¡Válgame Dios, lector mío, y qué espectáculos tan aciagos nos ofrece la mudanza de los tiempos! Aquella mañana, el frío, que no sabe de fueros ni de prebendas, curtía sin piedad los cueros de la tropa en el cuartelillo de la calle de la Gran Palma.
Allí, entre paredes que exhalaban el vaho de la desdicha, se hallaban hacinados cerca de doscientos religiosos de variadas órdenes; unos por no tener a dónde enderezar los pasos tras perder el techo, y otros por la terca —aunque acaso laudable— resistencia de no abandonar sus celdas, recibiendo por ello las penas que la fuerza bruta suele aplicar a falta de mejores razones.
Pero volvamos la vista a lo que a las señoras toca, pues en el asunto de la exclaustración de las monjas, el brazo de la ley ha caminado con pies de plomo. Ya fuera por el rigor de los plazos, o por el clamor de un pueblo que, entre rezos y aspavientos, suplicaba que no se tocara a las siervas de Dios, el caso es que las Hermanas Pobres de Santa Clara y las del Real Colegio de Santa Rosa de Viterbo seguían en un vilo de angustia.
¡Ah, qué distinciones tan humanas se advierten aun en el retiro del claustro! Las primeras, Clarisas, eran aquellas hijas de linaje a quienes las hermanas menores les habían ganado el tirón en los esponsales; y así, con sus dotes de alcurnia, se enterraban en vida como se ha estilado por más de tres siglos. Las de Santa Rosa, en cambio, eran las benjaminas de la casa, destinadas por el egoísmo de sus padres a ser el báculo de su vejez, ¡unas y otras pertenecientes, como usted sospecha, a lo más granado y adinerado de este México que hoy nos toca padecer!
Mientras tanto, la soldadesca se daba buena vida con el botín de guerra, que, a falta de sueldo puntual, bien viene la rapiña para calentar el ánimo. El capitán Sóstenes Antípides —sujeto de pocas pulgas y menos escrúpulos—, encargado de vaciar conventos y colegios en esta ciudad de verdes frescores, rumiaba ahora su mayor empresa: la exclaustración de las Capuchinas de San José de Gracia. ¡Eso sí que era un hueso duro de roer para los mandos superiores!
Llevaban estas buenas mujeres ciento cuarenta años en su retiro, entregadas en cuerpo y alma a la oración contemplativa. Aquella que cruzaba su umbral, ¡entiéndalo usted bien!, jamás volvía a ver la luz del mundo externo. Eran las verdaderas monjas de clausura, humildes de cuna, que entraban en harapos y agradecían con la vida entera la caridad del encierro. Pero no se llame usted a engaño, que aquel convento era una ciudadela completa, donde las hermanas ascendían cada día en labores de autoprotección y cuidado mutuo.
Tan buena fama tenían en su vida de rezos y afanes, que desde los tiempos del viejo Virreinato se las consideraba las mejores preceptoras de esposas recién casadas. Y es que, en estos años, amable lector, los maridos suelen llevarles una eternidad a sus cónyuges. —El mancebo que aspira a un buen partido apenas si está aprendiendo el oficio, mientras que el maestro o el comerciante encumbrado ya tiene la bolsa llena y los años encima; de ahí que las niñas de trece abriles se desposen con gallardos señores de treinta— pensaba Antípides enjugando la boca.
¿Y dónde habrían de aprender estas criaturas a gobernar una casa? ¡Pues con las Capuchinas! Pero detenga usted el juicio, que no son las artes que su malicia le dicta las que allí se enseñan. ¡No, señor! Allí se instruían en el sazón de la cocina, el punto de las conservas, el curtido de los frutos, el primor del ajuar y, sobre todo, en el Catecismo de la buena obra, para que el noble esposo encontrara en su mujer una ayuda y no un estorbo.
