Empecemos por donde no hay debate:
Si existió un insulto racista contra Vinicius Jr., es inaceptable. Punto. No hay contexto que lo maquille, ni rivalidad que lo excuse. El racismo no es folclor, no es pasión, no es “calor de grada”. Es una herida vieja que el fútbol arrastra y que cada cierto tiempo vuelve a abrir. Es miseria moral.
Ahora bien.
El fútbol también es un territorio donde la provocación se aplaude cuando la ejerce el nuestro y se condena cuando la ejerce el otro. Se celebra al jugador que baila y se burla frente al rival, que sonríe después de fingir una patada, que levanta las manos pidiendo más ruido. Erróneamente se le llama carácter, personalidad, espectáculo. Y muchas veces lo es. El problema es cuando esa línea se cruza y el espectáculo se convierte en combustible.
Vinicius vive ahí.
En esa línea.
Es extraordinario, sí. Es uno de esos futbolistas que parecen jugar con un resorte invisible en los tobillos. Pero también es un competidor que disfruta el duelo psicológico. Mira a la grada, responde a los silbidos, convierte cada roce en narrativa. No es delito. Es parte del juego moderno, hiperemocional, amplificado por cámaras que capturan hasta el último gesto.
Y aquí aparece la incomodidad: en el fútbol, quienes disfrutan de provocar suelen ser los primeros en indignarse cuando reciben la respuesta. El fútbol es un juego de espejos. Quien provoca, despierta algo. Y ese algo no siempre es noble.
No lo digo para justificar la barbarie. Lo repito: nada justifica el racismo. Pero sí conviene entender el ecosistema en el que ocurre. El estadio no es un auditorio de ópera; es una olla a presión emocional donde el orgullo colectivo se activa con facilidad.
Si esta fuera una columna políticamente correcta, diría que Vinicius debe aprender. Que el talento necesita contención. Que el genio madura cuando elige sus batallas.
Pero no lo es.
Vinicius no va a dejar de provocar Vinicius no va a aprender. No porque no pueda, sino porque no quiere. Porque su energía nace de esa confrontación. Porque su identidad futbolística está hecha de desafío. Seguirá encarando, seguirá provocando, seguirá celebrando frente a la grada. Y cuando la grada responda, de forma miserable, injustificable o simplemente hostil, seguirá señalando, seguirá denunciando, o como dicen algunos, seguirá llorando.
Y quizá ahí está la tragedia moderna del fútbol: todos participan del fuego cuando ilumina, pero nadie cuando quema. No es contradicción: es humanidad.
Aquí es donde la analogía deja de ser táctica y se vuelve literaria.
En El extranjero de Albert Camus, Meursault no encaja en el guion social que los demás esperan de él. Su forma de reaccionar o de no reaccionar, incomoda más que los hechos mismos. La sociedad no solo juzga lo que hace; juzga cómo lo hace sentir.
Con Vinicius pasa algo parecido. No solo se le juzga por jugar, sino por cómo vive lo que le pasa. Si sonríe, provoca. Si protesta, exagera. Si denuncia, victimiza. Si calla, consiente. Siempre está fuera del molde que alguien quisiera imponerle. Y eso, según el cristal y el color de la camiseta con que se mire.
Y eso nos revela algo incómodo: el fútbol no solo quiere talento, quiere comportamiento predecible. Quiere héroes cuando conviene y quiere silencio cuando estorban.
Vinicius no encaja en ese molde. Y la grada, como cualquier multitud, suele reaccionar con dureza ante quien no se adapta. Vinicius no es un santo ni un villano. Es un joven multimillonario que compite en el deporte más emocional del planeta. La grada no es un tribunal, pero tampoco debería ser una turba. Y el fútbol, que presume ser cultura popular, a veces demuestra que cultura y popular no siempre caminan juntos. El balompié por su propia naturaleza incluye confrontación, roces y fricciones. Y el problema no es que el fútbol y su entorno tenga fricción. El problema es cuando confundimos fricción con deshumanización.
Condenemos el racismo sin titubeos. Pero también dejemos de fingir que el fútbol es un salón de té victoriano. Es un ring emocional. Y en el ring, cada gesto tiene respuesta.
Y entendamos que Vinicius no cambiará demasiado. Seguirá jugando al borde. Seguirá encendiendo estadios. Seguirá reaccionando. Porque ahí, en ese límite incómodo, es donde se siente vivo.
Tal vez la pregunta no es si él debe aprender.
Tal vez la pregunta es por qué exigimos que aprenda solo él.





