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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
24 abril, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
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8de diciembre de 1861, Golfo de México, a la vista de catalejos.

El horizonte del Golfo de México, teñido por un sol de plomo, comenzó a quebrarse bajo el peso de la cobranza europea. Desde las costas de Cuba, la perla de las Antillas, se desprendió un gigante de madera y hierro que amenazaba con cobrar de contado la soberanía del águila devorando la serpiente.

En el puerto de La Habana, las campanas doblaban con un eco de gloria imperial. El Almirante de la Gran Escuadra, el excelentísimo Don Joaquín Gutiérrez de Rubalcava, caballero de la Gran Cruz de San Hermenegildo, alzó su catalejo de latón hacia el poniente. Bajo su mando, la fragata Lealtad, un coloso que cortaba las olas como una espada toledana, lideraba el avance.

Se escuchaba el rugido del Capitán de Navío Don Pelayo de la Cerda y Aranjuez, cuyas voces de mando parecían apagar el mismo estruendo del vapor. Tras ellos, los barcos Concepción y Berenguela henchían sus velas, blancas como sudarios, mientras los cascos de hélice batían el Caribe con la furia de un destino inevitable, van por el cobro de la deuda de millones de pesos en plata.

La travesía no fue de mares en calma, estos cobran el ímpetu del invasor. El Golfo, ese viejo guardián de México, recibió a los intrusos con la hospitalidad de una tormenta. Un «Norte» traicionero, viento de muerte que baja de las Rocallosas, azotó la flota española a mitad del trayecto.

El vapor Guadalquivir estuvo a punto de ser engullido por el abismo verde. Los marineros, hombres de hierro curtidos en el Mediterráneo, rezaban a la Virgen del Carmen mientras las jarcias silbaban como espectros. Se dice que, en la cubierta del Pájaro del Océano, los caballos destinados a la caballería relinchaban de terror ante el oleaje que inundaba las bodegas. Pero la disciplina imperial no flaqueó; con el orgullo herido pero los cañones intactos, la flota emergió de la espuma, divisando finalmente la silueta de San Juan de Ulúa.

Al despuntar el alba del 8 de diciembre, los soldados asomaron sus rostros pálidos por la borda. Lo que vieron les robó el aliento. Frente a ellos no estaba la tierra dócil que imaginaban, sino una muralla de luz y calor —Mirad ese horizonte —exclamó el joven oficial Don Valeriano de Alarcón y Montesino, mientras ajustaba su quepis—. No parece tierra, parece un altar de fuego.

Los soldados, envueltos en sus uniformes de lana azul y roja, sintieron por primera vez el abrazo asfixiante del trópico. Veracruz se alzaba ante ellos como una joya de piedra blanca custodiada por tiburones y murallas. Vieron las palmeras que se mecían como lanzas y escucharon el silencio ominoso de un pueblo que los observaba desde la sombra.

En los ojos de los marineros franceses que llegarían poco después, como los del Contralmirante Jurien de la Gravière, se reflejó una mezcla de codicia y respeto. México se les presentaba en su exótico misterio, guardaba un veneno invisible: el aire mismo parecía pesar, cargado de la promesa de la gloria o del olvido en una fosa común bajo las arenas del puerto.

6 de Enero de 1862, a la vista de catalejos desde el Fuerte de San Juan de Ulúa.

Las aguas del Golfo, aún rizadas por los restos de un invierno caprichoso, se vieron surcadas por las proas más modernas de la cristiandad. El buque insignia, el imponente Masséna, emergió de la bruma como una catedral de vapor y madera. A su lado, la fragata Victoire y el aviso Aube cortaban el mar con una precisión geométrica que despertaba el recelo y la admiración de quienes observaban desde el muelle.

En la cubierta del Masséna, la figura del Contralmirante Jurien de la Gravière dominaba el horizonte. Era un hombre de porte aristocrático, de mirada gélida como el acero de los Alpes y un bigote perfectamente encerado que acentuaba su linaje. Gozaba de la Gran Cruz de la Legión de Honor y era el hombre en quien Napoleón III había depositado la misión de «civilizar» el Nuevo Mundo.

A su lado, el Capitán de Navío Baron de Lagrandière, un oficial de espaldas anchas y uniforme impecable adornado con los entorchados de las campañas de Crimea, observaba con desdén el puerto mexicano.

Cuando los franceses divisaron a la flota española, ya anclada frente a San Juan de Ulúa, el espectáculo fue digno de un óleo de Versalles. Vieron las fragatas españolas Lealtad y Concepción, barcos de líneas clásicas y bravura probada. Los oficiales franceses, con sus casacas de paño fino y botones de oro, se asomaron por las amuras.

Hubo un saludo de cañón, un protocolo de pólvora que hizo vibrar los cimientos de la ciudad. Los franceses, que presumían de sus barcos de hélice —lo último en la ingeniería de la época—, miraban con una mezcla de respeto y superioridad a los españoles. Se sentían los herederos de César, portadores de un destino manifiesto bajo el estandarte tricolor que ondeaba soberbio en el palo mayor.

