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El certificado y la caída del amor

PopUp

por Juan José Díaz Infante
26 febrero, 2026
en Editoriales
El árbol de Navidad: Historia del arte
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Últimamente he recibido llamadas y llamadas donde la gente me pide que le explique la mecánica de los certificados de arte. Otras tantas llamadas con preguntas sobre el amor. 14 de febrero no es fácil.

La estructura del arte se divide en distintos grupos, hay la gente de historia del arte, los de las galerías, los de los museos y los artistas, de manera muy general.

Si estuviéramos haciendo gelatinas, un grupo es experto en las instrucciones de cómo se hace una gelatina, otros son experto en vender gelatinas, otros, son los cuidadores de las gelatinas y finalmente los que hacen las gelatinas sin receta alguna. Habemos gente por fuera de este circulo que somos los consumidores de gelatinas que nos dividimos en aquellos que coleccionan gelatinas, todas, otros que se las comen. Imaginen una falta de confianza en el mercado donde hay gente que come gelatina sin gluten y exige un certificado que las gelatinas no tienen gluten. En fin esta bella metáfora sirve para definir que no todos saben de todo.

Me han mandado una guitarra de Metallica, para que yo evalúe si realmente esta firmada por la banda. Y yo he hecho una breve investigación, para poder definir qué es el objeto que tengo en mis manos, a priori. Tiene un holograma con certificado, el holograma es verdadero y corresponde a una empresa de certificación inglesa, la empresa es una empresa joven, que también es verdadera, ergo la pieza es auténtica y el certificado es auténtico. Sin embargo la guitarra no es ninguna guitarra especial, no fue tocada por la banda, no fue firmada backstage.

Es distinto camiseta firmada por el jugador, a camiseta del jugador firmada por el jugador.

Finalmente cabe mencionar que hay que ser precisos en el lenguaje y en lo que se busca como un comprador de arte o de coleccionables. En este caso no es la guitarra de Metallica firmada por la banda, sino “una guitarra firmada por la banda”. El objeto es auténtico, quizá eso es lo que nos hubiera gustado toparnos. Ya que aquí viene la reflexión, este objeto tiene menos valor, que la guitarra de la banda tocada y firmada backstage. Pero no es falsa. Los compradores mexicanos se sienten decepcionados cuando no encuentran una ganga. Finalmente el certificado tiene más que ver con la confianza del comprador que con la autenticidad de la obra.

En una ocasión, hace muchos años, fuimos con Mauricio Achar, el dueño de la Librería Gandhi a preguntar una opinión de Leonardo Nierman para saber la historia alrededor de un cuadro, su época, su intención y sobre todo, qué le representaba al artista.

Asegurarnos que la obra que nosotros habíamos vendido en una de nuestras primeras subastas era de él. El maestro dudaba de su pieza y le llamó al marquero para ver si el marquero reconocía el marco. Finalmente Nierman le ofreció un cuadro nuevo gratuitamente a Achar en intercambio por el otro cuadro que él no se acordaba si lo había pintado. Más finalmente y de manera sorprendente, Mauricio se quedó con el primer cuadro por que le gustaba más.

Para muestra, un botón: hay una discusión que se está dando en redes de una serie de declaraciones entre la familia Friedeberg y Alejandro Sordo, exsocio y expareja de Pedro Friedeberg. Trataré de explicarlo: Pedro y Alejandro, llevaban trabajando juntos y eran pareja varios años y ahora  se han distanciado y se han separado, hay todo tipo de versiones y de mensajes en redes que no vale la pena repetir. Pero que se parecen a otras historias de otras familias de artistas, la telenovela que acompaña la obra de Cuevas o la historia de Ricardo Martínez, que Ricardo cuando estaba vivo intercambió su obra a su cardiólogo por tratamiento y ahora hay toda una rivalidad entre el cardiólogo y la familia.

