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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
30 enero, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
23
VISTAS

El Capitán Antípides, sujeto de calaña tan ruda como las botas que calzaba, descargó un puñetazo sobre el tablero con tal estrépito que parecía querer despertar a los mismos muertos. Pero Don Felipe Olguín, a quien la Providencia había privado de la vista para acaso librarlo de ver tanta infamia, permaneció inmutable. ¡Vana empresa la del militar! Pues el viejo, en su santa oscuridad, poseía ese agudo oído de quien ya no se fía de las apariencias, sino que ausculta los latidos de una conciencia carcomida por el remordimiento.

—¡Ea, señor confitero! —exclamó el Capitán, girando como perro de presa—, que vuestra dulcería nos ha puesto en ridículo, haciéndonos pasar por solemnes majaderos ante la superioridad. Si la terquedad sigue gobernando vuestra lengua, habremos de recurrir a remedios más amargos que vuestros almíbares.

Hizo señas el sayón y trajeron a María Luisa, criatura de ángel arrojada a una cueva de lobos. La joven, entre sollozos que habrían ablandado una piedra de cantera, se arrojó a los pies de su padre. —¡Padre mío! —gritaba la infeliz, mientras el Capitán, con esa risa socarrona propia de los hombres sin honor, proseguía:

—Bien sabéis, Don Felipe, que por los hijos se sacrifica hasta el alma. Decidnos, pues, ¿qué senda tomaron aquellas carretas de dulces que llevaban en el falso piso el oro de los frailes ermitaños agustinos con destino a San Luis Potosí? ¿O habremos de pedirle a esta linda mozuela que refresque vuestra memoria? — Un soldado, carente de toda hidalguía, zangoloteó a la joven hasta sentarla a la fuerza. Don Felipe, guiado por el instinto del amor paterno, estiró los brazos para ampararla, pero solo recibió por respuesta una bofetada que le hizo zumbar las sienes.

—¡Sentaos, viejo tonto! —bramó Antípides—, que, si os levantáis de nuevo, no serán caricias, sino azotes los que recibáis. Bien se sabe que en las familias los secretos vuelan, salvo los amoríos y pecadillos de juventud; así que esta lozana doncella ha de saber qué cargamento ocultaban los fondos de vuestras carretas. Y diciendo esto, paseó la punta de su fuete por la mejilla de la niña, como quien acaricia a una bestia antes del sacrificio.

De pronto, en un arranque de furia satánica, el látigo silbó en el aire y rasgó la piel del anciano. ¡Qué grito tan espantoso soltó la joven! Parecía que el alma se le escapaba en cada lamento.

—¿No os duele, anciano de mármol? —se burlaba el verdugo—. ¿Preferís acaso que el próximo golpe siembre cardenales en la nieve de las mejillas de vuestra hija? — El brazo del tirano se alzó de nuevo, dispuesto a profanar la inocencia, cuando el viejo Olguín, con la voz rota por la angustia, exclamó: —¡Parad, Capitán! ¡Parad, por las llagas de Cristo! —clamó el anciano, extendiendo sus manos temblorosas como si buscara asirse al aire o a la piedad divina—. Hablaré cuanto queráis, os entregaré hasta el último secreto que guardan mis sienes, pero no toquéis a esa criatura, que es lo único limpio que queda en este valle de lágrimas.

Pero la maldad, que no conoce de pactos y se alimenta del sufrimiento ajeno, no detuvo su impulso satánico. El brazo del Capitán Antípides, movido por un espíritu que nada sabía de hidalguía y mucho de barbarie, descargó el fuete con una saña que hizo silbar al viento. El golpe, seco y cruel, se hundió en la delicada piel de la joven, abriendo un surco de sangre donde antes solo había nieve y lozanía. María Luisa, cuya alma de paloma no estaba prevenida para tales tormentos, soltó un suspiro ahogado, sus ojos se entornaron buscando una luz que el dolor le negaba y, vencida por el espanto y la flaqueza de su naturaleza, cayó desmayada en un sopor profundo, quedando su cuerpo inerte como una flor tronchada por el granizo.

—¡Maldito seáis mil veces! —rugió el dulcero, alzando el rostro hacia el techo con los ojos ciegos anegados en un llanto amargo—. ¡Maldito sea el acero que portáis y el grado que ostentáis! ¡Os dije que hablaría! ¿Qué gloria halláis en triunfar sobre la debilidad de una doncella? ¿Qué laureles esperáis recoger de la sangre de los inocentes? — El viejo intentó arrastrarse hacia donde el cuerpo de su hija yacía, guiado por el sonido de su caída, mientras sus dedos buscaban desesperadamente el pulso de la joven.

El Capitán, impasible como un ídolo de piedra y con una sonrisa que denotaba la podredumbre de su alma, limpiaba la sangre del fuete con un pañuelo de seda, ajeno al juicio que la historia y el Cielo habrían de dictar sobre su infamia.