Apenas los soldados franceses —los famosos zuavos de pantalones bombachos rojos y los cazadores de Vincennes— pusieron un pie en las arenas calcinantes del puerto, el entusiasmo se transformó en agonía. El sol de enero, implacable, comenzó a cocerlos bajo sus pesados uniformes de lana. Pero el verdadero enemigo era microscópico: el «Vómito Negro» —la fiebre amarilla—.

Ese mismo día el puerto de Veracruz vio aparecer, como una cadena interminable de malos presagios en el horizonte a los amos del océano. A la cabeza de la escuadra británica avanzaba el HMS Mersey, una fragata de hélice cuya velocidad era legendaria y cuyos cañones de grueso calibre asomaban por las troneras como los colmillos de un lebrel hambriento.

Al mando de esta fuerza de hierro venía el Comodoro Hugh Dunlop, un hombre cuya sola presencia imponía un silencio gélido. Dunlop, veterano de mil tormentas y condecorado con la Orden del Baño, era la viva imagen de la eficiencia británica: piel curtida por la sal, patillas perfectamente recortadas y un uniforme azul marino que no permitía una sola arruga. Lo acompañaban barcos de nombres temibles que resonaban como golpes de martillo: el HMS Nile, el HMS Jason y el colosal HMS Donegall, un navío que parecía una montaña flotante desplazando las aguas del Golfo.

La flota inglesa no llegó sola. De las entrañas de sus transportes comenzaron a descender los Royal Marines, soldados de una disciplina tan rígida que parecían estatuas de mármol rojo moviéndose al unísono. Pero lo que más asombró —y ofendió— a los veracruzanos fue la llegada de su caballería.

Los ingleses bajaron de los barcos corceles de una alzada imponente, bestias de pura sangre que relinchaban ante el aire salino de México. Eran animales criados en las verdes praderas de Inglaterra, que ahora pisaban con sus herraduras de acero las arenas de Veracruz, como si el suelo mexicano fuera un simple campo de polo para el entretenimiento de la Reina Victoria.

La reacción del pueblo de Veracruz fue una mezcla de asombro por la maquinaria y un desprecio absoluto por los hombres. Mientras los ingleses bajaban con sus baúles de cuero, sus sirvientes y sus cajas de té, los jarochos los observaban desde las esquinas con una gallardía que rayaba en el insulto.

Siguiendo la orden de la República, nadie les vendió ni una sola naranja, ni un cántaro de agua fresca. Los comerciantes cerraban sus pesadas puertas de madera en las narices de los oficiales británicos que intentaban pagar con soberanos de oro.

Cuando los marinos ingleses caminaban por las calles empedradas, los veracruzanos ni siquiera se quitaban el sombrero; los miraban de arriba abajo con una mezcla de lástima y asco. Para el mexicano, esos ingleses de piel roja por el sol y ropas pesadas no eran más que piratas con modales caros. No hubo música, ni flores, ni el más mínimo gesto de hospitalidad. El silencio de Veracruz era tan denso que los ingleses, acostumbrados a que los recibieran con reverencias en sus colonias, se sentían por primera vez como extraños en un planeta hostil.

Los ingleses, con su habitual arrogancia, fingían no notar el rechazo, pero el ambiente era eléctrico. Habían llegado al Golfo creyéndose cobradores de una deuda, pero se encontraron con una nación que los trataba como a invitados no deseados en un funeral. Los barcos ingleses, los más poderosos del mundo, se mecían en la bahía de Veracruz como extraños intrusos que, a pesar de sus cañones, no podían comprar ni una sonrisa del pueblo más humilde de la República.

Así los tres poderosos imperios están a las puertas de Veracruz. La travesía no fue de mares en calma; el Golfo siempre se cobra el ímpetu del invasor, se ha dado la orden por la república de no darles comida a los invasores, aunque varias familias adineradas del puerto se hacen por llamar la atención enviando pequeñas barcazas a la venta de rones, comida y carnes.

Inclusive se han preparado bailes en honor de los capitanes y de los ejércitos. Setecientos Marines ingleses desembarcaron con sus montas, seis mil españoles tomaron las tierras aledañas al puerto en un gran campamento y tres mil franceses se apostillaron al sur del fuerte de Veracruz, quedando con el vómito negro una cantidad grande de ambos ejércitos, siendo que se obtuvo un barco hospital para tal situación.

¡Es inminente el enfrentamiento! Excelentísimo Señor Presidente: Los tres imperios están a las puertas. El aire de Veracruz ya no nos pertenece, sino al estruendo de los cañones extranjeros…General Manuel Blanco, Comandante Militar de Veracruz.

Juárez cerró el cartapacio con una parsimonia que ocultaba el tumulto de su espíritu.

Un sudor gélido, nacido de la más profunda incertidumbre, le recorrió la nuca mientras las cifras del informe bailaban ante sus ojos como espectros de pólvora. Aquel indio de Guelatao, forjado en el silencio de las leyes y la diplomacia, sentía cómo la imponencia del reporte asfixiaba el aire del Palacio Nacional.

