Capítulo III
16 de diciembre de 1861.
—¡No se queden atrás cabrones! Falta poco para llegar — les arengaba el capitán del escuadrón que traía noticias desde el Potosí —¡Estamos a punto de unas cuantas calles! —.
Los jinetes galopaban portando noticias que exigían la atención inmediata del gobernador y general José María Arteaga: un hombre de costumbres ásperas, pero de arengas militares impecables. Fiel hasta los huesos a la República de Juárez —que en ese 1861 pendía apenas de un hilo—, Arteaga sabía que el tiempo se agotaba.
La deuda de ochenta y tres millones de pesos de plata con las potencias extranjeras —de los cuales casi setenta pertenecían a la Corona Inglesa— había precipitado el abismo. El ultimátum del presidente resonaba aún en las paredes de su oficina de mando como un decreto de guerra:
«…Señores, entre la honra de pagar puntualmente a los extranjeros y la existencia misma de la República, no hay duda: primero es salvar a la patria que alimentar su agonía con el último centavo del tesoro… »
Recordaba las palabras de Juárez frente a Guillermo Prieto y Matías Romero, y la palidez sudorosa que cubrió los rostros de ambos ante tal determinación. No había vuelta atrás; el tiempo de la diplomacia había muerto y el de la guerra era inminente.
—¡Vamos, inútiles! ¡Que no se me quede atrás ni un alma! ¡Arreciad la rienda, a todo galope! —El grito del capitán rasgó el aire denso de la mañana, fundiéndose con el estrépito de los cascos que martilleaban el empedrado.
La columna de jinetes liberales irrumpió en el barrio de Santa Ana, una garita que antaño sostenía la gran producción de caña de toda la comarca; como una exhalación de pólvora y animales. A su paso, la paz de los parroquianos saltó por los aires: hombres que apuraban el pulque se lanzaron a los quicios de las puertas y las mujeres se santiguaron ante la nube de polvo que ocultaba los rostros curtidos de los soldados. No había tiempo para la cortesía; la urgencia de la guerra dictaba el paso.
Enfilaron hacia la parte que desembocaba en el Paseo del Río. El agua del Querétaro, turbia y constante, fue testigo de la trepidante vuelta que dieron los caballos para internarse en la Calle de los Toros. Allí, el olor a bosta y sangre seca de los grandes corrales del rastro alborotó a las bestias; los animales bufaban, los ojos inyectados en sangre por el esfuerzo, mientras el eco de las herraduras contra los muros de adobe de las antiguas haciendas de beneficio creaba un estruendo ensordecedor.
Sin tregua, la patrulla devoró la Calle de San Sebastián. Pasaron frente al pequeño y austero oratorio que daba nombre a la vía; un relámpago de espuelas y uniformes polvorientos que apenas permitió a los fieles distinguir la silueta del capitán al frente. La ruta se estrechó al girar hacia La Mirandilla, donde el eco del galope se volvió un trueno confinado entre las fachadas. Los jinetes sentían el calor seco que emanaba del lomo de sus monturas; el corazón les golpeaba las costillas, queriendo saltar del pecho al mismo ritmo frenético que los pulmones de los caballos, que expulsaban espuma blanca por los belfos.
Al fin, tras un viraje final hacia la Calle de San Felipe, el imponente relieve del Palacio de Gobierno recortó el horizonte, una casona palaciega frente al gran templo donde vivió el cura Hidalgo, de fachada de rojo tezontle traído desde las ruinas del antiguo templo del emperador mexica en el tiempo de la Novo hispanidad. El capitán tiró de las riendas con una fuerza brutal, haciendo que su caballo se encabritara y relinchara de dolor y cansancio justo frente al gran portón.
El polvo aún no se asentaba cuando un centinela, con el fusil en guardia y el rostro pálido, se interpuso en el camino. Sin embargo, al ver el brillo de los galones de capitán y las medallas ganadas en el fuego de la batalla, el soldado bajó el arma, reconociendo la autoridad del hombre que parecía hecho de tierra.
