Las calles de Querétaro amanecen distintas cada dos de febrero. No es sólo el tránsito más lento ni el murmullo que se espesa frente a los templos; es el color. En las banquetas aparecen puestos donde el blanco tradicional de los ropones del Niño Dios convive con telas magenta, verdes suaves y tonos pastel. Hay sillas doradas y de madera, pequeñas, diseñadas para sentar a las figuras; tiaras brillantes, listones rojos con ornamentos dorados, canastas y bambinetos. En las mesas se alinean Niños Dios de yeso, resina y cerámica: piel color melocotón, cabello café, ojos grandes, cafés claros, miradas detenidas en un gesto que parece siempre el mismo y nunca igual.
Algunos tienen nombre y advocación. ‘El Niño del Trabajo’. ‘El Niño de las Palomas’. Otros esperan todavía ser vestidos, envueltos en mantas blancas que recuerdan el frío invernal que aún se siente en la ciudad. El aire huele a maíz cocido y guisado: alguien carga una bolsa que contiene tamales. La fe y la cocina avanzan juntas.
Por las calles del Centro caminan padrinos y madrinas con los brazos ocupados y el gesto serio, concentrado. Un hombre mayor cruza bajo el sol con sombrero puesto. Lleva al Niño Dios recostado en una canasta pequeña y poco profunda. El niño va envuelto en una manta blanca; las manos levantadas, los dedos apuntando al cielo, los ojitos bien abiertos. Más adelante, una mujer —madrina también— carga a otro Niño Dios cubierto con gorrito blanco, calcetas y ropa abrigadora, como si el invierno pudiera alcanzarlo de pronto.
Entre ese ir y venir está Karen Ocampo. Es madrina del Niño Dios en la comunidad de La Llave, en el municipio de San Juan del Río, y habla de su encargo como quien explica un compromiso antiguo y vivo. “El año pasado me invitaron a ser madrina mis comadres. El compromiso es por tres años”, dice. Este es su segundo. Antes que ella hubo otras madrinas: el Niño Dios que cuida tiene historia, ha pasado de manos en manos, de familias en familias.
Ser madrina, explica, implica una misión concreta: cambiarle la ropa cada año, llevarle flores, acompañarlo a misa. “Es como vestir a un bebé de verdad”, cuenta. Esperar que lleguen estas fechas, recorrer los puestos, elegir telas, tallas, detalles. El gesto se repite año con año, pero no se gasta. Después de la misa viene la comida: los compadres agradecen el favor con la mesa puesta. Ella corresponde con pastel, con dulces para los niños. El intercambio no es sólo simbólico; es comunitario.
“Más que nada, la bendición es para ti”, dice Karen. El Niño Dios ya está bendito, pero ser madrina es un honor. Lo dice varias veces, como si necesitara subrayarlo. En las pláticas ha aprendido que no es la familia ni el niño quien elige, sino Dios. “Si Dios te está eligiendo es porque tienes una misión en esa familia”. Los compadres, afirma, son la familia que se elige, no la que se hereda.
La escena que se repite en Querétaro cada dos de febrero tiene una raíz más profunda. Martín Lara Becerril, vocero de la Diócesis de Querétaro, explica que esta celebración se remonta a los 40 días posteriores al nacimiento de Jesús. “El dos de febrero se cumplen 40 días de que Jesús nació en el portal de Belén”, señala. De acuerdo con la tradición judía —que pasa a la cristiana—, después de ese periodo el niño era presentado en el templo de Jerusalén para agradecer a Dios el don de la vida, especialmente cuando se trataba de un hijo varón.
“Como Jesús es hijo varón, le corresponde presentarlo a Dios y ofrecérselo a Dios”, explica. La familia, añade, ofrecía un sacrificio que variaba según su condición económica. “En el caso de Jesús, su familia es muy modesta y entonces ofrecen un par de tórtolas”.
Ese día, narra el Evangelio de San Lucas, José y María se encontraron en el templo con dos ancianos: Simeón y Ana. “Cuando Simeón lo vio, lo tomó en sus brazos e hizo una oración muy bonita diciendo: ‘Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tus siervos en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador’”, recuerda el vocero. En esa alabanza está el núcleo de la celebración: “Simeón reconoce a Jesús como la luz de todos los pueblos”.
De ahí proviene el nombre de la festividad. “Candelaria significa luz. Una luz que alumbra a todas las naciones”, explica Lara Becerril. Por eso, dice, la tradición marca que se lleve al Niño Dios vestido de blanco y una vela encendida. “El signo es la presentación, presentarlo a Dios como una ofrenda, así como Jesús fue presentado a los 40 días”.
A esta liturgia se suma otra tradición profundamente arraigada: los tamales. “Tienen tres elementos”, explica. “La hoja representa las pajas del pesebre; la masa, los pañales con los que fue envuelto el Niño Jesús; y la carne, el cuerpo del niño”. Comer tamales este día no es sólo una costumbre festiva, sino la continuación simbólica del nacimiento.
“Es una fiesta de alegría”, resume. “Se une el nacimiento, la venida de los Reyes y ahora la presentación de Jesús como la luz de las naciones”.
Por eso las iglesias se llenan. Por eso las manos cargan figuras, velas, tamales. Por eso el Centro por la tarde huele a maíz y a cera. La Candelaria no se vive sólo en el templo: se camina, se carga, se come.
Al caer la noche, los puestos comienzan a desmontarse. Algunos Niños Dios ya regresan a casa, con ropa nueva y agua bendita rociada en sus ropones. Otros esperan todavía su turno. La ciudad, por unas horas, fue cuna, templo y mesa compartida. Y en medio del ruido urbano, la tradición volvió a encenderse, como una vela pequeña que insiste en no apagarse.