Sus reservas estaban minadas; el tablero de la patria se resquebrajaba bajo el peso de tres coronas europeas que, con la excusa de la moneda, venían a reclamar el alma de la nación. En las sombras de los conventos, las facciones conservadoras acechaban, esperando que el zapoteco cometiera un solo error de juicio para desatar los perros de la guerra y acallar para siempre los ecos de la libertad.

La memoria de Juárez recordó a Miguel Miramón, el «joven macabeo» de los conservadores, quien en su delirio espurio de poder había empeñado el honor nacional ante el banquero suizo Jean-Baptiste Jecker. Por un puñado de seiscientos mil pesos de plata, Miramón había firmado un pagaré por quince millones. ¡Una estafa que olía a incienso! Jecker, astuto como un zorro, se había aliado con el Duque de Morny, medio hermano de Napoleón III, transformando una deuda de usura en una causa de guerra imperial.

Juárez evocó la figura del primer presidente, Guadalupe Victoria, quien, en la infancia de la República, con la inocencia del neófito, contrató préstamos masivos en Londres con las casas Goldschmidt y Barclay.

Treinta y dos millones de pesos en plata que, entre comisiones leoninas y quiebras sospechosas, terminaron siendo una burla: ¡solo once millones tocaron suelo mexicano! Y entonces, cómo una lápida que pesa, surge el nombre de Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna. El «Quince Uñas», quien de 1833 a 1855 gobernó como si México fuera su hacienda personal y el tesoro un pozo sin fondo.

Santa Anna había rediseñado la agonía financiera, pidiendo préstamos para pagar préstamos, alimentando ejércitos fantasmales y una corte de opereta. Sesenta millones de pesos en plata a los ingleses y doce millones a los agiotistas mexicanos que, como buitres, devoraban las aduanas. El gran total era una montaña de ochenta millones de pesos oro que aplastaba el pecho de la República.

Juárez no se engañaba; él mismo había tenido que descender al foso de las necesidades. El Tratado McLane-Ocampo pesaba sobre su conciencia: cuatro millones de dólares de Washington a cambio del libre tránsito por el Istmo de Tehuantepec. Ya veía en su mente las tierras de Oaxaca inundadas de mineros extranjeros, una herida abierta en el corazón de su propia tierra natal.

¡La suerte estaba echada! El Golfo de México estaba poblado de naves de guerra y el aire de la capital olía a tormenta inminente.

Bastaría un amago, un gesto mal interpretado o una mirada equivocada para encender una guerra de proporciones bíblicas.

Una conflagración de tal envergadura que ni liberales ni conservadores podrían soportar, dejando a la República entera a merced de los imperios que, desde el horizonte, ya se relamían por la rapiña.

4 de abril de 1862, Casa del Gobernador José María Arteaga.

La posesión de la guardia y la construcción del Ejército del Centro dejó las arcas del gobierno en la ruina, el alza a los impuestos hizo que toda la ciudad colapsara, en el fervor de la república se buscó el mínimo pretexto para hacerse de todas las monedas posibles —poco se recaudó— el amago de los invasores se mantiene, los comercios en quiebra, la población sin opciones de trabajo ¡No quedó de otra que enrolarse en el ejército republicano! Ante la posibilidad de tener que confrontar a tres naciones, así que el bando de reclutamiento fue contundente:

“Gobierno De La Ciudad De Querétaro. Abril 4 De 1862 A todos los habitantes de esta noble ciudad y sus demarcaciones:

Ante la inminente sombra del invasor que ya pisa suelo patrio, el Excelentísimo Ayuntamiento de Querétaro hace un llamado urgente al honor y a la sangre. Se decreta el Reclutamiento Obligatorio para la formación del Ejército Nacional del Centro, bajo las siguientes prevenciones:

Todo varón desde la edad de doce años —en quien ya reside el juicio del hombre— hasta los cincuenta, límite en que la vejez comienza a reclamar su descanso. No importa si es de casta o de linaje, si sabe leer o si su único lenguaje es el arado; la patria no distingue hijos ante el peligro.

Se buscan mancebos de brazos íntegros y paso firme. Hombres sanos de dos pies y dos manos, de vista aguda y dentadura capaz de rasgar el cartucho de pólvora. Quedan exentos únicamente quienes padezcan mal contagioso que debilite la fuerza de la tropa.

Deberán presentarse ante el Cabo de Orden en el Regimiento de Armas de esta ciudad. Quien ignore este bando ignora su propia libertad. En defensa de las armas y el honor de la República, ante la llegada de los extranjeros a nuestras tierras. Fírmese y publíquese en los sitios de costumbre. Síndico y Ayuntamiento de la Ciudad de Querétaro”

Aquel 4 de abril, el silencio de Querétaro se rompió con el redoble de los tambores. La República ya no tenía dinero, solo le quedaba el valor de sus hijos que Dios le dio.

Continuará…

Etiquetas: almiranteGolfoGran Cruz

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