Las recientes protestas en Irán nos han dejado mudos por el número de muertos –una cifra desconocida, pero cercana según diversos cálculos de organismos internacionales a no menos de siete mil víctimas– y la escasa solidaridad que despertó entre aquellos mismos que no dudaron, y con razón, en protestar por las masacres en Palestina.
¿Qué hacía diferente esta barbarie a los ojos de todos los simpatizantes de la causa palestina? ¿Es que las tiranías teocráticas tienen buena prensa entre los sectores progresistas? Cuesta trabajo entenderlo y, más aún, aceptarlo, pero el caso es que la indiferencia mundial fue la gran apuesta del régimen genocida y, de momento, parece haberla ganado-
Volodímir Zelenski, el presidente de Ucrania, dijo que “si se permite que el régimen de Irán sobreviva, solo enseñará a otros dictadores que si matas a suficientes personas, puedes permanecer en el poder”. Y puesto que el mundo lo permitió, la siniestra lección parece estar siendo asimilada por otras tiranías.
Las principales víctimas de la represión han sido las valientes mujeres de Irán que –literalmente– dieron la cara a un régimen que las obliga a ocultar su rostro y a vivir según un cavernario molde islámico que es, en realidad, la interpretación fundamentalista del Corán.
A su vez, la teocracia iraní tiene una liga estrecha con la de Afganistán, que azota –también literalmente– a las mujeres. Las noticias que nos llegan de esa nación parecieran francamente sacacadas de algún universo orwelliano. Recientemente, como para demostrar lo anterior, el gobierno talibán aprobó un nuevo código penal.
La ley en este país ya era una pesadilla, pero ahora es simplemente terrorífica. Las nuevas normas permiten a los hombres golpear a sus esposas e hijos, con una pequeña restricción digamos “técnica”: no dejar marcas visibles. Si una mujer huye de su marido golpeador puede ser condenada a tres meses de prisión, con una misma pena para los familiares que le den refugio.
Las mujeres definitivamente ya no pueden asistir a la escuela. Se prohíbe también que hablen o canten porque su voz es parte, dicen sus verdugos, de la “intimidad” femenina. Desde luego (a diferencia de Irán) aquí sí se les obliga a cubrir su rostro y cuerpo totalmente, además de que no pueden mirar directamente a aquellos hombres con los que no tengan parentesco.
Después de que miles de mujeres en Irán han sido reprimidas y asesinadas por exigir libertades y defender sus derechos, y luego de las muchas imágenes que le han dado la vuelta al mundo retratando la lamentable condición de las mujeres bajo el régimen talibán en Afganistán, uno termina preguntándose si el infierno que viven siempre ha estado ahí.
Y la respuesta clara –aunque sorprendente, concedamos, porque todo esto simula ser una espantosa “tradición”– es que no. No siempre las mujeres estuvieron obligadas a esconder su rostro o a ser prácticamente esclavas. Y vale la pena recordar que esto no siempre ha sido así, precisamente para alentar la esperanza del cambio.
Los fundamentalistas que ahora gobiernan esos países no siempre tuvieron el poder. Aprincipios del siglo pasado, en los años 20, cuando gobernaba el rey Amanulá Khan y la reina Soraya Tarzi, hubo alguna modernización significativa. Incluso las mujeres alcanzaron el derecho al voto en 1919. La educación femenina fue una preocupación del Estado y se buscó que la burka no fuera obligatoria. Desde los años 50 y todavía con la Constitución de 1964 las mujeres pudieron ir a las universidades, trabajar y participar de la vida política.
Fue con la llegada de los Muyahidines y talibanes que el retroceso dio comienzo, a partir de la expulsión de la Unión Soviética que los había invadido. El resto de la historia es conocida: Osama Bin Laden, las Torres Gemelas, invasión de EU y, años después una retirada que deja en el poder a los talibanes más fanáticos que nunca.
Para Irán las cosas también fueron mejor con los regímenes monárquicos. Contra lo que pudiera pensarse, bajo Mohammad Reza Pahlavi, el último Shah, las mujeres obtuvieron el derecho al voto en 1963, acceso a las universidades, divorcio y oportunidades de trabajo. Con la revolución islámica de 1979, la involución se hizo patente: se impuso el hiyab obligatorio y las mujeres perdieron espacios y derechos en casi todos los ámbitos.
Fueron la revolución de los ayatolas contra la dinastía de los Reza y la lucha de los talibanes contra sus más recientes invasores, las que abrieron el paso a una regresión fundamentalista. Saber que no siempre fue así es una ventana de esperanza para millones de mujeres de Irán y Afaganistán.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez





