Hasta que colgué la llamada, me di cuenta de que me habían timado, que me habían robado todos mis ahorros. Todo por haberme quedado prendida toda la tarde a una llamada dizque del banco, en lugar de entrar a la parroquia y rezar como todos los jueves. Pero el diablo es así de mañoso para retirarnos de nuestra devoción. Si hubiera entrado a la Hora Santa no habría perdido todo ese dinero que había guardado para la edición de mi libro. Era poco, pero era un buen adelanto. Por lo menos la mitad.
Durante cuatro horas un grupo de malandros y criminales muy hábiles que seguramente han laborado en el ambiente, se dedicaron a saquear mi cuenta a través de la aplicación del banco, una institución que hasta la fecha de ayer me parecía la más segura y que ostentaba su blindaje ante la criminalidad que nos circunda.
A las cinco en punto como si supusiera que yo saldría a rezar como todos los jueves, recibí una llamada de una amable voz que se identificó como Marisol Pérez ejecutiva de cargos y movimientos no reconocidos del banco. Que si yo había hecho movimientos en mi cuenta por la cantidad que guardaba en mis apartados y por una compra el día anterior. ¡Claro que no! contesté. Entonces alguien está usando su aplicación para disponer de sus fondos, fue su respuesta. Me alarmó. Ya no pensé. Y de allí comenzó una llamada que de manera accidentada fue sacando toda la información que necesitaban para desaparecer mi guardadito.
Duele perder ese dinero porque me costó varios años reunirlo, con muchos altibajos, pero siempre estaban allí mis 12 a 15 mil pesos, pero creo que lo que más duele es la burla, duele el ego por la forma tan inocente en la que uno entrega el tiempo y en el tiempo, las claves de la cuenta, algunos datos biométricos como el año de nacimiento, que luego es uno de los datos que pide la plataforma que responde tus denuncias; es uno tan obediente a lo que los funcionarios del crimen le indican como lo hace un secuestrado al que le obligan a no mirar, no abrir los ojos, es uno imbécil porque ya sabemos de muchos casos, porque todos nos decimos y hablamos de cuidarnos ante la inseguridad y así también me fueron indicando que no entrara al banco, además ya estaba fuera todo el personal. Pero para asegurarse que no fuera a encontrar a alguien, me ordenó que regresara a mi auto. Y yo la obedecí, toda la llamada, cuando tenía que abrir la aplicación, cerrarla, hacer capturas de pantalla, tomar códigos de cancelación y una serie de números que seguramente no servirán de nada porque serán inventados a propósito. Para finalizar, la voz tan segura y autoritaria de la pseudofuncionaria bancaria todavía me preguntó a qué hora más o menos me depositaban mi nómina de la pensión y más o menos cuánto. Ella me llamaría al día siguiente a las 11 en punto y mi cita en el banco sería a las tres. Ya estaba agendada. Nada más eso falta. Que me espere en la puerta del banco para arrebatarme la vida, como me arrebató un puño de billetes que se le harán un polvo en lo que se los invierta. Esta es la experiencia que ofrece la tecnología con todas sus ventajas. Amén.





