
STRIKE 2
El resultado de Coahuila deja una lección clara: Morena sigue siendo la principal fuerza nacional, pero no es invencible cuando enfrenta gobiernos locales con estructura, control territorial, narrativa de estabilidad y buenos niveles de aprobación. En Coahuila, el PRI no ganó por la marca nacional; ganó por el aparato político construido durante años, por la continuidad Riquelme-Manolo Jiménez y por una identidad priista local que ha logrado separarse del desgaste de la dirigencia nacional de Alejandro Moreno. La elección fue contundente: el PRI y UDC obtuvieron alrededor del 55% de los votos y Morena-PT cerca del 26%, además de no ganar ninguno de los 16 distritos en disputa. Eso no es solo una victoria electoral, es una demostración de operación política, disciplina territorial y control de agenda. Ahora bien, trasladar automáticamente ese resultado a Aguascalientes y Querétaro sería un error. Coahuila es un caso muy particular: el PRI nunca ha perdido la gubernatura y conserva una maquinaria que ya no existe en ningún otro estado. Pero sí hay una advertencia importante: donde Morena no tiene cuadros locales fuertes, unidad interna ni una narrativa estatal creíble, puede perder frente a gobiernos bien evaluados. En Aguascalientes y Querétaro puede ocurrir eso, aunque con matices. En ambos estados hay sociedades más críticas, clases medias fuertes y electorados menos dependientes del voto corporativo. Ahí Morena no puede ganar solo con la marca presidencial; necesita candidatos competitivos, estructura, discurso moderado y unidad. Si llega dividido o con candidatos impuestos desde el centro, se topará con pared. Para Querétaro, la clave será si el PAN logra convertir la elección de 2027 en un referéndum sobre estabilidad, seguridad, empleo y calidad de vida. Si lo consigue, Morena tendrá dificultades muy grandes. Pero si el PAN se confía, se divide o carga con desgaste local, el efecto Coahuila no alcanzará. En resumen: Coahuila demuestra que Morena puede perder; no demuestra que la oposición ya aprendió a ganar en todos lados.
STRIKE 3 … PONCHADO
En el caso del Fiscal Anticorrupción, se exhibe un problema mayor que el nombramiento mismo: la Legislatura de Querétaro está entrando en una etapa donde la aritmética pesa más que el discurso. Morena decidió no participar en las entrevistas de la terna enviada por el gobernador Mauricio Kuri, bajo el argumento de que el mecanismo compromete la autonomía del cargo y reduce los consensos legislativos. Políticamente, Morena busca deslegitimar el proceso desde el origen. No necesita ganar la votación para obtener una rentabilidad política: le basta con instalar la idea de que el fiscal nace cuestionado. Sin embargo, también corre un riesgo: al no presentarse a las entrevistas, puede proyectar oposición testimonial, más interesada en la denuncia que en la revisión puntual de perfiles, y caer en la falta de preocupación real por Querétaro y mayor preocupación por ellos mismos. El gobernador, por su parte, ya llamó a los legisladores a no evadir su responsabilidad. Para el PAN, el reto es distinto. Puede tener mayoría suficiente para varias decisiones ordinarias, pero no necesariamente para las que requieren mayoría calificada. En un Congreso de 25 diputados, los 17 votos se vuelven una frontera política: ahí ya no basta la disciplina del bloque oficialista, se necesita negociación, operación fina y capacidad de sumar aliados. El problema es que la oposición tampoco aparece cohesionada. Morena marca distancia, pero su estrategia de no participar puede dificultar acuerdos futuros; y si el resto de las fuerzas opositoras actúa más por coyuntura que por agenda, el Congreso puede volverse impredecible y las negociaciones se encarecerán grandemente. Ahí están los nubarrones: nombramientos, reformas constitucionales locales o decisiones institucionales pueden atorarse no por falta de argumentos, sino por falta de puentes.