—Hablad pues, Don Felipe —dijo el militar con voz gélida—, que vuestro silencio ya ha costado caro, y la paciencia de un republicano tiene límites que vuestra ceguera no alcanza a vislumbrar. El tiempo corre, y el destino de esas carretas no puede esperar a que vuestro llanto se agote—.

10 de septiembre de 1860, Convento de Santa Clara.

Mientras el mundo exterior se desangraba entre botas y látigos, tras los muros del convento el tiempo parecía haberse detenido en un siglo de oro. El frío frescor de la casa celda de María de los Milagros de Jesús Diez Gutiérrez en nada contrasta con el barroco de los interiores de todo el majestuoso convento de las Religiosas Franciscanas de la Estrecha Observancia de Santa Clara. Más que un edificio, el interior era un laberinto de calles internas, plazas y celdas que parecían casas individuales. Las monjas de «velo negro» — las de la alta sociedad no vivían en dormitorios comunes— sino en celdas-palacio. Estas eran viviendas de dos pisos con cocina propia, sala de labor y, a menudo, habitaciones para sus criadas y familiares que las asistían.

El aire estaba impregnado del aroma de los huertos y jardines que ocupaban gran parte del terreno. Había fuentes de cantera labrada que surtían agua cristalina traída por el acueducto a cada casa, cuyo murmullo acompañaba el canto de los oficios divinos. La casa celda vecina de la joven potosina estaba custodiada por una servidumbre propia de la nobleza de la Nueva España la heredera de las virtudes de la ciudad de México la hija menor de Vicente Escandón y Garmendia, estirpe heredera de la casa del ilustre primer Conde de Escandón. Quien a vecindad le ha dado la bienvenida a la joven novicia que será de seguro de velo negro.

Le visita en su propia celda acompañada de su séquito, quienes hacen de la labor de dejarlas solas para la hora del té y en poco, de las costumbres de la comunidad, entre ellas, el canto y solfeo. Entramos, ¡válgame Dios!, no a una cueva de anacoreta, al contrario, a un gabinete que envidiaría la misma Duquesa si aún usara mantos en estas tierras de libertad. Apenas cruza uno el umbral, el olfato se marea con un perfume que no es de santidad, sino de chocolate de Soconusco mezclado con el aroma de la lavanda y el sándalo que emana de los arcones de Manila.

Mirad el suelo, que no es de tierra batida como el de los desdichados que piden limosna a la puerta del convento, no, es de ladrillo vidriado, tan pulido y brillante que las moscas se quiebran las patas al querer posarse en él. Sobre la superficie, una alfombra de la Fábrica de Orizaba, cuyos hilos parecen retener el sol de la tarde. En el centro de la estancia, una mesa de caoba y cedro con patas de garra, tallada con tal maestría que parece que la madera quisiera caminar. Sobre ella, descansa un tosco cilicio —para castigar los impropios pensamientos de mujer—, en juego de plata de ley, con sus búcaros de agua de nieve y una campanilla de filigrana que la novicia potosina tañe para llamar a la mandadera.

En el rincón, el estrado de terciopelo carmesí, donde la religiosa la recibe. Allí, entre cojines de raso bordados con hilo de plata, descansa un misal de pergamino cuyas letras de oro son tan grandes que hasta un ciego de la Acordada podría leerlas. No falta el biombo de laca china, con escenas de pagodas y puentes, puesto ahí no para ocultar pecados, sino para que las corrientes de aire no despeinen el velo de su reverencia mientras saborea un bizcocho de almendra.

El saludo entre la novicia potosina y la descendiente del Conde de Escandón fue acto de tal aparato y pompa que bien pareciera una ceremonia de corte. Previo al encuentro, el aire se saturó con el humo de los inciensos, mientras el canto de las sirvientes y primas formaba una armonía que pretendía anunciar un aroma de santidad, esparcido por todo el gran torreón de aquellas dos vecindades. Estas moradas no se hallaban separadas sino por tallas de cantera gris violácea, tan ricas y estofadas que las madres superiores y priores, con más orgullo que humildad cristiana, no dudaban en llamar ¡la Ciudad de Oro!

—Es para mí un honor de altos quilates teneros aquí, joven Condesa —articuló María de los Milagros, inclinando la cerviz con estudiada modestia—; mi aposento, en su humildad, se baña hoy con vuestros perfumes, y solo ruego a Dios que esta estancia sea digna de la sangre que corre por vuestras venas— Mientras el séquito ejecutaba una genuflexión digna de un palacio, la noble visitante interrumpió con cierta impaciencia:

—¡Andad, hermana, dejad las exageraciones y los cumplimientos de etiqueta! No seáis de ese modo, que al fin somos simples vecinas en esta cárcel de barrotes dorados. Sufrimos por igual las mismas inclemencias y aquí habremos de consumir los días que la suerte nos tenga reservados. Atendedme bien, y al conocernos veréis que, bajo estos velos, somos tan iguales como el común de los mortales —explicó la vástago de la nobleza novohispana.

