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Tras los “pasos raros” de Graciela Henríquez

Bailarina y coreógrafa

por Reforma
22 enero, 2026
en aQROpolis
Tras los “pasos raros” de Graciela Henríquez

Una embolia vulneró su cuerpo y el habla, pero no le arrebató la memoria. “La edad es la edad”, dice Graciela Henríquez con sabiduría.

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Erika P. Bucio

Graciela Henríquez (Barquisimeto, 1932) tiene 93 años y el cuerpo como un archivo vivo: ahí están los viajes, las danzas aprendidas y las que inventó, las preguntas que la antropología le enseñó a hacer a través del movimiento.

Nunca le bastó con danzar: quiso entender por qué los cuerpos dicen lo que dicen.

“La vida me llevó a la danza y la danza al conocimiento”, responde al empezar a jalar el hilo de la memoria. “Haciendo danza, me di cuenta de que no era suficiente, que había que buscar cómo actuaba el ser humano en la vida”.

Hija del poeta, historiador y periodista de El Impulso de Barquisimeto, Faustino Henríquez, su influencia fue fundamental en su formación intelectual. A los 10 años, su padre la llevó a la escuela, pero antes la llenó de arte, historia y relatos.

En Venezuela se gestaba un concepto moderno de la educación. Lo artístico y lo académico entraron juntos al aula. “Coro, canto y ballet lo teníamos todos”, recuerda Henríquez.

Entró a estudiar Derecho mientras Venezuela atestiguaba la sangrienta represión y el cierre de la universidad. El dictador Marcos Pérez Jiménez era, gran paradoja, el mismo que ofrecía becas artísticas a París. Ella, parte de la primera generación de bailarines profesionales del país, se debatía: ¿cómo aceptar la ayuda económica de un represor? La tomó, pero sin firmar nada al régimen.

Viajó a París, Roma y Aviñón, y en la capital francesa —para ella “la medida de todas las cosas”— aprendió francés recitando a los grandes poetas, Baudelaire y Verlaine. Se unió a Les Danseurs de France y, de regreso en Caracas, acudió a la cárcel a recibir a sus amigos recién liberados.

Cuando volvió la democracia a Venezuela, ella partió de nuevo. México entró en su horizonte, después de Nueva York. Vino al País por Xavier Francis y se unió a su Nuevo Teatro de Danza. Pero en el Ballet Independiente, alentada por Raúl Flores Canelo, comenzó como coreógrafa, una vocación también estimulada por su trabajo con Anna Sokolow.

En Invenciones (1969), con música de Kabelác y el lenguaje de los sueños, aparecen por primera vez sus “pasos raros”. No se parecían en absoluto a lo que se acostumbraba entonces. Un grupo de personajes movía brazos y manos como si pintara, mientras otro, tirado en el piso, se retorcía como si soñara una pesadilla.

“Una persona X dijo: ‘Ay, ella hace pasos muy raros’. Pero es porque yo no estoy pensando en la técnica, sino en la vida. La vida me llevó a la danza”, recalca Henríquez, con el acento venezolano intacto.

Cuando su hija y colaboradora, Elisa Lipkau, historiadora y antropóloga visual, editó la autobiografía de su madre, no encontraron mejor título que ese: Pasos raros (2022).

Gymnopédies, un ejercicio de estilo con la partitura de Erik Satie, antecede a Mujeres, creada en el contexto de la lucha feminista en 1970, esta vez con percusión y trabajo vocal. La mujer ha sido un hilo conductor en buena parte de su obra.

Confía en la improvisación

“Los pasos que yo hago —o que yo hice, porque ya no hago nada— son lo que sale”, interviene la coreógrafa, exdirectora del Museo Universitario del Chopo.

Se interesó por la cultura popular latinoamericana como “defensa contra la penetración norteamericana”, escribe María Cristina Mendoza Bernal en La coreografía: Graciela Henríquez cuerpo / movimiento / pensamiento.

En Tropicanas (1980), por ejemplo, utilizó música y bailes populares, otra vez en desafío a las convenciones académicas, como reivindicación de la identidad latinoamericana.

Puente entre disciplinas

Una embolia vulneró su cuerpo y el habla, pero no le arrebató la memoria. “La edad es la edad”, dice Graciela Henríquez con sabiduría.

Se endereza con coquetería en el sillón de la sala para posar ante la cámara: también ha sido actriz. Se desnudó para interpretar a Ticha, una trabajadora sexual, en la película En este pueblo no hay ladrones, de Alberto Isaac. Luis Buñuel, su amigo, hacía de cura. El cineasta aragonés era parte del círculo artístico e intelectual al que se vinculó recién llegada a México, en agosto de 1962.

Se unió al elenco de La ópera del orden, de Alejandro Jodorowsky, y su transgresor teatro pánico. Ocho meses de ensayos terminaron de manera abrupta con la intervención de los granaderos, recaderos de la censura.

“Nos corrieron del teatro, no se llegó a estrenar. La censura en México era ¡terrible! Los periodistas de Excélsior y de Últimas Noticias dijeron que éramos actorcillos, actricillas cualquiera, porque Alejandro se metía con la religión, con todo”.

Quedó, sin embargo, una fotografía de Kati Horna de los involucrados, que sirvió de brújula a Henríquez para entrevistarlos décadas después: Vicente Rojo, Alberto Gironella, Lucero Isaac, Manuel Felguérez, Beatriz Sheridan y Roberto Colmenares, su paisano venezolano, y escribir Los años sesenta en la vida de El General Zuazua, su voluminosa tesis de doctorado en Antropología.

La interdisciplina se introdujo en el trabajo de Henríquez a través de la colaboración con su hija Elisa en performances como Presagios (1997), a partir de las ocho premoniciones de Moctezuma sobre la llegada de los españoles, y Visiones (1998), también sobre la Conquista.

Trabajos con danza, teatro, música en vivo, animación digital y proyecciones se presentaron en distintos puntos del Centro Histórico: el Templo Mayor, la calle de Licenciado Verdad y el exconvento de Santa Teresa.

“Me dediqué a hacer coreografía de acuerdo con mi propia vida”, repite Henríquez.

Etiquetas: bailarinaballetcoreógrafa

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