Ahora el cruel Antípides se halla frente a un bloque de piedra inexpugnable. No hay planos, ni dibujos, ni rastro de cómo está construida la ciudadela capuchina. En medio de esta cruenta exclaustración, el capitán se pregunta: ¿qué sorpresas aguardarán a su soldadesca tras esos muros de silencio? Todo es, para el pobre hombre, un galimatías de preocupaciones que solo el tiempo —ese gran maestro de la verdad— habrá de revelarnos— este lugar tiene fama de quien entra ¡Jamás sale! —.
—¡Válgame la procesión de todos los santos, Sargento! —exclamó Antípides, dando un puñetazo sobre la mesa que hizo bailar el tintero— Llevamos días rodeando este Real Convento de Santa Clara y su anexo de Capuchinas, y me hallo más perdido que un librepensador en un concilio. ¿Cómo es posible que estas benditas mujeres vivan en una ciudadela más intrincada que la conciencia de un escribano?
—Mi Capitán —respondió el sargento, cuadrándose con esa torpeza propia de quien ha servido a muchos amos y a ninguno con provecho—, es que no se trata de un jacal de mala muerte. Esas monjas son dueñas de medio Querétaro. El recinto es un monstruo de cal y canto. Mire usted, por la calle de la Flor —que hoy mientan del Biombo— los muros son altos como nuestras culpas. Y por el lado de la Huerta, aquello es un bosque de árboles frutales y legumbres que bien podría alimentar a un ejército en sitio.
—¡Déjese de huertas y de frutos, hombre de Dios! —bramó el Capitán—. Lo que yo necesito es una brecha, un postigo, una rendija por donde meter a mi soldadesca sin que parezcamos un hatajo de ciegos. Dicen que tienen patios y claustros que se comunican por pasadizos que ni el mismo Diablo conoce.
—¡Ahí está el detalle, capitán! —asintió el Sargento con una mueca que pretendía ser sonrisa—. No olvide usted que el Templo de San José de Gracia es apenas la cara que dan al mundo. Pero por dentro, el convento es un laberinto de celdas y espacios. Si queremos entrar con sigilo, debemos buscar el ángulo que da hacia el Huerto de las Capuchinas. Allí, donde el muro se abraza con las casas de los vecinos, hay rincones sombríos. Pero tenga cuidado, Capitán, que esas religiosas, aunque pobres de cuna, son bravas para defender su clausura. Dicen que prefieren que se caiga el techo de vigas de cedro antes que ver un bigote castrense en sus pasillos.
—¡Calle, Sargento! —le atajó Antípides—. No me venga con espantos de sacristía. Mi plan es este: atacaremos por el flanco del Claustro de la bica. Si logramos flanquear la portería y el torno, estaremos en el corazón de su economía. Pero me dicen que estas mujeres no tienen planos impresos; que todo el saber de la casa está en la cabeza de la Abadesa. ¡Qué galimatías! Entrar allí es como querer leer el Diario de México a la luz de un fósforo apagado.
—Señor —intervino el sargento con malicia—, dicen los que saben de arquitectura que la solidez de esos muros de cantera es inexpugnable para nuestra artillería ligera. Pero si enviamos a un par de hombres disfrazados de aguadores por la fuente de la esquina, o si escalamos por los tejados que colindan con el Beaterio, quizá demos con el rincón donde guardan sus famosas conservas y, de paso, las llaves de los locutorios.
—¡Eso es, Sargento! —rio el Capitán con una carcajada seca que no tenía nada de santa—. Buscaremos el rincón más flaco de la ciudadela, allí donde la arquitectura se rinde a la necesidad. Pero hágalo con tiento, que no quiero que el pueblo de Querétaro se nos eche encima con piedras y palos defendiendo a sus «pobres capuchinas». ¡Pronto! Prepare a los hombres, que antes de que el sol de mañana dore las cúpulas de la ciudad, esas puertas de madera de encino habrán de ceder ante la razón de la fuerza.
¡Ay, lector amado! ¡Qué poco sabe la espada de la paz de los claustros! El capitán y su sargento, como dos lobos hambrientos, trazaban la ruina de lo que siglos de fe habían construido. Pero ya veremos si la cantera queretana y el ingenio de las monjas no les tienen preparada una sorpresa que ni en sus peores pesadillas de cuartel habrían imaginado.
18 de enero de 1861, parte perimetral frente al convento de las capuchinas.
¡Válgame la intercesión de San Judas Tadeo, patrón de las causas desesperadas, y asístame la pluma para dar fe de lo que aquellos ojos pecadores presenciaron! Era la hora en que los gallos apenas ensayan su primer canto y la bruma de Querétaro envuelve las cúpulas como un sudario de incienso, cuando el Capitán Sóstenes Antípides, guiado por la codicia y el mal consejo del Sargento, decidió que la fuerza de las armas no bastaba contra la piedra, y que era menester usar la astucia del reptil.
Sucedió, pues, que por un postigo olvidado que daba a las huertas, cerca de donde las aguas de la acequia se pierden en las entrañas de la tierra, descubrieron un pozo de mampostería que servía para el desagüe y el alivio de las lluvias. ¡Qué bajeza, lector mío, que los defensores de la patria tuvieran que entrar por donde sale la inmundicia! Pero así es la guerra: un lodazal donde se ensucian hasta los galones.
—¡Abajo todos, y no me chisten ni un «Jesús nos ampare»! —susurró Antípides, mientras el primero de sus hombres se deslizaba por la boca del pozo, cuerda en mano, como si descendiera a los mismísimos infiernos.
Al tocar el fondo, el horror se apoderó de la soldadesca. No se hallaron en un patio de flores ni en un refectorio de dulces almíbares, sino en una ciudadela de tinieblas, un laberinto de pasadizos donde el aire pesaba más que una losa de cantera. Las linternas de aceite apenas si lograban morder la oscuridad, revelando muros rezumantes de salitre y una arquitectura tan intrincada que parecía diseñada por un geómetra demente. Los soldados, hombres curtidos en mil batallas pero ignorantes de las artes del espíritu, sentían que las sombras les tiraban de la casaca.
—¡Capitán, por los clavos de Cristo! —exclamó un soldado con la voz trémula—, que aquí las paredes respiran.
A medida que avanzaban por los sótanos que conectaban el Templo con el Claustro, el eco de sus botas de clavo despertaba un pavor religioso. Pero el verdadero espanto aguardaba en los rincones más profundos de aquel Real Convento. Tras una pesada puerta de madera de encino, reforzada con herrajes que el tiempo había vuelto negros, descubrieron las celdas de castigo.
¡Ah, lector, prepárate para que se te erice el vello! Allí, en cubículos estrechos donde apenas cabía un alma en pena, la luz de las linternas iluminó lo que la caridad cristiana suele ocultar al mundo. No eran solo muros desnudos; eran nichos de expiación donde algunas religiosas, pálidas como la cera de los altares y consumidas por un ayuno que parecía eterno, pagaban culpas que solo Dios conoce. Algunas, encadenadas por la voluntad de su propia regla o por el juicio de sus superioras, alzaron los ojos ciegos de tanta sombra, creyendo acaso que el día del Juicio Final había llegado con el estrépito de los sables.
El horror se pintó en el rostro de los soldados. Aquellos hombres, que no temían a la bala ni al cañón, retrocedieron ante la visión de la penitencia encarnada. El Sargento, que traía el rosario en la mano por puro susto, murmuró:
—Mi Capitán, esto no es un cuartel ni es una casa… ¡esto es un purgatorio de piedra!
Antípides, aunque pretendía mostrarse firme, sintió que un sudor frío le corría por la nuca. Aquella ciudadela oscura, llena de nichos, disciplinas y silencios que gritaban, era un enemigo que no sabía cómo combatir. ¿Cómo exclaustrar a quien ya vive fuera del mundo? ¿Cómo herir a quien busca el dolor como camino al cielo?
Pero ya la orden estaba dada y el sacrilegio consumado. El capitán, sacudiéndose el miedo con un juramento que no repetiré por no ofender sus oídos, ordenó avanzar hacia los claustros altos, donde el aroma a chocolate y lavanda de las celdas ricas contrastaba con el hedor a encierro de aquellas catacumbas.
Acercáronse los soldados, movidos más por un resto de humanidad que por ordenanza, y rodearon a aquellas infelices mujeres cuyas muñecas aparecían presas en sogas de yute, tan apretadas y antiguas, que la piel había formado ya una costra sanguinolenta, fundiéndose la carne con la fibra en un abrazo de martirio. ¡Qué espectáculo para un siglo que se dice ilustrado, lector mío! Ver la impronta de la tortura en nombre de la mansedumbre.
El capitán Antípides, cuya voz tozuda resonaba en aquellas bóvedas como el eco de un cañón en un sepulcro, se aproximó a una de las religiosas y, tratando de entrelazar un diálogo que rompiera aquel silencio de tumba, le inquirió:
—Decidme, hermana, ¿qué mano criminal os ha infligido tan bárbaros estragos? ¿Quién ha osado convertir este recinto en un teatro de latinidad y tormento? ¿Es acaso un castigo a vuestra flaqueza, o la invención de algún prelado cuya razón ha extraviado el juicio? ¿Quién osa, repito, ya sea obispo enloquecido o prior de la regla franciscana, tratar así a una criatura de Dios?
La monja, lejos de mostrar el asombro que la libertad suele provocar en el cautivo, permanecía extasiada en su labor de sufrimiento, con los ojos fijos en una invisibilidad que solo el fanatismo alcanza a divisar. Tras un silencio que pesó más que las piedras del convento, desprendió de sus labios un susurro, una voz tan leve que parecía el roce de un ala de paloma:
—Entended, pobre y errado pecador… nada de lo que veis es agravio, sino medicina. Es por la paz de las almas que han partido en desgracia; mi carne lacerada es el precio de su eterno descanso. No interrumpáis mi obra, os lo ruego; antes bien, apresuraos a retiraros, que mi sosiego es la paz de las ánimas benditas del Purgatorio… del Purgatorio…— ¡Válgame la paciencia de Job! ¡Qué laberinto de errores es la mente humana cuando la guía una devoción mal entendida! El sargento, rascándose la nuca con visible turbación, se volvió al capitán:
—¿Qué hacemos, mi capitán? ¿Cortamos las amarras y las sacamos de este agujero, o dejamos que sigan ganando el cielo a fuerza de llagas? ¿Las desatamos, capitán?— Antípides, cuyo espíritu se debatía entre el asco y el asombro, clavó la vista en aquella escena de miseria y respondió con una sequedad que ocultaba su propio miedo:
—No, sargento. Dejadlas por ahora en su delirio. Sigamos adelante, que el tiempo apremia, y ya al final, cuando hayamos barrido este avispero, las rescataremos de esta locura de oración y de este cautiverio que llaman santidad.
¡Válgame Dios, y qué caro se paga el descuido cuando la soberbia ciega el entendimiento! Avanzaba el Capitán Antípides con paso de conquistador por un corredor sombrío, despreciando las advertencias del suelo que pisaba, más atento a buscar tesoros imaginarios que a guardar la vida de sus subordinados. El pasillo cada vez más angosto, como presagio de mal agüero, de pronto, un crujido de maderas podridas rompió el silencio y, en un abrir y cerrar de ojos, el suelo se tragó a la vanguardia de la tropa.
¡Qué horror, lector mío, el que devolvieron aquellas profundidades! No era un simple sótano, sino una trampa de lobos diseñada en siglos de desconfianza. Los gritos desgarradores de los soldados perforaron el aire al quedar estos empalados en estacas de fresno afiladas, que como colmillos de la tierra atravesaban pechos y vientres sin miramiento.
Antípides, petrificado al borde del abismo, bajó la linterna y sintió que la sangre se le helaba: allá abajo, entre el vaho de la muerte fresca, blanqueaban esqueletos antiguos, restos de otros intrusos que, en tiempos remotos, habían osado violar el recinto y allí quedaron, olvidados de Dios y de los hombres. Por su falta de visión y su loca premura, el Capitán entregaba a sus hombres a un osario donde la oración se mezclaba con la podredumbre.
Continuará…





