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La Cultura finalmente le contesta a la incultura

PopUp

por Juan José Díaz Infante
10 marzo, 2026
en Editoriales
El árbol de Navidad: Historia del arte
9
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El comentario reciente de Timothée Chalamet sobre la ópera y el ballet no fue una insinuación ni una broma fallida. Fue una afirmación directa: que disciplinas como la ópera y el ballet son artes que hay que mantener vivas, aunque a nadie le importe. La frase no requiere interpretación. Expresa la idea de que estas formas artísticas sobreviven por una especie de mantenimiento cultural artificial, no por su vitalidad real. El problema no es la mala intención. El problema es la falta de perspectiva cultural desde la cual se formula la opinión. La definición de cultura contemporánea se entiende como lo que la gente, la mayoría entienden, estableceremos un teorema de Pareto 80-20. La cultura, la educación son temas delicados, donde hoy en día el 80 % de la gente se ha dado cuenta que puede sobrevivir sin educación y sin cultura. Todos pueden ser influencers sin haber cursado una carrera. Nos podemos remitir a esa película de Buñuel, «El Ángel Exterminador» donde la gente con «clase» queda atrapada con su mayordomo en una casa y nadie puede salir o entrar, donde la escena final sólo vemos borregos como conclusión de la película. Para poder establecer términos habría que establecer una cultura básica, una media y una alta; donde hay que considerar que solamente un porcentaje bajo le gusta la cultura y un porcentaje más bajo le entiende al asunto. Pensar que se mantiene la poesía por una especie de caridad cultural, pero no porque es una parte esencial de poder percibir el infinito es de una torpeza magistral. Es como decir que hay que remodelar Teotihuacán y hacer condominios. En la cultura media contemporánea existe una confusión frecuente entre fama mediática y autoridad cultural. Una figura visible del entretenimiento puede emitir opiniones sobre cualquier campo, y la infraestructura mediática amplifica esas opiniones como si provinieran de una autoridad intelectual. Pero la celebridad no es conocimiento. Aunque en W Radio puede existir alguien que escucha al «Estaca» por la profundidad de sus comentarios.

Entre entretenimiento y cultura

El ecosistema profesional en el que se mueve Chalamet pertenece en gran medida al sistema de entretenimiento global. Es un sistema legítimo y poderoso, pero no equivale automáticamente a cultura en el sentido profundo del término o de cultura alta. A Chalamet le falta cultura básica, la falta de humildad de trabajar en equipo, no le permite entender que su éxito depende de un equipo de más de 100 personas para sus 15 minutos de fama. Él necesita además de pedir una disculpa, entender y agradecer que él depende del talento de otros 99 cuates que vienen del teatro, de la ópera, del ballet, de la música clásica y que sin el apoyo de ellos, Chalamet no existe. El cine estadounidense —especialmente el cine comercial de Hollywood— pertenece al campo del entretenimiento. Su lógica es comercial, su circulación es masiva y su sistema de producción responde a la industria comercial del cine se mide la capacidad de actuar de Schwarzenegger por cuánto recauda en taquilla y se puede denominar cultural porque establece lógicas de pensamiento masivas sobre todo en Estados Unidos, “Lo que el viento se llevó” pudo haber inventado el amor; definitivamente “2001 Odisea del Espacio” inventó el futuro; “Apocalipsis Ahora” se declaró en contra de Vietnam; “Steamboat Willie” genera la industria de la animación y de un ratón; “El Ciudadano Kane” acaba con la carrera de Orson Wells; un día dejan regresar a Chaplin y recibe un aplauso de 7 minutos y es memorable el día que Marlon Brando rechaza el Oscar. Lo mismo sucede en la TV americana en la cual la TV es la realidad y Murphy Brown le contesta al presidente Bush un buen día hablando de las madres solteras, HBO transmite “The Newsroom” de Aaron Sorkin con una lucidez política excepcional y otro día la Cadena Fox se sale directamente a la realidad decide poner un presidente como líder del mundo. Donde ahora la realidad es un reality show. Hollywood es un lugar de escritores y que produce música orquestal a lo bestia. Se alimenta de los escritores, todo viene de los libros y Romeo y Julieta vienen de los clásicos y se producen grandes scores musicales que le pertenecen a John Williams y a Nino Rota, pero también a Philip Glass y a Han Zimmer. Philip Glass viene de la ópera. Así el cine se nutre del teatro y de la comedia musical para crear “Amor sin Barreras” de Leonard Bernstein y el soundtrack fue todo doblado por cantantes profesionales y hay grabaciones con los cantantes José Carreras y Kiri Te Kanawa para la grabación histórica. El disco tiene el récord de haber estado el mayor número de semanas en primer lugar del Billboard. South Pacific está basada en una serie de cuentos de James A Michener; Mujercitas escrita en 1832 por Louisa May Alcott, llevada al cine en 1917 y 1918, 1933, 1949, 1973, 1994, 2019 donde aparece Chalamet. Hablemos de Dune, otra novela que toma Hollywood. Hollywood se nutre de todo el talento posible para fines comerciales.