—¿Acaso no respetáis nuestras formas y ceremonias? —repuso la anfitriona, con el asombro pintado en el rostro, mientras ambas recibían el primer tiempo del ambigú: galletas de fino trigo, espolvoreadas de azúcar y cubiertas con mermelada de higos—. Tendréis que habituaros, señorita, a que, en estas celdas, y por la prosapia que nos distingue, las formas son los únicos testigos que nos quedan de nuestro rango. Estos espacios, aunque solideos de nuestra condición, no dejan de ser un sagrado separo de lo externo; allá afuera, a pocos pasos tras el gran muro, bulle el mundo. Mañana, si el tiempo lo permite tras la matiné, os lo mostraré con gusto. —Diciendo esto, María de los Milagros atisbó con curiosidad entre los pliegues de su elegante sayal de color café marrón.

Procurando la visitante que no se le interrogase en demasía, parecía hallarse en el umbral mismo de dar un nuevo ciudadano al mundo; un bulto prominente en su vientre sobresalía bajo el velo que la cubría, y hasta el barboquejo de su toca lucía más flojo de lo que manda la regla. Al sentir sobre sí la mirada inquisitiva de la potosina, la joven condesa, con un gesto de resignada franqueza, dejó ver aquel vientre blanco y aromático de madre, que, a juzgar por su redondez, se hallaba a escasas semanas de las fatigas del parto.

—¿Cómo es esto posible? —exclamó la anfitriona, cuya mente volaba en mil pensamientos que no lograban conciliar la castidad del claustro con tan evidente estado—. Ninguna de mis ideas puede sujetar la formalidad de que estéis vos en prenda de varón. ¿Cómo habré de entender este despropósito? ¿Acaso lo saben las superiores? ¿Acaso las del velo negro están al tanto de esta novedad? —infirió con voz trémula.

—Sosegad vuestro espíritu, joven vecina —respondió la otra, con esa sangre fría que solo poseen quienes saben que el linaje suele cubrir multitud de pecados—, que, si en esta congregación se cultiva alguna planta con esmero, es la de la discreción sobre las flaquezas de las familias de mi estirpe. Sabed que he tomado los votos no por vocación, sino en calidad de Depositada. Mi aposento, colindante al vuestro, es tenido por «Casa de Recogimiento», donde mi padre, en un afán de remendar su honor maltrecho, ha tenido a bien enclaustrarme. Es este, sin duda, el refugio de más alto fuste, si exceptuamos el de vuestra merced.

Los ojos de María de los Milagros, que aún conservaban cierta sombra de ingenuidad, se abrían como platos ante tales revelaciones.

—No os llaméis a engaño —prosiguió la noble—, que no soy la única que bajo estas bóvedas oculta una falta. Cuento al menos a tres compañeras en idéntica fortuna. La dote no se entregó íntegra a la orden, pues está pactado que, una vez que dé a luz al fruto de mis entrañas, conservo el derecho pleno de retornar al mundo con la frente en alto, dispuesta a cumplir el desposorio que mi padre ya ha concertado para conveniencia de su casa.

—Pero, ¿y el niño? —preguntó intrigada María de los Milagros, bajando la voz como si las piedras pudieran oírla—. ¿Cuál será el destino de esa criatura?

—Será conducido en un carruaje de mulas vulgares hacia mi residencia oficial —explicó la condesa con naturalidad pasmosa—. Mientras tanto, se ha esparcido la especie de que me hallo en viaje por las Europas, perfeccionándome en las labores propias de una dama de mi alcurnia. Una vez que yo regrese a mis salones, el infante me alcanzará. Se dirá entonces, para acallar cualquier maledicencia, que el niño fue hallado como expósito a las puertas de nuestra casa; y mi padre, en un rasgo de supuesta caridad cristiana, le otorgará uno de sus apellidos. Así, nada le faltará y, por vía de legacía, podrá heredar aquello que de mi dote se ha reservado.

La faz de María de los Milagros no cesaba de mostrar asombro ante plan tan ingeniosamente urdido, donde la mentira se disfrazaba de virtud con tal destreza. Con un rictus de vergüenza, no pudo evitar la pregunta que le quemaba los labios:

—¿Y el padre?… ¿Qué dice aquel que fue autor de vuestra prenda? La descendiente de los condes de Escandón mudó el semblante, y con un tono de fastidio que pretendía dar por zanjado el asunto, exclamó: —¿Podréis hacerme la merced de acercarme esas galletas?… que el apetito no entiende de indiscreciones—.

Continuará…

Etiquetas: AntípidesconventoOlguínsanta claratemplo

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