En medio de esta riña, la familia Friedeberg, ha decidido que la obra de Pedro comprada en los últimos par de años, se debe de “recertificar”, el cobro de un re certificado de la obra de Friedeberg, según esto a partir de un criterio arbitrario de “fácil” a “difícil”. Como si uno ahora tiene obligación de cumplir obligaciones del pasado. En un video publicado en redes, hablan de que en el mercado hay muchas falsificaciones. Me pregunto: hubo alguien pintando igual que Pedro y firmando su obra en Tepito y lo debemos de considerar que hay imitadores. Volviendo a usar a Nierman de caso de estudio, hubo un artista que pintaba abstracto similar a Nierman y que firmaba Norman. Ahora bien, no todo es nuevo y se compra en una tienda autorizada, asumamos que yo soy una bella novia jovencita de 30 años que me acabo de casar y que me regalaron un cuadro de Don Pedro como presente de boda y ahora estoy endeudada con $12,000 pesos para volverlo a certificar. Como si hubiera que hacer válida una garantía. Me gustaría puntualizar que la obra de Warhol realizada con medios de producción similares generó que finalmente la Fundación Warhol ya no certifica ninguna de las piezas de Warhol desde hace años. Yo en mi mundo pienso que un artista debería estar vendiendo su obra, su pensamiento, su estética, no su certificado. Supongamos otro caso, me mudo de departamento y ando vendiendo mi obra porque ya no me cabe, mismo asunto. El estudio del artista esta generando una serie de limbos que en realidad provocan que la gente deje de comprar la obra de ese autor. Regresamos a la falta de confianza del consumidor.

Esta separación entre Pedro Friedeberg y su socio Alejandro Sordo no es un simple conflicto administrativo. Es la grieta por la que se filtran muchos problemas y exhibe uno en particular problema mucho más profundo: la sustitución de la obra por el papel sellado, del pensamiento por el trámite y del arte por una voracidad económica que ya no se disimula. Es donde se denota ya nada del artista, sino de un típico empresario ventajoso.

Cobrar por certificar es institucionalizar la duda como modelo de negocio. Es convertir la sospecha en ingreso recurrente.

El certificado como redundancia

Separemos el talento del artista de la ética del artista. Una diferencia sustancial es el certificado gratuito, un certificado gratuito no conlleva mas que una seguridad del artista en sí mismo y en el valor de la obra. Pero un certificado de mil dólares, es la mitad del precio de la obra. Un ballet de Tchaikovsky certificado por Tchaikovsky y firmado por cada bailarina es una escena ridícula, pero se pudiera plantear para asegurar al público que realmente vieron el Lago de los Cisnes. El maestro Toledo y el mismo Warhol solían ni siquiera firmar la obra.

Certificar una obra ya firmada es una contradicción lógica. Certificar con un costo adicional, no se diga, recertificar con costo arbitrario, ya está fuera del mapa. Si el artista vivo necesita certificar su propia obra, entonces está aceptando que su firma no fue suficiente. Y si la firma no basta, la obra queda automáticamente devaluada. Tomando en cuenta que muchas obras de Pedro tienen además de la firma un sello y luego algunas galerías le ponen un grabado ciego y luego el certificado viene con otro juego de sellos y marcas de agua y luego la firma del autor.

La previsión de la buena fe en la ley mexicana es un principio general del derecho que exige una conducta recta, honesta y leal en las relaciones jurídicas, y se presume en la mayoría de las actuaciones.  En esa línea de pensamiento, el certificado no suma valor: lo desplaza. Traslada el peso simbólico de la obra al documento, como si el arte necesitara una acta notarial, pero de alguien que no es un notario, pero que juega a ser notario. Es el triunfo de la mala costumbre de la burocracia, sobre la creación. El papel documento como fetiche del mercado .

No se re-certifica por rigor; se re-certifica por una disputa interna. Cuando una obra necesita múltiples capas de certificación para existir en el mercado, queda claro que su valor no es intrínseco. No proviene del pensamiento, del lenguaje formal ni de una postura estética consistente, sino de generar especulación y confusión en el mercado.

La obra deja de ser obra y se convierte en pretexto especulativo y la gente está hablando de la grandeza del recertificado y no de la obra maestra. Es igual a las acciones de la burbuja del Internet, o las criptomonedas meme.

Cobrar por certificar es institucionalizar la duda como modelo de negocio. Es convertir la sospecha en ingreso recurrente. La obra se vende una vez; la certificación se puede cobrar infinitas veces.Todo certificado debería ser gratuito. El pago de la obra es la transacción. No es justo jugar todo el tiempo con la confianza del comprador.

Yo me inclino a pensar que el problema no es la falsificación de las obras, sino la falsificación del autor. La caída del amor, es la frase, “aquellos que no pueden amar, hacen dinero” James Baldwin.

Etiquetas: ArteartistacertificadofirmasFriedeberg

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