—¡Abre, cabrón! Que traemos un mensaje de vida o muerte para el señor gobernador.
No esperaron invitación. Al primer chirrido de los pesados herrajes, el escuadrón en pleno desmontó en un estrépito de espuelas y sables golpeando los muslos. Con la eficiencia de una jauría hambrienta, los liberales invadieron el patio central, tomando posesión de cada rincón de la casona. La guardia del palacio era un chiste de mal gusto: apenas un par de soldados confundidos y un cabo dormilón que, hasta ese instante, se deleitaba con las albricias de sus propios sueños.
El estruendo de las botas herradas contra la rosa cantera despertó al sargento de golpe. El hombre saltó de su letargo, con el juicio enturbiado, mientras echaba a empujones fuera de la oficina a una criada que, minutos antes, se había quedado traspuesta en un elegante sillón de terciopelo, tras haber acicalado sus propias caricias vanas en el silencio de la mañana la mujer huyó despavorida, ajustándose el rebozo, bajo la mirada feroz de los recién llegados.
El capitán se plantó frente al sargento, cuya autoridad se desmoronaba en cada bostezo reprimido. La fuerza de su mando era una presencia física que llenaba el despacho.
—¡Fuera de aquí, sargento! —tronó el capitán, su mano enguantada descansando con amenaza sobre el pomo de la espada—. Y avise de inmediato al gobernador que hemos tomado la casona. Desde este preciso momento, este edificio es el centro del rayo: aquí se toma el mando y toda la ciudad obedece por encima de cualquier otra ley. ¿Entendió? —
El sargento, temblando bajo el peso de aquella fuerza militar, solo pudo cuadrarse. Mientras se fajaba a toda prisa la camisa sudada dentro del pantalón desaliñado, respondió con un hilo de voz quebrado por la sumisión:
—Sí, mi capitán… entendido.
Al no ver respuesta el capitán entró a los pasillos dentro de una gran arcada, inspeccionó la casa y al escuchar se detuvo frente a los aposentos privados, donde el aire pesado y el silencio cómplice delataban la naturaleza del hombre que gobernaba Querétaro.
Como era su cínica costumbre, el gobernador no dormía solo; se rodeaba de varias mujeres a la vez en una bacanal de sábanas de seda. Lejos de su casa familiar y tras varios años ostentando el mando absoluto de la plaza, los lupanares más elegantes de la ciudad se habían convertido en sus proveedores de beneficios. Aunque el hombre se decía fiel a la República, el vicio de abusar del poder que el pueblo le entregó se le había vuelto una segunda piel, más resistente que cualquier uniforme.
El capitán apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Lo sabía todo. Conocía cada exceso, cada sombra de aquel palacio, pero el honor militar le impedía poner en juicio tal aberración. Su labor no era juzgar la moral, sino servir a la patria y al presidente. Sin embargo, en la cadena de mando, el peso del general José María Arteaga era una sombra constante, y las palabras del propio general Mariano Escobedo resonaban en su memoria como una advertencia grabada a fuego:
“… Verás a un gobernador regordete, capitán, pero no te engañes: es poderoso y leal, un hombre activo y eficiente cuando el campo de batalla reclama sangre. Es un anticlerical de cepa, de los que no perdonan sotana. No lo enfrentes, no seas necio. Solo hazle saber que las órdenes las mando yo en persona; entrégale estas cartas y clava tus ojos en él, pon mucha atención en cómo reacciona. No es un improvisado, sabe lo que hace, ¡pero tiene un defecto que lo pierde! Le encanta la parranda y se deshace por las mujeres…”
Aquella sentencia de Escobedo martilleaba la mente del capitán mientras observaba la puerta doble de los aposentos. Tenía frente a él al aliado más valioso y, al mismo tiempo, al hombre más corrompido por sus propios apetitos. Con el sobre sellado en la mano, un documento que contenía el destino de la región, el capitán ajustó su talabarte, tragó el sabor amargo de la impaciencia y se preparó para confrontar a la bestia política en su propio nido de vicio. El mensaje de vida o muerte no podía esperar a que la resaca terminara.
