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Dijimos petróleo; no frijoles

El cristalazo

por Rafael Cardona
3 febrero, 2026
en Editoriales
Los electores también son responsables
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Hábil –o quizá arriesgada en el doblez de acatar y desafiar–, la presidenta de México (con A) le juega la burla a Donald Trump. Por una parte, asume el compromiso (revelado por él) de cortar los suministros petroleros a Cuba y por la otra sustituye la energía con la comida.

Convinimos con el petróleo –podrá decir la siempre esquiva diplomacia mexicana del humanitarismo ideológico cuya generosidad no llega hasta Haití o a las miserables regiones de África–, pero nada compromete frijolitos, arroz y chuletas de chancho para los moros y los cristianos.

Por todas estas cosas, por las amistades por algunas personas isleñas, por la juventud y los recuerdos y por tantas y tantas cosas como el tabaco y el ron; la prosa de Lezama Lima, los libros de Padura y quizá más, la última noche habanera de mis años recientes no me suelta. Evoco mi llegada de algún modo al fin de un mundo, al dormido caimán verde sobre el Caribe.

Esto escribí cuando desapareció el mito.

–Fidel, Fidel… ¿qué tiene Fidel?

“La sombra de la noche ya cortó con su tajo de negrura el último celaje de un poniente rojo y escarlata sobre la inmensa Plaza de la Revolución, corazón de La Habana,  reventada por hombres, mujeres y niños bajo la serenidad de los laureles y las palmas enhiestas, todos cubiertos por la  oscura comba celestial; indiferente a sus celos  y pasiones en el centro de Cuba y su historia, con su larguísima pirámide de mármol blanco y cemento y piedra, con la sedente figura de José Martí en interminable meditación solitaria con la vista al noroeste,  se ha poblado de miles y más miles hasta contar un millón o dos millones o cuantos quiera la ociosidad estadística, en una interminable congregación cuyos integrantes acostumbrados a la oratoria por horas y horas, han resistido el paso de europeos, iberoamericanos, africanos y asiáticos, empeñados todos en un torneo de palabras en las cuales el ditirambo y el elogio; la elegía y la epopeya suenan tan huecos como innecesarios, pues el personaje se pone en todo momento por encima de sus definiciones; tanta vehemencia revolucionaria casi es inútil frente a la contundencia de los concurrentes, como innecesario es el subrayado de sus cualidades, el ocultamiento de sus negruras, el silencio para sus errores, los cuales ahora resultarían inoportunos, porque no se trata en el momento de la muerte de hacer algo más allá de la conmemoración y el recuerdo y el homenaje y el tributo a una vida cuyo fulgor tiñó la vida de los demás y ahora, con el paso del tiempo se ha vuelto humo y ceniza, como si un espíritu pudiera quedar cautivo, como si se tratara de un fantasma de trasluz, un hálito sobre la nuca de los cubanos quienes sienten sin necesidad de argumentar, ni discurrir, ni reflexionar, pues eso han venido haciendo en los años y los días pasados en una especie de introspección colectiva, en la cual cada quien encontró su respuesta y su motivo, su meditación y su ensueño –o su engaño–, pero ahora y solamente hoy es cosa de ir, ir; estar en el cogollo del instante fugaz y único en la vida, y ser parte del instante, porque siempre la muerte de otro es apenas un instante en nuestro tramo; vestirse con el color de la hora y el día y la luz de las lámparas cuya llama blanca ilumina a los Jefes de Estado cuyo verbo conmueve a quien se quiera conmover (especialmente a sí mismo) , frente a esa fotografía gigantesca del guerrillero de gorda mochila a la espalda,  en el monte Turquino, de la sierra de Oriente, con la vista al futuro o a un mar lejano; porque en una isla se camine a donde se camine a donde se quiera, si no hay reposo,  llega uno siempre a la playa, al agua; al mismo sitio,  como sucede en esta historia cuyo principio y su fin de entrelazan en la cadena interminable de una palabra dominante: Revolución”.

Pero ya se acabó.

Etiquetas: CubaSheinbaumTrump

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