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La que aprende a mirar dos veces

Laura Romero, artista multidisciplinaria

por Lila Cruz
16 febrero, 2026
en aQROpolis, Destacados
La que aprende a mirar dos veces
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“Me gusta ver las cosas en dos veces”, dice Laura Romero, y de pronto todo su trabajo se ordena alrededor de esa frase. No habla sólo de mirar, sino de detenerse donde casi todos ya pasaron de largo. De volver sobre la misma esquina, la misma espiga, el mismo edificio, como si en esa segunda mirada la realidad por fin se atreviera a decir la verdad. Su voz es pausada, cercana, sin grandilocuencias. Habla desde el estudio que es casa y refugio, con los perritos moviéndose entre las obras, con el olor a café y a pintura todavía tibio, como si la vida misma se hubiera instalado allí a descansar un rato.

Desde niña, Laura supo que el dibujo no era un pasatiempo, sino una manera de estar en el mundo. Una maestra llamó a sus padres cuando ella tenía nueve años y les dijo que esa niña necesitaba una academia de arte. Desde entonces, los sábados se convirtieron en su día favorito: el día de ir a la academia, de sentir entre las manos el papel, el grafito, el color. Todo lo demás podía cambiar; ese impulso de trazar líneas, no. Ese gesto inicial sigue vivo hoy: la niña que dibujaba silencios es la misma mujer que más tarde entendería que el retrato no es una cara, sino una forma de entrar al territorio de alguien. “Me costaba mucho retratarme a mí misma”, confiesa, y cuenta cómo una residencia de arte en Buenos Aires, centrada en el autorretrato, la obligó a mirarse de frente. Allí comprendió que el arte podía ser una vía radical de autoconocimiento. Desde entonces, su obra se volvió mucho más introspectiva: un espejo que no sólo la refleja, sino que la interroga.

Creció en la periferia de Madrid, pero su memoria emocional siempre estuvo ligada a la ciudad. El centro, sus ritmos, su arquitectura, sus sombras entre edificios, le fueron dibujando un mapa interno donde lo urbano se mezclaba con lo íntimo. “Amo mi ciudad”, dice, y se le nota la nostalgia en el tono, un pequeño temblor cuando habla de Madrid. Pero la vida, que a veces trama giros que nadie espera, le cruzó un mexicano en el camino. Ese “mexicanito” la trajo a Querétaro y le partió el corazón en dos geografías: una mitad sigue caminando por las calles madrileñas de la memoria; la otra se queda suspendida en los atardeceres queretanos, en esa luz que ella no deja de fotografiar desde que llegó.

Su recorrido académico la llevó de Bellas Artes al diseño gráfico, de la pintura al laboratorio de la imagen. Entró al mundo digital casi por obligación, cuando un embarazo y las indicaciones del médico la alejaron del thinner y la pintura al óleo. No podía usar solventes, así que tuvo que buscar otra forma de seguir creando. “Fue una imposición”, cuenta, pero en esa aparente limitación encontró una puerta. Volvió a la fotografía, se sumergió en la computadora, exploró el diseño como soporte y el dibujo como estructura. Lo que parecía un obstáculo se convirtió en una reinvención: otra piel para la misma necesidad de contar.

En Intervalos, la serie que nació en plena pandemia, la ciudad dejó de ser escenario para convertirse en espejo. Encerrada, sin poder salir a caminar ni a fotografiar, trabajó con imágenes de archivo de Madrid y Querétaro, esas dos ciudades que la habitan por dentro. “Empecé a trabajar con las fachadas como analogía de nuestras propias fachadas”, explica. Esas paredes que muestran lo que queremos que el mundo vea y esconden lo que realmente ocurre detrás. En Intervalos, Laura habla de dualidad, de arriba y abajo, de luz y sombra, de esa batalla diaria por encontrar un equilibrio entre lo que mostramos y lo que somos. La serie es, en el fondo, un autorretrato expandido: la ciudad como cuerpo, las ventanas como ojos, los muros como piel.

Su forma de crear no está atada a una sola técnica. Ha pasado por la pintura, la instalación, la escultura, el grabado, la cerámica, la fotografía. No es ella quien entra en la técnica; son los materiales los que la llaman, como si cada idea le pidiera un cuerpo distinto. “La técnica me pide”, dice. “Según lo que quiero contar, así busco con qué hacerlo.” Ahora ha regresado a la pintura y al dibujo con una vocación más abstracta, más liviana, donde el trazo se vuelve esencial, casi respiración. Y aun así, lo gráfico —ese ojo de diseñadora, ese rigor de dibujante— sigue presente en todo: en el orden, en la composición, en la manera de dejar que la materia respire.

