Cuando la literatura iberoamericana ocupó lugares de importancia en el mundo gracias, en parte por la mirada de la academia Nobel hacia el Anáhuac (Paz), el Cuzco (Vargas Llosa); Los Andes (Neruda y Mistral); el Petén (Asturias) y Aracataca (García Márquez), alguien quiso explicar esa avalancha cultural (Goytisolo, me parece) con una linda frase: las carabelas ya van de regreso; es decir, ahora Iberoamérica iba a conquistar Europa.
El único escritor español de esa categoría “novelesca” para resistir el embate era Cela.
Pero todos –lo aceptaran o no–, vivían bajo la misma sombrilla comercial: el “boom” no fue sólo un estallido cultural de las letras iberoamericanas y sus maravillas, fue una promoción de mercado para llevar al auge a la industria editorial española y catalana. Seix Barral por delante. Después las demás.
Los escritores –peruanos, colombianos o argentinos– ya no se quedaban vivir en París; se mudaban a Barcelona que también era una fiesta.
Mientras –en lo político–, la sagacidad de Carlos Salinas y Juan Carlos, el Borbón desterrado, instauraba las Cumbres Iberoamericanas como corolario festivo y extensión de los fastos por el Quinto Centenario del Descubrimiento de América. El continente se libraba así, por unas horas de la Doctrina Monroe y España se volvía a sentar en la asamblea hispano parlante (excepto Brasil), como una vieja matrona rodeada de sus consecuencias, tras la nostálgica aventura militar, económica, cultural y religiosa de medio milenio atrás, antes de la hispanofobia reciente cuyo grotesco extremo vengativo e inútil derribó las estatuas del Almirante de la Mar Océano, Don Cristóbal, quien por desgracia no se ha podido presentar para ser juzgado; ni condenado ni perdonado.
Pero Colombia se sigue llamando Colombia. Y Washington se asienta en el distrito de Columbia.
Y precisamente en Barcelona en estos días, un grupo de presidentes iberoamericanos se reunirá a perder el tiempo en la interminable fiesta de las palabras floridas y los discursos ampulosos, especialidad de nuestros pueblos grandilocuentes, pomposos, prosopopéyicos, magnílocuos, parlanchines y atrasados en las cosas verdaderamente útiles para condenar todo aquello alejado del catecismo izquierdista. No será un “boom” político. Cuando más sonará como una trompetilla.
Van a hablar –sólo hablar y más hablar– de justicia, multilateralismo, cooperación, pacifismo, justicia, inclusión, tolerancia y todas esas lindas cosas tan lejos de la humana condición cotidiana y condenarán con energía verbal (porque no tienen otra), los desequilibrios planetarios, el dispendio del armamentismo y colgarán guirnaldas en sus propias frases y verán cómo les crecen floripondios a sus palabras y después se irán todos muy contentos a comer sancocho acompañados de cuantos vivales se aparezcan en el sendero de las zurdas organizaciones piadosas y políticamente correctas.
La reunión de Las Ramblas fue promovida por un desempleado cuyo último trabajo fue la presidencia de Chile. Un hombre joven de verbosidad fulgurante y rápidos reflejos (Boric), cuya mayor hazaña fue entregarle el gobierno a la derecha más reaccionaria de la historia reciente de ese país. Así de buena fue su administración.
También estarán presentes en esa progresista reunión prodemocracia, las cabezas de Brasil (Lula), Uruguay (Orci), México (Sheinbaum) y Colombia (Petro). Como se ve son muy poquitos los preocupados por defender el flanco izquierdo de la democracia y el lado correcto de la historia, frente al inservible pero concurrido “Escudo de las Américas” de Donald Trump quien tiene bajo su sombra ideológica –o su dinero y sus armas– a 18 naciones del subcontinente.
Obviamente a México la dicha reunión le permite responder al guiño de la Hispania Fecunda tras el desencuentro gratuito provocado por el expresidente López quien pausó las relaciones con el intransigente y baladí pretexto de una indispensable y obligatoria disculpa ibérica por las atrocidades de la lejanísima conquista de América y el mal trato a los indígenas. El Rey Felipe VI lo ha reconocido y nada más.






