Se mira en el espejo con un aire de melancolía y nostalgia. Navega por las anchas aguas de la cultura clásica.
Habitan en él Grecia y Roma. Se sumerge en las profundas aguas bíblicas. Abraza a San Agustín, ícono de la cristianidad.
Hablo de Félix Suárez, promotor cultural: editor, ensayista, pero sobre todo, poeta galardonado aquí y allá: premio internacional Jaime Sabines, poesía joven Elías Nandino, premio Sor Juana Inés de la Cruz. Mas, a despecho de su excelencia, lo arropa la modestia.
Vive alejado del mundanal ruido, como diría el gran Horacio. Rodeado de árboles que se mecen al suave impulso del viento donde cultiva con esmero su jardín.
Le acompaña su pareja Verónica Conzuelo, excepcional pintora que trabaja el temple, una técnica al parecer sencilla, pero a su vez, compleja, y su hija Casandra.
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Hace poco tuve la osadía de presentar su poemario ¿Hubo esta vida o la muerte?
En él, Suárez nos entrega algo que se antoja, un regreso a sus raíces cotidianas: la familia, sus primeras hijas, el padre, la madre, la abuela.
En ese breve poemario nos regala el verso coloquial. Se contiene en las metáforas.
Pero nunca pierde su poderío verbal, la gentileza de sus líneas, el perdón, el amor a la vida. Se solaza en el duelo, sí, en el duelo, en la tristeza de lo que se ha ido, en la asunción de una vejez mentirosa.
Lo veo con admiración, con esa amistad entrañable que me profesa, fuerte como una soldadura que nadie, nadie puede romper, como una fortaleza tal si cargara los huesos de la abuela… Félix, camina, trota con pies firmes. Como un abrazo infinito.
Si la poesía es una dádiva de los dioses, este poeta la ha recibido con una inmensa gratitud.
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Y cierro con los último versos del libro Nada nos devolverá la dicha, que reúne poemas escogidos (1984-2024):
Subir para caer de nuevo, y nada es cierto,
sólo la vívida conciencia del retorno,
la sed que te levanta
a media noche, trémulo de ardor,
como una mano de raíces,
hasta el cielo.
Y aunque parezca una paradoja, el poeta nada ha inventado.
Esta vida la ha vivido dichosamente.
Como un mediodía de primavera.





