Virginia Hernández Vázquez
¿Y si la ansiedad que sientes es la forma en la que tu cuerpo responde al mundo que te rodea?
Ser mujer joven hoy implica mucho más que estudiar o trabajar. Implica hacerlo mientras escuchas que tu cuerpo nunca es suficiente, que deberías verte diferente, comportarte diferente, ser menos intensa, más agradable, más perfecta. Y todo eso se acumula.
En México, 7 de cada 10 mujeres han vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Ese es el entorno en el que crecen miles de niñas y jóvenes. Con ese panorama, tampoco sorprende que la depresión sea más frecuente en mujeres. La OMS estima que ocurre alrededor de un 50% más que en los hombres.
Y las redes sociales lo intensifican todavía más. Filtros, cuerpos irreales, comparaciones constantes. No es casualidad que cada vez más jóvenes vivan con distorsión de su imagen corporal.
La psicóloga Renée Engeln lo plantea en su libro “Enfermas de belleza”: cuando una mujer está obsesionada con su apariencia, pierde energía mental para todo lo demás. Si toda tu atención está en el espejo, ya no queda espacio para tus ideas, tus proyectos, tu creatividad.
Mientras estás en clase, en una junta del trabajo o con tus amigas, hay una parte de tu mente preguntándose cómo te ves. Si se nota algo. Si te ves cansada. Ese monitoreo constante es mucho más común de lo que pensamos y también es muy agotador.
La energía que se va en evaluarte todo el tiempo es energía que ya no está disponible para concentrarte, para crear o para disfrutar lo que estás haciendo. Es como tener demasiadas ventanas abiertas en la cabeza todo el día.
Y aquí es donde quiero enfatizar que hemos aprendido a mirarnos con lupa y a vivir bajo presión porque nos enseñaron a complacer, a no incomodar, adaptarnos y que la imagen física es lo más importante en una mujer. Pero esa no tiene ni debe ser la única forma en la que debamos vivir.
Todo esto tiene consecuencias en nuestra salud mental. Por eso vale la pena cuestionar lo que nos enseñaron sobre nuestro cuerpo, nuestro valor y el lugar que ocupamos en el mundo.
Significa dejar de competir con otras mujeres, de castigarnos por no encajar y dejar de medirnos por estereotipos e ideales imposibles. Significa aprender a tratarnos con la misma firmeza con la que defendemos a quienes queremos. Y sí, también implica pedir ayuda cuando la necesitamos.
Por eso, desde la Secretaría de la Juventud impulsamos espacios de acompañamiento psicológico accesible, porque sabemos que la salud mental es primero.
No se trata de negar lo que duele. Se trata de entenderlo, hablarlo y cambiarlo para bien.
Para sanar debemos dejar de vivir a través del espejo y empezar a vivir desde la conciencia de nuestro verdadero valor como mujeres y el reconocimiento de lo que somos capaces de hacer.






