Dudé mucho antes de comenzar a ver One Piece. Un anime con más de mil episodios me parecía una tarea imposible, por más que amigos insistieran. Su popularidad —no solo en redes, también en el impresionante tiraje de su manga— me despertaba curiosidad, sí, pero fue hasta el live action de Netflix que decidí, por fin, “embarcarme” en la aventura de lo que hoy es uno de los fenómenos más grandes del entretenimiento mundial.
A grandes rasgos, One Piece sigue al pirata Luffy y su tripulación en la búsqueda de un misterioso tesoro —el “One Piece”— escondido en una isla y cuyo hallazgo te convierte en el rey de los piratas. Con esa premisa, la obra se ha convertido en uno de los productos más longevos de la televisión y uno de los más vendidos de la literatura gráfica, incluso por encima de Superman.
De la mano del actor mexicano Iñaki Godoy en el protagónico, Netflix encontró la forma de trasladar One Piece de la animación a la acción real sin perder su esencia, y de paso enganchar no solo a los fans de siempre, sino también a quienes nunca habían visto un solo episodio del anime, como es mi caso. Ahí radica, quizá, su mayor acierto.
Para ver el live action no es necesario tener conocimiento previo del anime; al contrario, la serie hace un gran trabajo condensando arcos narrativos en pocos episodios. Sin ser una cifra exacta, podríamos decir que sus primeras dos temporadas —16 capítulos en total— abarcan aproximadamente los primeros 100 episodios del anime.
El anime, que por supuesto ya estoy viendo, puede llegar a padecer de relleno, situaciones repetitivas y momentos de animación “estancada”, probablemente con el objetivo de alargar su duración. La serie, en cambio, apuesta por un ritmo más ágil y digerible, y va directo al grano de cada arco. Esto no significa que uno sea mejor que el otro: Ambos funcionan dentro de su propio formato e incluso se complementan.
Otro de los grandes aciertos está en la adaptación de los personajes. No son simples “calcas” del original, sino reinterpretaciones que conservan su esencia y la trasladan a un mundo más tangible, donde esos personajes pueden sentirse reales, no solo en lo físico, sino también en lo emocional. Aquí no se limitaron al cosplay: Hay un verdadero trabajo de construcción. Vale la pena recordar que el propio creador, Eiichiro Oda, supervisó personalmente el elenco.
¿Es recomendable? Sin duda. Si ya sigues el anime, la vas a disfrutar; y si quieres empezar pero te da flojera su extensión, el live action es una gran puerta de entrada. Todo apunta a que vendrán varias temporadas más, aunque también se rumora que el final podría tomar un rumbo distinto al del anime. Por mi parte, ya voy más allá del episodio 630, acercándome poco a poco al mil, con la esperanza de algún día descubrir, por fin, qué es el One Piece.





