A través de una de sus más notables intelectuales y no menos destacada luchadora social, administradora y arquitecta paisajista, doña Clara Brugada, la Cuarta Transformación renueva los espacios de esperanza ante cualquier adversidad para la patria.
Si ya Ramón López Velarde auguraba segura protección contra los jinetes del hambre y el obús (la hambruna y la guerra) y en su remedio ofrecía el milagroso higo de san Felipe de Jesús, Clara Brugada extiende su próvida solución: el ajolote violeta, obispo (como traje de luces), violáceo, lila, morado, moradito, rosita o purpurino; quizá azul o azul profundo, según cada daltónico decida cuando sus pupilas (y sus pupilos) miren los horripilantes anfibios por aquí, los ajolotitos por allá, cuya proliferación gráfica (casi estereográfica), han colmado avenidas y calles, carrocerías de flamantes vagones para el tren ligero o murales urbanos de dudosa calidad (lo mismo decían de Basquiat).
Por esa condición de original vida lacustre en este valle, los ciudadanos del oriente están felices por las inundaciones de los días recientes, con las cuales podrán vivir la anfibia condición de los ajolotes, en especial quienes viven en las riberas del repentino río cuyo caudaloso bramido arrastro casas y automóviles allá por el rumbo de Iztapalapa (lugar de la consagración política de doña Clara y la utopía). En fin.
Líneas arriba he dicho horripilantes anfibios y no quiere ser tachado de clasismo taxonómico. Son tan espantosos como su nombre indica en lengua mexica: proviene del náhuatl āxōlōtl formado por Atl (‘agua’) y Xólotl (‘animal, monstruo’). Monstruo del agua.
Así pues no me corresponde ameritar o despreciar la descripción teratogénica del dicho “Ambystoma mexicanum” en ninguna de sus variedades o caprichos cromáticos de nuestra siempre ilustrada clase política morena, ni sigo las enseñanzas de George Kearsley Shaw o Frederick Polydore Nodder quienes siguieron rutas científicas para estudiare y clasificar esta extraña especie endémica de las lagunas del Valle de México cuya sorprendente capacidad de regeneración celular y su prolongado estado larvario hicieron pensar a los antiguos (siempre cautivos de la superstición y la magia), en la inmortalidad en este caso no del cangrejo sino del ajolote.
La enciclopedia nos ilustra y tras su lectura uno queda maravillado.
Tan sorprendente especie de la naturaleza sólo podía haberse desarrollado en estas charcas xochimilcas (con X señora Ayuso); zonas palustres y lagunas. Es un don del universo –como lo son el guajolote, el cacao; el aguacate y el jitomate ahora por desgracia tan caro–, es un regalo de México al mundo, aunque ahora se halle en peligro de extinción, pero no de decoración urbana. Ni duda cabe. Quizá por eso ahora son nuestro símbolo.
El ajolote debería coronar la afrancesada y porfirista columna a la independencia y retirar de ahí la victoria o ángel dorado, para poner al ajolote morado.
Pero, en fin, dejemos en paz al ajolotito cuya ahusada figura como de feto perpetuo decora nuestros billetes de 500 pesos y vayamos a cosas menos anfibias y más importantes.
Por cierto, la modelo para el dicho papel moneda, es una ajolota (con A), como debe ser en seguimiento del ubicuo feminismo nacional, según se nos dijo en el ajolotario y museo allá por Las Águilas en la alcaldía Álvaro Obregón, quien de haber sido ambistomático, hubiera visto rebrotar el brazo perdido en la batalla de Celaya.
CONSULADOS
Uno de los más recientes frentes de combate político del gobierno de Estados Unidos contra la presidenta (con A) CSP, es la acusación de politizar subversivamente la actividad consular en aquel país. Según los trumpistas ya no son únicamente los narcotraficantes quienes hacen peligrar la estabilidad interna de la Unión Americana, sino el activismo consular mexicano en contra de sus políticas del interior y en favor del Partido Demócrata.
Heriberto Galindo, ex cónsul mexicano en Chicago, alejado de la incordia trumpiana, ha dado un paso simbólico en la reivindicación de las actividades diplomáticas y le ha donado al Instituto Matías Romero, una colección de cheques de puño y letra de ese gran personaje de la reforma, quien fue el enlace de don Benito Juárez (cuyo apotegma una tonta senadora morena ha trastocado entre el respeto y el derecho) con el presidente Abraham Lincoln.
Juan José Bremer, director del dicho instituto de formación diplomática aceptó la donación con estas palabras:
“Agradecemos al Lic. Heriberto M. Galindo Quiñones, ex cónsul general en Chicago y ex embajador de México en Cuba; por donar una colección de cheques firmados y expedidos por Matías Romero, durante su gestión como ministro plenipotenciario de México en Estados Unidos”.
Para quien no este familiarizado con la figura de Don Matías se sugiere la lectura (rápida) del archivo del Centro de Enseñanza y Análisis sobre la Política Exterior de México. De ahí extraigo:
“…Matías Romero Avendaño desempeñó un papel importante en la política mexicana durante los periodos de Benito Juárez y Porfirio Díaz.
“Durante el gobierno de Juárez, ocupó el puesto de encargado de negocios de México en Estados Unidos, este periodo estuvo caracterizado de desafíos cómo la lucha de la independencia y la intervención francesa, pero Romero cómo en diversos casos, jugó un papel crucial en las negociaciones y tratados para preservar la soberanía del territorio.
“Durante el gobierno de Porfirio Díaz Romero se mantuvo firme representando al país frente a Estados Unidos y diversos países europeos. Además, bajo la presidencia de Díaz, se buscó la modernización y la prosperidad económica, el papel de Romero cómo ministro de Hacienda y Relaciones Exteriores, contribuyó a políticas que promovieron la inversión extranjera y el desarrollo económico del país”.