La cultura es aquello que resiste el paso del tiempo. El entretenimiento es aquello que ocupa el presente.

La metáfora culinaria : cine, teatro, ópera y ballet

Una manera simple de entender esta diferencia es a través de una metáfora gastronómica. El cine comercial puede compararse con comida rápida o incluso con comida basura. Se produce en grandes cantidades, es accesible, está diseñada para el consumo inmediato y su éxito depende del volumen. El teatro, la ópera y el ballet, en cambio, pertenecen a la lógica de la alta cocina o la gastronomía gourmet. Son prácticas que requieren años de formación, técnicas extremadamente refinadas y una tradición acumulada durante siglos. No todas las comidas cumplen la misma función. Uno puede disfrutar una hamburguesa o una sinfonía, pero confundir ambas experiencias dentro de la misma categoría cultural es simplemente un error de escala. La existencia del Egg Mcmuffin en ningún momento aniquila un filete Wellington.

La falsa narrativa de la muerte de la ópera

Dentro de ese marco aparece la idea —repetida constantemente en medios superficiales— de que la ópera es un arte moribundo. Los datos contradicen esa narrativa. La Metropolitan Ópera convoca aproximadamente tres millones de espectadores al año entre funciones presenciales y transmisiones globales. Además, en China existen más de 360 formas regionales de ópera, lo que convierte a ese país en uno de los ecosistemas operísticos más diversos del planeta. Un arte que lleva más de cuatro siglos produciendo repertorio difícilmente puede considerarse una tradición sostenida artificialmente.

El ballet y la dimensión heróica de la disciplina

Algo similar ocurre con el ballet. En Rusia, pertenecer al Bolshoi Ballet o al Mariinsky Ballet representa una forma de excelencia cultural nacional. Una bailarina comienza su formación alrededor de los seis o siete años y dedica décadas a perfeccionar una técnica corporal extraordinaria. La carrera profesional suele terminar antes de los cuarenta. No hay repetición. No hay edición. No hay postproducción. El arte sucede frente al público y desaparece en el instante.

El cine como arte reproducible

El cine, por el contrario, es un arte técnicamente reproducible. Una escena puede repetirse muchas veces. Puede editarse. Puede corregirse y transforma radicalmente la naturaleza del trabajo interpretativo. En la ópera o el ballet el error ocurre frente al público y permanece. En el cine el error se elimina. Por esa razón el acceso profesional al cine es mucho más amplio que el acceso a la excelencia en la ópera o el ballet. Casi cualquiera puede aspirar —con suficiente suerte— a convertirse en un actor competente frente a una cámara. Pero casi nadie puede convertirse en un gran tenor de ópera. Y casi nadie puede convertirse en una primera bailarina.

La lección de modestia de Rafael Nadal

Existe un contraste interesante con una reflexión del tenista Rafael Nadal. Nadal señaló alguna vez que el hecho de que él juegue tenis “un poco mejor que los demás” no lo convierte automáticamente en una autoridad para opinar sobre otros temas. La frase contiene una forma de inteligencia pública que hoy es cada vez más rara: la conciencia de los límites del propio conocimiento. Ser extraordinario en un campo no significa comprender todos los demás.

Beethoven y Blondie: no pertenecen a la misma escala

La misma confusión aparece con frecuencia en la música. Comparar la Symphony No. 9 de Ludwig van Beethoven con una canción del grupo Blondie no implica afirmar que una sea “mejor” que la otra. Significa reconocer que no pertenecen a la misma escala cultural. Una sinfonía de Beethoven forma parte de una tradición musical construida durante siglos. Una canción pop pertenece al universo del entretenimiento contemporáneo. Ambas pueden ser disfrutables. Pero cumplen funciones culturales diferentes.

Ética mediática

A todo esto, se suma un aspecto adicional: la ética de la conversación pública. En cualquier código básico de ética mediática, hacer que alguien quede expuesto a la vergüenza pública como parte del espectáculo es una práctica cuestionable. Los formatos de entretenimiento actuales buscan precisamente ese momento: una frase rápida, un comentario imprudente, algo que se vuelva viral. Cuando el comentario involucra tradiciones artísticas complejas, el resultado suele ser una simplificación que termina ridiculizando siglos de historia cultural.

Conclusión

La ópera y el ballet no necesitan ser defendidos. Han sobrevivido revoluciones políticas, transformaciones tecnológicas y cambios radicales en el gusto cultural. Las estrellas del entretenimiento aparecen y desaparecen con rapidez. Las tradiciones culturales profundas atraviesan generaciones. La diferencia entre ambas cosas no es una cuestión de gusto. Es una cuestión de escala histórica y cultural.

Es probable que en la siguiente generación no recordarán a Timothy, pero seguirá habiendo Ballet, Ópera, escritores y gente tratando de hacer cosas que tiendan a la perfección y evitando no confundir la comida rápida con un Souffle de Grand Marnier, concluye el columnista.
Etiquetas: balletChalametcineculturaentretenimientooperaTimothée

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