El capitán Lucio Andrade se detuvo frente a las puertas de la recámara. Sus nudillos golpearon con firmeza los cristales, cuyo brillo quedaba opacado por unas cortinas traslúcidas que permitían adivinar el festín de sombras y siluetas que se retorcían al otro lado, ocultando el detalle pero revelando el exceso. Ante el silencio inicial, volvió a golpear, esta vez con la impaciencia de quien trae la guerra en las espuelas.
Desde el interior, una voz pastosa, irritada por el alcohol y el sueño interrumpido, soltó un rugido: —¿Qué chingados quieren, sargento? ¡Ya les he dicho que no me estén jodiendo! ¡Que, si pasa algo, ustedes resuélvanlo! Que para las cosas importantes la tarde es propicia, no a estas horas de la desmañanada…
El capitán no retrocedió un milímetro. Su voz, seca y autoritaria, cortó las quejas del mandatario como un sable: —General, soy el capitán Lucio Andrade, optio del general Mariano Escobedo. Traigo cartas para usted, de puño y letra del general.
El efecto fue instantáneo. Se escuchó el estrépito de una mesa derribada y pasos pesados que hacían crujir la duela. De un tajo, el general corrió las cortinas, dejando al descubierto no solo su rostro desencajado, sino también sus miserias; se presentó ante el capitán desnudo de dignidad, con la piel flácida y el descaro del que se sabe dueño de vidas y haciendas. Al reconocer la seriedad en el rostro de Andrade y el sello de Escobedo, el semblante del político cambió por completo.
—¡Me alineo y de inmediato bajo, capitán! —exclamó con una urgencia que rayaba en el pánico—. De favor, desayunen, pónganse cómodos…
Sin cerrar la cortina del todo, el general volvió el rostro hacia la penumbra de la alcoba y comenzó a soltar órdenes frenéticas, bajando la voz en un susurro violento que llegaba nítido a los oídos del capitán: —¡Órale, cabronas, a la chingada! ¡Corran o les juro por mi madre que no habrá más fiestas aquí! —se escuchó el ruido de telas arrastrándose y murmullos femeninos llenos de miedo—. Tú, llévate esas ropas… ¡Pinche sargento, ahorita sí se lo va a cargar la chingada por dejar pasar a este hombre! ¡Anden, corran y sálganse por esta puerta! No, ¡mejor esperen! ¡Por esta otra! —.
Mientras el caos de faldas, risas nerviosas y maldiciones se desataba tras la puerta, el capitán Andrade dio media vuelta con un gesto de desprecio contenido. Ignoró el espectáculo de la carne y comenzó a recorrer los pasillos de la casona, inspeccionando cada ángulo, midiendo la lealtad de las paredes y el descuido de la guardia, consciente de que, en ese lugar, entre el olor a perfume barato y la pólvora que traía en la casaca, se estaba decidiendo el futuro de la República.
Casi de inmediato, el General Arteaga hizo su aparición, emergiendo de la penumbra de la casona como si hubiera salido de un óleo de epopeyas. Estaba impecablemente peinado, con cada cabello en su sitio y el pecho cubierto por el brillo metálico de las medallas y las banderas bordadas de su alto rango. Un pantalón de corte ajustado lograba la proeza de ocultar su prominente vientre, devolviéndole un porte marcial absoluto. Abajo, en el patio, el escuadrón que esperaba en formación cerrada hizo los honores a su embestidura con un estrépito de fusiles. Tras el riguroso saludo de banderas entre ambos mandos, el general tomó las riendas de la conversación con una sonrisa de viejo lobo.
—Mire, capitán, para las malas noticias está mi despacho, y para las buenas está la barra de licores. ¿Cuál prefiere usted? —Su despacho, mi general —respondió Andrade con la sequedad del deber.
