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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
8 mayo, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
176
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22 de abril de 1862

El sol de abril cayó sobre Querétaro con un peso de mortaja. Tras el paso de la polvareda que levantaron los siete mil hombres del General Arteaga, la ciudad se hundió en un sopor extraño, un silencio que zumbaba en los oídos como el rastro de una explosión.

Las calles, antes vibrantes con el pregón de los aguadores y el martilleo de los herreros, se volvieron corredores de ecos.

En las haciendas que coronaban el valle, el desastre comenzó con el alba. Don Silvestre, un capataz cuyos cincuenta y siete años le obligaban a apoyarse en un bastón de fresno, caminaba por los establos de la labor. Las vacas, con las ubres hinchadas y doloridas, mugían con un lamento que crispaba los nervios. No había manos para el ordeño, los niños del rancho apenas conocían la labor si no se habían despegado de la ubre materna.

Los mozos, esos muchachos de espaldas anchas que vaciaban los corrales en un par de horas, ahora marchaban con el fusil al hombro. Doña Encarnación y sus hijas tuvieron que arremangarse los vestidos, hundiendo sus dedos finos en la tibieza del pelambre, aprendiendo a fuerza de necesidad el oficio de la leche. El líquido blanco, que antes corría hacia la ciudad en ruidosas carretas, se quedaba estancado, agriándose bajo el calor, mientras los quesos se oteaban en las prensas porque no había fuerza joven para apretar los tornillos de madera.

En el mercado del templo del Carmen, el comercio se volvió un susurro de ancianos. Las tiendas de granos mostraban los estantes medio vacíos, no porque faltara la semilla, sino porque el transporte se había detenido en seco. Las mulas permanecían ociosas en los corrales; nadie se atrevía a conducir las recuas por los caminos donde la leva aún podía atrapar a cualquier despistado. Los niños de diez años, con el rostro serio y la mirada prematuramente endurecida, cargaban bultos que doblaban sus columnas, intentando suplir la ausencia de sus padres entre los puestos de maíz y frijol.

La vida cotidiana en las casonas de cantera rosa se replegó hacia los patios interiores. El silencio era el soberano absoluto. Las mujeres se sentaban a coser junto a las fuentes, pero sus ojos no estaban en la aguja, sino en la puerta del zaguán. Los niños jugaban en las aceras a ser «el General Zaragoza», usando ramas secas como bayonetas, ajenos al hecho de que sus madres los miraban con un terror oculto, temiendo que el tiempo pasara demasiado rápido y la guerra se los tragara también a ellos.

Don Manuel Alcocer, en su tenería de San Sebastián, contemplaba las tinas de curtido con una amargura que le nublaba la vista. El olor a cuero y cal, que antes era el aroma de su orgullo, ahora le parecía el hedor de un cementerio. Sin Julián, sin los oficiales y aprendices, las pieles se pudrían en el agua. Sus manos retorcidas no podían mover los pesados cueros de res. Se sentaba en su banco de trabajo, rodeado de herramientas que nadie usaba, escuchando el lejano llanto de una mujer que, tres calles más allá, acababa de comprender que la leña del hogar tendría que cortarla ella misma con el hacha oxidada del abuelo.

Al caer la noche, Querétaro se convertía en una ciudad de sombras proyectadas por las velas. Los pocos hombres que quedaban eran sombras encorvadas, veteranos de la Independencia o de la guerra del 47, que se reunían en las esquinas a comentar los rumores del avance francés con voces cascadas. No había quien encendiera los faroles públicos con puntualidad; las sombras ganaban terreno. El Acueducto, majestuoso y eterno, seguía vertiendo agua en las fuentes, pero el sonido del chorro golpeando la piedra parecía ahora un conteo fúnebre.

Las familias comían en silencio, repartiéndose tortillas hechas por manos que nunca habían conocido el comal, escuchando el viento que bajaba del cerro de las Campanas.

Cada golpe de viento en una ventana mal cerrada hacía que los corazones saltaran, pensando que era el aviso de un mensajero, una carta de Puebla, o el paso de una bota militar. La ciudad, joya de la República, se había vuelto un nido de ausencias, donde el único motor era la voluntad de las mujeres que, entre el rosario y el trabajo rudo, mantenían en pie un mundo que se desmoronaba por falta de brazos, esperando que el acero de Napoleón no fuera tan afilado como la soledad que las devoraba.

El general José María Arteaga, estratega de los ánimos y conocedor del peso que carga el silencio en la retaguardia, no confió el destino de la paz doméstica a la casualidad. Encomendó a una unidad táctica de maniobra del Ejército del Centro —aquella sección de apenas veinticinco jinetes que galopaban entre el polvo y la incertidumbre— la sagrada misión de operar el postal.  Encargados de llevar de puño y letra el bálsamo que debía apaciguar a las pre-plañideras, mujeres que ya comenzaban a mecerse en el luto preventivo, esperando el cumplimiento de aquella promesa feroz y gloriosa:

¡Hijos por héroes!

Cada tres días, el horizonte escupía el galope rítmico de la caballería, y con ellos, la vida volvía al pulmón de la ciudad. El valor de lo que transportaban esos jóvenes superaba cualquier divisa. Para los afortunados, los menos, aquellos cuyos hijos poseían el dote casi místico de la escritura, la esperanza llegaba en simples pares de cartas, donde la caligrafía apresurada bajo la luz de las fogatas del camino hacia Puebla intentaba explicar lo inexplicable.

Pero en un México donde la letra era un privilegio de pocos, el amor y la existencia se abrían paso a través de símbolos desgarradores.

Ante la mudez del analfabetismo, las alforjas de los jinetes se llenaban de fe tangible: llegaban los santos y las medallas de bautizo, metales gastados que al ser apretados contra el pecho de una madre funcionaban como una fe de vida absoluta. Si la medalla estaba allí, el cuello que la portaba aún no había sido alcanzado por el acero francés. Y para los más humildes, los desposeídos de oro y de letras, el mensaje era un grito de los sentidos.

Enviaban simples hojas arrancadas de los árboles del camino o paños impregnados con el agrio y profundo olor de su piel, muestras brutales de una humanidad que se negaba a ser borrada por la metralla. Esas telas, que aún conservaban el rastro del sudor y el polvo de la marcha, eran el único abrazo que la guerra permitía, la prueba física de que aquel hombre que marchó hacia el 5 de mayo seguía siendo carne, aroma y presencia, y no solo un nombre más en la lista de los héroes de la nación.

El joven José de la Luz Galván, explicaba a su madre las inclemencias del campamento del Ejército del Centro.

“… Madre amada, querida y recordada en cada uno de mis pensamientos en todo el día, el sol en este rincón de camino a los fuertes de Puebla no calienta como el de mi Querétaro Lindo; aquí tiene un brillo metálico, un calor que se siente en los dientes y que hace que el aire vibre sobre los cañones de bronce.

Cuando me calzo las botas y siento el peso de la montura, intento que mi espalda se vea tan ancha como la de un hombre de treinta. El campamento es un hormiguero de hombres que huelen a caballo, a tabaco barato y a ese miedo seco que se intenta disimular con risas fuertes. Son mal hablados y hacen cuentas dónde todos se ríen, pero yo no alcanzo a entenderlos, hablan de mujeres, mozas y casquivanas, me apena siquiera recordar sus malos comentarios.

Aquí el día nace antes que los pájaros. Los gorriones apenas empiezan a piar entre los matorrales cuando el toque de diana ya nos tiene en pie, con el frío calándonos hasta los huesos. Nos enseñan el arte de la muerte como si fuera una oración: a sostener la bayoneta para que no cimbre, a buscar el punto exacto bajo la barbilla del enemigo, y a entender que el caballo no es un animal, sino una extensión de nuestras propias piernas. —¡Cierren filas! — nos gritan hasta que el pecho arde, mientras nos obligan a cargar contra sacos de paja para que el brazo no tiemble cuando el saco sea un uniforme azul de los zuavos. Nos enseñan caballo a caballo a mantenernos unidos en formación para que nadie pase entre nuestras montas, acostumbrándonos a sentir el calor del otro bridón como fuerza de unidad.

La comida es un recordatorio de lo que dejamos atrás. Comemos un rancho de frijoles que parecen piedras y tortillas endurecidas al fuego, a veces un trozo de cecina tan seca que hay que pelearla con las muelas. Mientras mastico, cierro los ojos para imaginar el olor de las gorditas de maíz quebrado que sus santas manos me hacían, ese aroma dulce del piloncillo que flota en las tardes de la casa, las lágrimas se me escurren al sentir sus brazos dándome un abrazo y la bendición para dormir, pero finjo, cómo todos lo hacen ¡Y nos hacemos los valientes!

A veces, cuando el sargento se distrae y el sol empieza a caer tras los volcanes, me invade una soledad que no cabe en este uniforme.

Extraño el fresno donde me despedí de Lucía Montemayor. Recuerdo el tacto de sus manos, tan distintas a la aspereza de las riendas, y su voz prometiéndome que rezaría cada cuenta de su rosario por mi regreso. Ella no sabe que aquí, entre el estrépito de los clarines y el relincho de las bestias, su nombre es el único refugio que tengo. Madre ¡Estoy enamorado! O lo más cercano que ese sentimiento pueda hacerme latir. Saco el paño que guardo cerca del corazón, ese que ella me dio y que todavía conservo. Quiero creer que ella conserva el que yo le dejé, un rastro del agua de rosas con la que se lava el rostro.

Me dijeron que seríamos héroes, pero a veces, cuando el viento sopla desde el norte y trae el olor de la tierra removida, solo soy un niño que daría toda la gloria del mundo por volver a caminar de la mano de Usted por las calles empedradas, lejos de este campamento donde la muerte se entrena bajo el sol inclemente.

