En el año 1916 Venustiano Carranza –quien tiempo después sería asesinado en Tlaxcalantongo— estaba a punto de firmar un tratado recíproco de colaboración, cooperación sin sumisión ni soberana cesión por el cual el ejército de los Estados Unidos podía penetrar en México durante cinco días a condición de que no entrara mucho, no más fuera poquito (60) kilómetros y con pocos soldados. Solo mil.
Como es su costumbre, una vez logrado el arreglo en principio, los estadunidenses abusaron y metieron cinco mil soldados y hasta aviones y blindados primitivos, a buscar a Pancho Villa porque el “bandolero divino” (le decía Santos Chocano al enemigo de Carranza) había atacado suelo americano en Columbus, Nuevo México. Con habilidades montunas el guerrillero se les escondió en un laberinto de túneles y cuevas.
Pero esa expedición, llamada punitiva, fue un ensayo para las acciones militares estadunidenses en la primera Guerra Mundial. Su comandante, el general John J. Pershing, lo fue también en los campos de Francia. También fue la primera incursión aérea de las fuerzas militares de los Estados Unidos en México.
De acuerdo con “Memoria política de México”, “al presidente norteamericano Wilson ya no le interesaba Villa sino quién podía controlar la mayor parte del país. El 19 de octubre de 1915 Wilson reconoció a Carranza como jefe de facto y Villa se sintió traicionado. Fue cuando planeó la campaña en Sonora para contrarrestar el embargo de armas y municiones, pues creía que así el contrabando sería más fácil y que si controlaba Chihuahua y Sonora, afectaría el apoyo a Carranza por ser esos lugares en donde había importantes inversiones norteamericanas.
“Pero la campaña fue un desastre porque Wilson permitió a Carranza que pasaran por su territorio cinco mil soldados. Cuando Villa se enteró, publicó un manifiesto denunciando una conjura en el que señalaba que el apoyo a Carranza incluía un préstamo de 500 millones de dólares y ocho indignas condiciones políticas y económicas”.
Ahora:
“En septiembre del año pasado en Colorado Springs, Colorado, las fuerzas armadas de México y Estados Unidos acordaron fortalecer sus mecanismos de intercambio de información, con el objetivo de enfrentar de manera conjunta los retos y oportunidades compartidos en materia de seguridad y defensa.
“La Secretaría de Marina (Semar) informó que del 10 al 13 de agosto se llevó a cabo la Sesión Ejecutiva de la Junta de Intercambio de Información (ISB), en la Base Peterson de la Fuerza Espacial de Estados Unidos. Al encuentro asistieron representantes de la Semar, de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y del Comando Norte de Estados Unidos…”
La inexacta y eufónica palabra para definir las circunstancias entre México y Estados Unidos es asimetría. Y no es así.
Son relaciones desiguales, injustas en las cuales una parte (tácita o explícitamente) se impone a la otra. A veces con buenos modales; ríspidamente en otras ocasiones, pero siempre bajo el peso (de ellos) sobre nuestra palpable inferioridad en todos sentidos. Patio trasero.
Y en lo militar esta diferencia es peor. Es comparar el indetectable Stealth con un papalote y una resortera con juna bomba atómica.
Hoy cuando la única palabra para explicar la presencia de un gran aerotransporte en medio de un clima de amenazas, es capacitación, nos debemos preguntar entre quiénes y cómo
Se nos dice, aprenden del Plan DN-III lo cual quiere decir palear lodazales, repartir cobijas o remover cascajo en un terremoto. Para eso no nos necesitan. Si en dos horas veinte “seals” pusieron de rodillas al Ejército de Venezuela, mataron a los mercenarios cubanos y secuestraron al presidente Maduro, no requieren capacitación por parte Agallón Mafafas.
“…su presencia (del Hércules) obedece a un vuelo autorizado por autoridades mexicanas relacionado con actividades de capacitación (Como Don Venustiano) … Estas operaciones se realizan conforme a los protocolos establecidos y en apego a los acuerdos de colaboración bilateral”.
¿Y esos acuerdos (15) no se podrían revisar o explicar en términos no riesgosos?