Migrar la rompió y la ensambló de nuevo. En Rastro, su proyecto actual, habla de identidades fragmentadas, de esas formas visibles e invisibles en que emigramos: de país, de oficio, de piel interior, de manera de entendernos. Se inspira en sus caminatas diarias con los perros, donde recoge espigas, hojas secas, fragmentos del paisaje. Entiende que cada paso deja huella y que el paisaje también deja marca en quien lo recorre. “Yo intervengo en el paisaje y el paisaje interviene en mí”, dice. Y en esa frase aparece la clave de su obra: no se trata sólo de representar lo que ve, sino de registrar lo que pasa entre ella y el mundo. Ese “entre” es el verdadero territorio que le interesa.

En Querétaro, los atardeceres se convirtieron en un idioma. De esa fascinación nació Poniente o Ñuhadi, palabra otomí que significa “lugar donde se pone el sol”. La obra, encargada por la Secretaría de Cultura, no sólo retrata un ocaso: es un gesto de reconocimiento a la tierra que la recibe y a la lengua que la nombra. La mirada extranjera de Laura nunca es invasiva; es humilde, respetuosa, consciente de que llega a un territorio con historia y raíces propias. Darle a la pieza un nombre en otomí es una forma de honrar esa raíz, de recordar que bajo el concreto y la mancha urbana sigue latiendo una cultura milenaria.

En su día a día, Laura no espera a que la inspiración llegue como un milagro caprichoso. Se despierta a las seis, hace deporte, se toma un café y entra al estudio. “Soy muy disciplinada”, reconoce. Trabaja por horas, se queda encerrada en su mundo de trazos y texturas, entra en ese estado de concentración donde el tiempo se disuelve. Dice que no puede meditar como otros, que la meditación tradicional la pone nerviosa, pero sabe que cuando pinta entra en un estado alterado de conciencia donde todo lo demás se calla. Allí, en ese silencio lleno de materia, se le pasan las horas volando. Ese es su templo.

Entre sus placeres íntimos está el dibujo de retratos que suele regalar: hijos de amigas, personas queridas, rostros que la tocan de alguna manera. No los vende, los entrega como quien comparte una parte de su mirada. También lee sin descanso: autores españoles, recomendaciones literarias que encuentra en cuentas de Instagram, novelas, ensayos. Va a exposiciones, museos, galerías. Le interesa saber qué se está cocinando en el mundo del arte contemporáneo; ver lo que hacen otros la inspira, la sacude, le recuerda que el diálogo con el arte es siempre colectivo.

Cuando mira hacia atrás, reconoce madurez en su camino. Ha aprendido a tener paciencia con sus procesos, a no querer terminar una obra en un día, a dejarla respirar. Esa paciencia es también una forma de respeto hacia la pieza, hacia lo que quiere decir y todavía no encuentra forma. “Si no viviera, no tendría nada que contar”, afirma. Ser madre, pareja, lectora, amiga, migrante, artista: todo forma parte de un mismo tejido. La vida no es algo que ocurre afuera del estudio; es el combustible que enciende cada obra.

Al preguntarle qué espera que ocurra en quien se planta frente a su trabajo, su respuesta vuelve al origen: la segunda mirada. No quiere que sus espigas sean sólo espigas, ni que sus ciudades sean sólo ciudades. Quiere provocar una pausa, una respiración más honda, un pequeño desplazamiento en la sensibilidad del espectador. Quiere que quien mire sus piezas se detenga y perciba que hay algo más: identidades que se fragmentan, rastros que se entretejen, memorias colectivas que se cuelan en la forma de una fachada o de una hoja seca. En un mundo que se ha acostumbrado a la violencia y la destrucción, Laura insiste en la necesidad de recuperar la humanidad.

“Seamos más sensibles, más humanos”, dice al final, sin pose. Lo dice con la misma sencillez con la que habla de sus perros o de sus caminatas. Cree que el arte, la lectura, la música, la cultura en general están para eso: para devolvernos la capacidad de sentir, de empatizar, de mirar más allá de la superficie. En tiempos de insensibilidad normalizada, su voz es una invitación a resistir desde la mirada.

Escuchar a Laura Romero es comprender que su obra no se limita a colgar en una pared. Es proceso, es respiración, es rastro de una vida que ha aprendido a mirar dos veces antes de seguir adelante. Sus piezas no buscan arrasar; buscan tocar. No pretenden imponer; proponen una conversación silenciosa con quien se acerca. Y en esa conversación, muy probablemente, algo se reacomoda dentro de quien mira.

Laura no firma objetos: abre umbrales. Y cruzarlos, aunque sea por unos segundos, nos recuerda que todavía somos capaces de ver, de sentir y de reconocernos en la luz que se queda un instante más en el poniente antes de desaparecer.

Etiquetas: ArteartistaentrevistaOBRAPintura

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