A seis minutos de que comenzara la misa vespertina del Jueves Santo, las velas empezaron a encenderse una a una a lo largo del pasillo central de la Catedral de Querétaro. A seis minutos, seis velas por cada muro, alineadas con precisión hasta el altar, como si marcaran el trayecto por donde minutos después avanzaría el obispo entre la expectativa contenida de los fieles. Afuera, mujeres ofrecían cirios y ramos de flores de manzanilla; adentro, el ambiente comenzaba a transformarse.
El interior del templo, cubierto por velos morados propios de la Cuaresma, imponía una sobriedad que contrastaba con el brillo de los candelabros y el dorado de los altares. El aroma del incienso se mezclaba con el de las flores que empuñaban algunos fieles, mientras las bancas se llenaban por completo. Familias enteras, adultos mayores y niñeces ocupaban cada espacio disponible, en silencio o en murmullos breves, a la espera del inicio de la celebración.
La entrada del obispo Fidencio López Plaza, acompañado por varios sacerdotes, marcó el inicio formal de la liturgia a las cinco de la tarde. El canto de los fieles y el humo del incensario envolvió el recinto mientras la procesión avanzaba por el pasillo iluminado. La escena se desarrollaba con solemnidad, en un ritmo pausado que parecía aislar el interior del templo del resto de la ciudad.
Al comenzar su mensaje, el obispo centró su reflexión en el cuerpo como punto de partida para comprender el sentido de la Eucaristía. “Este es mi cuerpo que será entregado por ustedes”, pronunció, al invitar a los asistentes a reconocer y amar su propia corporeidad como espacio de encuentro con lo divino. Enfatizó que la fe cristiana no se entiende sin esa dimensión concreta de entrega.
Durante su homilía, explicó que la vida de Jesús puede resumirse en cuatro gestos: tomar, bendecir, partir y repartir. Cada uno, dijo, representa no solo un momento de la Última Cena, sino un camino para los creyentes. “Hay que reconocernos a nosotros mismos como marcados a fuego, no solo para iluminar, sino también para bendecir. Somos una bendición de Dios y lo que Dios espera es que seamos una bendición también para los demás”.
El mensaje también tuvo un énfasis social. El obispo subrayó que la celebración no puede quedarse en el rito, sino que debe traducirse en servicio, especialmente hacia los más vulnerables. Recordó que el sentido profundo de la fe se encuentra en la capacidad de entregarse a los otros, de compartir el tiempo, la atención y la vida misma.
“Los cristianos estamos llamados a hacer siempre una ofrenda. Por eso, al terminar la misa, hemos de ser como una eucaristía en la vida diaria. Hemos de ofrecer a los hermanos nuestro cuerpo, nuestro tiempo, nuestra energía, nuestra atención, nuestro afecto. En una palabra: nuestra vida. Es así, hermanas y hermanos, como tiene sentido la misa. Es así como la misa que se celebra en una hora se convierte en una misa de toda la vida”, expresó López Plaza.
Uno de los momentos centrales fue el lavatorio de los pies, realizado por el obispo a algunos sacerdotes frente a la asamblea. Mientras el canto continuaba, el gesto evocó el acto de humildad de Jesús con sus discípulos. En ese instante, la ceremonia alcanzó uno de sus puntos más significativos: el llamado a servir como expresión concreta del amor.
“El que no ha sentido que Dios lo ha tocado y lo ha lavado, tampoco puede tocar, ni lavar, ni servir a los demás en nombre de Jesús. Por eso, mientras el Padre Sacramento y su servidor hacemos este signo, siéntanse también ustedes lavados por Jesús y luego comprometidos también a servir a los demás. Si algunos niños quieren pasar, con toda confianza”, invitó el obispo al público, previo al lavatorio de pies.
Hacia las seis de la tarde, la lluvia comenzó a caer sobre la ciudad, acompañada de truenos que se percibían desde el interior del templo. Sin embargo, dentro de la catedral, la celebración continuó sin interrupciones, en vísperas de la Semana Santa.






