En su Oda a Gaudí, poema de 1955 para el que incluso ofreciera instrucciones sobre cómo recitarlo, Juan Eduardo Cirlot no buscó explicar al arquitecto catalán, sino dar un equivalente emocional de su arte.
“Gaudí lleno de sangre mineral / abre las cataratas de las rocas, / insertando los vidrios instantáneos / en la desmesurada pesadumbre”, plasmó el poeta, crítico de arte y simbólogo español (1916-1973), que ya unos años antes había dedicado otros versos a aquel “relámpago de carne hecha de roca”.
“Tu arquitectura gime como un bosque / crucificado en furia que no mengua / bajo las destrucciones cenitales”, inmortalizó en el poema A Gaudí, de 1951. “Yo pido a ese sarmiento que me enrosque / con brasas y zafiros esta lengua / de pecados y cantos capitales”.
En el marco del centenario luctuoso del arquitecto (1852-1926), la editorial mexicana Vaso Roto lanzó El arte de Gaudí, libro que reúne las letras que durante 16 años, entre 1950 y 1966, Cirlot dedicó a su obra y figura, incluidos los poemas ya referidos.
La obra hay que interpretarla
Recuperar tales escritos resulta de gran valor en tanto el autor de títulos como Ferias y atracciones y el Diccionario de símbolos tradicionales se apartó de las interpretaciones convencionales para situar la arquitectura gaudiniana dentro de una visión profundamente poética y simbólica.
“Su obra hay que interpretarla; la podemos interpretar haciéndole embalaje o la podemos interpretar metiéndonos dentro. El libro de Cirlot se mete dentro”, subraya en entrevista el arquitecto e investigador español Enrique Granell (Barcelona, 1955), responsable del volumen.
“Muchas de las críticas que hoy podemos leer giran alrededor de Gaudí, pero no entran en el asunto. Y yo creo que el gran aporte del libro de Cirlot es que habla quemándose; es decir, se mete en el fuego de la creación. Y eso es algo que los demás no han hecho”, añade.
En su prólogo al volumen, Granell pondera que el marcado interés de Cirlot por Gaudí es producto no nada más del contacto que a fines de los años 40 el poeta tuvo con personalidades como Joan Miró y André Breton, sino de haber habitado él mismo en su infancia el conjunto gaudiniano de La Pedrera.
Y es su condición de poeta, precisamente, lo que parece dotarle de una sensibilidad distinta a la de los comentaristas que se enfocan en cuestiones constructivas y técnicas; “un poeta no entiende de esas cosas, por suerte. Entiende de otras”, contrasta Granell.
De ahí que, al recorrer edificaciones emblemáticas —o “grutas mágicas”— como la Sagrada Familia, el Park Güell y las casas Batlló y Milà, Cirlot observara un quehacer insólito que “une a la grandiosidad de la concepción la novedad vehemente de sus estructuras”, y es motivo de grave goce estético.
Con sus arcos inclinados, curvas irregulares, “conos hirientes y materia atormentada”, la arquitectura escultórica con carácter visceral de Gaudí —que Cirlot vincula con la arquitectura africana— entraña un pulso distinto a la “helada ascesis del funcionalismo y del cubismo arquitectónico”.
“En su arquitectura, lo racional se somete a lo irracional, lo constructivo a lo emergente, lo utilitario a lo imaginativo”, escribió en 1955 Cirlot, quien, como se ha visto ya, pudo servirse del lenguaje poético para traducir la experiencia estética que provoca Gaudí.
“Hizo una interpretación con las armas del poeta, que son la palabra, la rima, todos los problemas que la verbalidad de la poesía puede desarrollar. Él intenta explicar qué es Gaudí; no qué vemos con los ojos, sino qué experimentamos dentro de nosotros cuando vemos esa obra”, refrenda Granell.
Sobre todo, al crítico español le interesó reconocer en Gaudí —fallecido a consecuencia de ser atropellado por un tranvía— el problema de la creación entendida como sufrimiento sin mesura; e investirlo, por lo tanto, como la personificación del creador puro.
“Cirlot es un gran poeta y, por lo tanto, ese sufrimiento que siempre va asociado a la creación él lo percibe perfectamente, y percibe que Gaudí es alguien que no ha traicionado nunca ese sufrimiento”, apunta Granell.
“Es una persona que ha vivido siempre sola, nunca ha tenido mujer, nunca ha tenido familia… Es decir, ha llevado el sufrimiento hasta los límites extremos que una persona puede soportar”.
No es de sorprender que, en sus deformaciones expresivas de estilos, a decir de Cirlot, “se siente la palpitante agitación de la vida”.
En última instancia, Granell sostiene que Gaudí “se nos aparece como un soberbio castillo sin puertas ni ventanas rodeado por un foso de leones. Sólo podremos entrar en él en las alas de un rapto o de un sueño”.
‘RUINAS DEL FUTURO’
Hacia 1950, cuando Cirlot se refirió a la Sagrada Familia como unas “ruinas del futuro”, sostenía que el proyecto no debía terminarse jamás y permanecer más bien como “puro monumento de la esterilidad religiosa de los hombres”.
Para 1955, ya sugería, en cambio: “Allá donde existan datos, seguir literalmente la voluntad de Gaudí”.
Granell rememora que, de niño, aún pudo ver este templo expiatorio tal como Gaudí lo dejó; “se habían acabado las cuatro torres, pero no se había hecho absolutamente nada más”, comparte.
“Yo no sé hoy qué pensaría Cirlot de lo que se ha acabado haciendo”, dice sobre la que al día de hoy es una de las principales atracciones turísticas de Barcelona y recibe a miles de visitantes cada día, ya coronada por la Torre de Jesucristo, de la cual en aquel entonces no había visos; al momento de la muerte de su autor, la obra no alcanzaba ni el 25 por ciento.
“Lo que se ha hecho ahora es una imitación de Gaudí, pero con técnicas modernas; o sea, aquí hay hormigón pretensado. Es una obra de gran valor, digamos, organizativo por todo lo que se ha hecho, y con las visitas que tiene no ha muerto nadie. Esto es un logro tecnológico. Ahora, ¿eso es Gaudí o no lo es? Eso es una discusión”, enuncia Granell.