Ambos subieron las escaleras, seguidos de cerca por un asistente del capitán que se disponía a tomar nota de cada palabra. Arteaga, viejo zorro de mil batallas, especuló en silencio y permitió que los acompañara, pero al llegar al umbral, el general demostró quién mandaba en casa: con un movimiento rápido y cínico, le cerró la puerta en las narices al escribano, dejando solo a Andrade en la privacidad del estudio. Arteaga tomó uno de sus cigarros de fina manufactura veracruzana y lo encendió con parsimonia, sin ofrecerle al capitán. Se desplomó en su sillón y, con una agudeza visual que desmentía su juerga previa, comenzó a rasgar los sobres.
Al leer el primero, que contenía la orden del presidente Benito Juárez de suspender el pago de la deuda externa a toda potencia extranjera, la cara de Arteaga se solidificó como si fuera de cantera. Soltó un humo denso y comenzó a balbucear entre dientes:
—…Pinche Juárez, ahora sí nos cargó la chingada a todos… ¡Pero qué huevos los de nuestro señor! ¿No tengo dinero? ¡Pues no les pago! Atienda bien esto, capitán, por si le pregunta el general Escobedo: «Arteaga le dijo pinche al presidente». No crea que no sé que va a ir usted de juzgón con el general.
Andrade permaneció impasible; no movió ni una ceja ante el embate verbal. Pero la verdadera tormenta estaba por desatarse. Al abrir la segunda carta, el rostro del General José María Arteaga languideció; la sangre abandonó sus mejillas y el cigarro quedó suspendido en el aire. La orden de Escobedo era una sentencia de muerte para su comodidad:
«…que se sujete, general, a las órdenes del señor Mariano Escobedo para comenzar la conformación del Ejército del Centro en su capital. Usted mismo, sus arcas particulares y las de la nación serán las encargadas de sostener dichos batallones para los futuros enfrentamientos…»
El silencio en el despacho se volvió asfixiante. La sorpresa dio paso a una molestia visceral que le hizo temblar las manos. Era solo la subordinación a Escobedo lo que le hería y la exigencia de que su propia fortuna —esa que tanto le costaba mantener entre lujos y mujeres— fuera sacrificada para alimentar, vestir y armar a miles de soldados. La lealtad a la República de pronto tenía un precio en plata, y le dolía más que una herida de bayoneta en las costillas.
El general se levantó del sillón sin permitir que la noticia apagara su arrogancia. Caminó con paso pesado hacia el ventanal, entrelazando las manos detrás de la espalda mientras el cigarro, ya consumido a la mitad, colgaba de la comisura de sus labios. Desde esa altura, observó las luces que comenzaban a arbolear la entrada del Templo de San Felipe Neri, ese coloso de piedra vecino que permanecía mudo y cerrado bajo el rigor de las leyes anticlericales.
Para sus adentros, Arteaga realizaba un cálculo macabro. Imaginó el costo de calzar, vestir y alimentar a miles de hombres; el precio de la pólvora, el forraje y la sangre, todo fluyendo desde sus propias arcas. Visualizó cómo la fortuna acumulada por décadas de saqueos estratégicos, botines de guerra y favores políticos, podía evaporarse hasta dejarlo en la más absoluta pobreza en nombre de una República que siempre pedía más de lo que daba.
—¿Ocurre algo, mi general? —preguntó el capitán Andrade, con la voz afilada y los sentidos puestos en cada fibra del hombre frente a él. Esa era su misión oculta: leer el alma del gobernador en su momento de quiebre. Arteaga no se dio la vuelta. Se quedó mirando la silueta del templo, símbolo de ese poder que él tanto odiaba pero cuya riqueza ahora envidiaba. Soltó una densa bocanada de humo que empañó el cristal y, con una mezcla de resignación amarga y furia contenida, sentenció:
—¡Son chingaderas, capitán! ¡Dígale a Escobedo que sí, que lo haremos… pero que son unas soberanas chingaderas!
Continuará…