Los oficiales, esos hombres que ya tienen la mirada endurecida por la pólvora, dicen que este aire que respiramos hoy es el mejor aliento del que habremos de gozar en la vida. Dicen que es un aire limpio, de tregua. Porque aseguran que, después de que los cañones escupan su primera palabra, el cielo que veremos ya no será este, sino uno distinto: un cielo denso, herido de humo y curtido en el trago amargo de quienes quedan atrás, entre el espanto de la carne amputada, la piel quemada o esos horrores que mi lengua de catorce años ni siquiera se atreve a nombrar.

No deseo, madre mía, amada y recordada de mi alma, que mis lamentos le amarguen la lectura de estas letras. No quiero que mi miedo empañe sus ojos. Solo busco desahogar este sentir que me aprieta el pecho contra el suyo, allá en nuestra casa. Le ruego, madre, que estruje esta hoja con todas sus fuerzas, que la apriete contra sí como si fuera mi propio cuerpo el que abraza, y que no la suelte por un largo tiempo. Se lo ruego. Estoy seguro de que, si lo hace con suficiente fe, yo sentiré ese calor aquí mismo, en la distancia, mientras cumplo con mi oficio entre los abrevaderos y el relincho de los caballos que no conocen el descanso.

Mi corazón no me pertenece, es suyo, y late con su nombre en cada respiración que este aire poblano me permite. Recibo con la frente baja la bendición que me envió en su último respiro de papel, y vivo solo para el momento de cumplirle la promesa del regreso.

Mientras tanto, me quedo aquí, aferrado a su recuerdo como el soldado se aferra a su fusil, esperando que el destino me permita volver a ser su hijo antes que un héroe de mármol… en mi reposo eterno, con las letras de mi nombre, donde seguro pasará sus dedos en cada surco frío del capitel”

3 de mayo de 1862, formación de batalla del Ejército del Centro.

La mañana se fragmentó en mil destellos de acero cuando el Ejército del Centro rompió el horizonte, avanzando como una marea de orgullo contenido para fundirse con los hombres de Zaragoza. Una hilera infinita de jinetes e infantes que hacían temblar el suelo poblano con una cadencia que recordaba el latido de un solo corazón colosal. Al frente, la caballería erguía sus lanzas como si fueran pararrayos destinados a capturar la gloria del sol, con los banderines de seda rasgando el viento, proclamando en cada aleteo que la tierra mexicana había parido guardianes a la altura de sus volcanes. Bajo los estandartes donde, entre hilos azules y letras doradas, se leía con orgullo: Ejército del Centro.

Entre las filas, los mozos apenas se erguían con una gallardía que desafiaba a la lógica de la guerra. Había adolescentes, apenas desprendidos del regazo materno, que sostenían el fusil con una reverencia casi religiosa. En sus rostros, la suavidad de la niñez se fundía con la dureza del bronce; sentían en el pecho un incendio sagrado, una embriaguez de libertad que les hacía ignorar el peso de la mochila y el polvo del camino. Para ellos, la Patria no era un concepto abstracto en los libros de texto, sino el rostro de sus madres reflejado en el paisaje, el olor a tierra mojada de sus provincias y la certidumbre de que morir por ese suelo era la forma más pura de amarlo.

Sus barbiquejos les sostienen el quepí de gala, su mirada al horizonte se inflama de orgullo.

El amor a la mujer que los trajo al mundo se transformaba en ese instante en una fuerza telúrica. Al marchar, cada uno llevaba el nombre de su madre cosido al aliento; sentían que sus corazones se hinchaban hasta casi romper las costuras de sus chaquetas de paño, henchidos por el deseo de ser el escudo que mantuviera el hogar a salvo del ultraje extranjero. Era un amor que se volvía heroísmo: la promesa silenciosa de que cada gota de sangre vertida sería una ofrenda para que aquellas mujeres nunca tuvieran que bajar la mirada ante un invasor.

Los hombres del gobernador José María Arteaga se desplegaban con una precisión geométrica, una danza de sombras y luces donde el uniforme, aunque desgastado por la marcha, resplandecía con la dignidad de quien sabe que la historia lo está observando. Se miraban entre sí con una complicidad de gigantes, reconociendo en el brillo de los ojos del compañero el mismo fuego que consumía los suyos.

Eran el músculo y el alma del México profundo, una legión de valientes que, al unirse al Ejército de Oriente, no solo sumaban bayonetas, sino que tejían un manto de invencibilidad sobre las faldas del Loreto y Guadalupe, dispuestos a demostrar que cuando el amor a la madre se vuelve amor a la tierra, no hay imperio en la tierra capaz de romper esa línea.

A la orden de solo ver blandir la espada al aire del general Ignacio Zaragoza Seguín… solo eso esperan, para salir a vencer al invasor.

Continuará…

Etiquetas: arteagaHISTORIAqueretaro

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