Acerca de la conducta humana Oscar Wilde desarrolló profundas reflexiones a lo largo de su obra y, en muchas otras ocasiones, en conversaciones con amigos. Era, como se sabe, un brillante conversador, al punto de que André Gide llegó a juzgar que escucharlo era casi mejor que leerlo.
Lo cierto es que, como ocurre frecuentemente a los escritores, buena parte de lo que dicen o escriben no lo hacen pensando en su propio ejemplo, ni tampoco en si eso los podrá definir en su momento o más tarde. La libertad creativa nunca considera el “después” ni las consecuencias “prácticas” de exponer lo que se piensa.
Siendo Wilde absolutamente libre, estaba convencido de que “cualquier preocupación por las ideas de lo que es bueno y malo en conducta, delata un desarrollo intelectual atrofiado”. Igualmente, escribió que “la moderación es fatal; nada triunfa como el exceso”, y algo más que denota la conciencia que tenía respecto del tiempo que le tocó vivir: “nada es tan peligroso como ser muy moderno. Uno es propenso a pasar de moda repentinamente”.
En su caso, sin embargo, sólo la primera parte de esta última formulación resultó cierta: ser “muy moderno” y libre le resultó fatal, aunque como buen clásico nunca pasó “de moda”. Pero sus últimos años fueron eclipsados por el escándalo y la prisión; y aun luego de su muerte su reputación siguió sufriendo la refriega de la moralina.
Me acabo de enterar, por The Economist, de la aparición de un libro por demás interesante: “After Oscar: The Legacy of a Scandal” (Después de Oscar: el legado de un escándalo), escrito por su único nieto, Merlin Holland, quien ha dedicado buena parte de su vida a desentrañar los más profundos secretos de la vida de su abuelo.
Merlin es hijo de Vyvyan Holland, el menor de los hijos de Wilde, que dejaron de apellidarse Wilde porque su abuela, Constance Lloyd, decidió que adoptaran el Holland para evitarles en la medida de lo posible el desprecio social tras la condena de su padre en 1895 por “indecencia grave, sodomía y ultrajes contra la moral pública”.
En su libro, Holland relata cómo la familia sobrellevó este asunto en los últimos años de vida del autor de “El retrato de Dorian Grey” y los años posteriores a su muerte. Y es que todo fue y siguió siendo un escándalo de distintas formas. La tumba del escritor en el cementerio de Père Lachaise, en París, simboliza de algún modo el estigma que persiguió a la familia hasta la actualidad.
El sepulcro tiene una estatua de inspiración asiria que Merlin Holland describió como un “ángel volador con una erección”. La obra fue realizada por el escultor Jacob Epstein y a las autoridades parisinas les pareció que era una obra “indecente”, por lo que se le colocó una púdica hoja de parra. En 1961, un vándalo arrancó los testículos de la escultura.
Holland también tuvo que lidiar con el peregrinaje gay que dejaba manchas de lápiz labial en la tumba, lo que la estaba deteriorando. Así que en 2011 se la protegió con una barrera de vidrio que evita que se la pueda tocar.
La nota de The Economist nos informa que Holland, “quien es el albacea literario del patrimonio de Wilde” intenta exponer en su libro “todo lo que ha sido adornado en nombre de Wilde por biógrafos, falsificadores, falsos memorialistas y miembros de su propia familia. El Sr. Holland admite que escribió el libro «con un poco de ira, canalizada a través del relato»”.
Estando en la prisión de Reading, nuestro escritor predijo su final en una carta dirigida a Robert Ross: “ Sé que los espectadores se cansan si la obra dura mucho. Mi tragedia ha durado demasiado, su clímax ha pasado, su final es cruel. Soy plenamente consciente de que al terminar esto tendré que regresar como un visitante inoportuno a un mundo que no me quiere”.
El texto de Holland comienza cuando Wilde sale de la prisión en 1897 y viaja a Francia con la intención de reunirse con su familia, pero la abuelita Constance hace de las suyas y mantiene alejados a sus hijos. Wilde morirá en la miseria y sin volver a verlos.
“Nunca hay que debutar con un escándalo; eso se reserva para amenizar la vejez”, decía Wilde en “El retrato de Dorian Grey”. Inconsecuente con este propósito, moriría a los 46 años.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez





