Los frailes del Ordo Eremitarum Sancti Augustini gozan todavía de las bondades de su convento, esa exquisita filigrana de arquitectura que no es sino un sermón mudo labrado en la carne de la tierra. Al trasponer el umbral, el alma queda suspensa ante la cantera rosa, esa piedra que semeja haber hurtado su color a las mejillas de una virgen o a los arreboles de un crepúsculo eterno sobre el Bajío.
El patio se despliega ante la vista como una joya de filigrana que los siglos no han osado empañar. Las arquerías, en un desplante de barroquismo exuberante y sabio, son soportes de la techumbre y testigos mudos de la fe. Cada columna y cada capitel parecen haber sido heridos por el cincel con una furia sagrada, extrayendo de la dura roca formas que desafían la inercia del mineral.
Bajo el sol de media tarde, que en esta ciudad de violáceos atardeceres parece tener un pacto de gloria con la cantera, quien le observa se detiene a contemplar los pilares del claustro bajo, donde la piedra ha dejado de ser materia inerte para volverse espíritu.
Aquel labrado, lejos de ser caprichos del cincel, representan rostros y figuras que emergen del rubor pálido de la roca con una gestualidad tan veraz, tan humana y doliente, que el fraile ermitaño aguarda, con el aliento contenido, oírlos susurrar un avemaría entre las sombras que se alargan al crepúsculo.
Al alzar la vista, los arcos se curvan con la levedad de un suspiro contenido, enmarcando un cielo que se antoja de un azul más profundo al contrastar con la piedra rosada. En las enjutas, los rostros tallados parecen seguir los pasos del visitante; en sus ojos se libra una batalla entre la severidad del claustro y una dulzura mística nacida de este suelo.
Es un arte que se aparta de los cánones de reinos lejanos y ostenta con orgullo su sello criollo, ese mestizaje de manos indígenas y sueños europeos que en estas tierras alcanzó su plenitud ¿Qué buscaba? Ser la Ciudad de Dios.
La campana ha dado el punto en el reloj de sol: pasado el mediodía. En el resisterio de uno de los salones, la comunidad ermitaña espera con ansia al Prior Mayor, fraile de elegantes hechuras, para discutir las nuevas leyes que ordenan la inminente salida de sus sacros aposentos. ¿Se acatarán las órdenes? ¿Habrá resistencia? Las dudas asaltan los ánimos ante los aspectos más críticos de la ley.
El Fraile Prior y doce agustinos son ya los únicos habitantes de estos encierros. Duros días han vivido desde que se supo de la Ley de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos y la derrota del llamado “Mesías” José Tomás Mejía general conservador vencido por el liberal José María Arteaga el pasado once de noviembre. Este último, en su carácter de gobernador del estado, ha comenzado a hacer valer la Ley con rigor de hierro.
La reunión comenzó con los ejercicios de mediodía y la lectura del evangelio en latín. Una vez terminados, los doce agustinos observaron el semblante desencajado del Hermano Mayor, quien, tras el rezo, rompió en un llanto incontrolable. Solo acertaba a sollozar ante la pena que debía informar. —”Siento un gran dolor en mi corazón”— pensaba, mientras recorría los rostros de sus hermanos, algunos simples legos y otros aún en formación.
—Hermanos queridos, compañía de mi alma, hemos vivido tiempos de ánimo y lustre; el Espíritu Santo nos ha acompañado y Dios ha iluminado nuestros senderos. Pero ahora… ¡ya no puedo más! —Un golpe certero en la mesa sobresaltó a los presentes, quienes callaron esperando comprender tal pesadumbre. —He recibido —dijo mientras secaba sus lágrimas con el hábito— la orden explícita para abandonar nuestro convento, firmada por el gobernador Arteaga, con fecha fatal del doce de diciembre… —Alzó los ojos al cielo con gesto de frustración. —¡Dios ha puesto a prueba nuestra fe con esta lastimosa situación que, estoy seguro, no podré soportar! —Se desplomó en su silla, ocultando el rostro entre las palmas de sus arrugadas manos, con un sollozo que conmovió a todos quienes le miraban en el recinto.
—Hermano Mayor —dijo Fray Sebastián, el segundo Prior—, soltad las amarras de vuestro corazón y bebed hasta el fondo el cáliz de vuestro dolor. No dejéis espasmo alguno en el espíritu y luego, alejad cualquier asomo de duda. Caminemos con paso llano y decidamos qué habremos de tomar para nuestra partida—.
Un silencio sepulcral llenó el recinto, donde las luces de las velas proyectaban sombríos presagios. El convento, aunque poco habitado, era el corazón de la comunidad: allí se daban préstamos a comerciantes, dádivas a los necesitados, asilo a ancianos y cuidado a huérfanos. “¿Qué será de ellos?”, era el pensamiento que nublaba todas las mentes.
El fraile, tras desahogar el pecho y sentir el calor de sus hermanos, secó sus ojos y tomó lápiz y cuaderno para dictar la sentencia de su resistencia.
—Dejaremos diez monedas de oro a cada habitante de nuestras casas —indicó con voz firme—; a los trabajadores les entregaremos, por fortuna y trato, las llaves de las haciendas, ahora serán legítimos dueños. No permitiremos que el general pagano José María Arteaga y sus secuaces hereden el sudor de nuestra historia. Mañana mismo acudiremos ante el escribano para que la tierra pase a manos de nuestros protegidos. Pagaremos cada deuda y negaremos toda propiedad, dejando solo muros vacíos al paso de la Reforma.
Hizo una pausa y bajó la voz, como si las paredes ya tuvieran oídos: —En cuanto a los tesoros del Altísimo, no verán la luz del día. Los copones de plata y las custodias de pedrería serán envueltos en sedas y sepultados en el doble fondo de la cripta de los antiguos provinciales; sellaremos la piedra con mezcla fresca y ceniza para que parezca olvido de siglos. Los ornamentos y vasos sagrados bajarán al pozo del segundo claustro, suspendidos en cofres de zinc bajo el nivel del agua. Y las ropas santas… —su voz tembló un instante— que se entreguen al fuego. Que las llamas las devoren antes de que un cuerpo impío ose vestir los hilos que fueron consagrados—.
Los doce frailes, con el pulso agitado, anotaban con diligencia sus responsabilidades bajo la luz vacilante de los cirios.
En los dos días siguientes, todo quedó dispuesto. La sorpresa de los deudores fue mayúscula, aceptando entre lágrimas las benevolencias de los ermitaños agustinos. Los beneficiados con las haciendas no daban crédito a lo que veían. Fue un tiempo de febril afanamiento.
Al finalizar las entregas, incluyendo colegios y receptorías de haciendas, los locales comerciales que eran propiedad de la orden fueron donados legalmente a quienes los ocupaban, bajo escritura firme.
Llegado el doce de diciembre, los soldados del Cuarto Batallón de Infantería de Michoacán, al mando del capitán Ángeles Azuela, ingresaron al recinto con la orden de desalojo: “…con la ropa del día y simples morrales por utensilios”. El capitán fue tajante:
—Mis señores frailes, nos ahorrarán molestias si salen solo con lo puesto. No pueden llevar más que sus efectos personales. —Pero señor capitán, tenemos mucho que subir a la carreta; permitidnos algunos baúles de nuestro oficio… —¡He dicho que no, sus mercedes! Evítenme la pena de usar la violencia. O lo hacen por las buenas, o tendré que subir el tono —sentenció el militar—. Formen en orden y entreguen la lista de todos los habitantes para que no quede alma alguna dentro.
Se les vigiló con celo para que no sacaran más de lo permitido. El capitán ordenó un escrutinio riguroso por templos, locales y haciendas. Su sorpresa fue grande al descubrir que los religiosos, con astucia de zorros, habían traspasado las propiedades a civiles que no figuraban en los registros de la orden.
—Son astutos, frailes, muy astutos. No puedo probar que estas fincas sean de sus mercedes. Venimos por el templo, el convento y las haciendas, pero al ver que El Cañaveral, Carretas, Jurica, Casa Blanca y Caleras ya no les pertenecen, quedan excluidas… ¿Dónde están los demás? ¿Hay alguien oculto? —¡No, señor! Solo somos estos doce y el Hermano Prior —contestaron.
Formaron a los religiosos en las escalinatas, frente al portón del templo de hermosas tallas donde un Cristo de excelsa talla en cantera crucificado parecía ser testigo mudo de la injusticia. Ante los gritos de los vecinos que protestaban tras la valla de soldados, el Prior se dirigió al capitán:
—Hemos obedecido, capitán. Con el corazón desgarrado abandonamos este asilo de siglos. Pero os ruego, por caridad, que nos permitáis llevar estas barras de chocolate. No hacen mal a nadie y serán nuestro único sustento en el largo camino hacia México.
La multitud hizo eco de la súplica: —¡Andad, capitán, que un chocolate no es pecado! —El capitán, viendo que habían sido sumisos, accedió y permitió que las pesadas barras fueran subidas a la carreta.
Antes de partir, el fraile mayor se acercó al oficial: —En gratitud por vuestra benevolencia, aceptad esta barra que elaboramos con nuestras manos. Solo os pido que sea vuestra esposa quien lo prepare; os aseguro que tendréis una cena inolvidable. —El capitán guardó el presente en sus alforjas, en las ancas de su monta. Los ermitaños agustinos partieron hacia el cerro de la Cima, abandonando sus arcas: Templo y Convento, tal vez para nunca más regresar.
Esa noche, el capitán Ángeles Azuela entregó el chocolate a su mujer para que preparara el elixir. Él se acomodó en su sillón, se despojó de las botas y la chaquetilla, quedando en tirantes para leer, cuando un grito de su esposa lo sobresaltó:
—¡Viejo, corre! ¡Ven pronto! El capitán, temiendo un incendio en el fogón, acudió presuroso. Su mujer le mostró el contenido de las barras. El militar, con las manos en la cintura y el cigarro en los labios, miró hacia el cerro de la Cima desde su ventana y soltó una carcajada estrepitosa: —¡Reaccionarios agustinos! Son unos astutos — ¡Cada barra de chocolate guardaba en su centro un delgado lingote de oro! La esposa no atinaba sino a tirarse de los cabellos ante tal prodigio.
Camino a San Luis Rey del Potosí, a dos leguas de Querétaro.
Un escuadrón de caballería dio alcance a una carreta sospechosa de transportar valores no declarados. —¡Bajen todos! —ordenó el sargento con voz de trueno. Inspeccionaron la carga bajo la lona. —¿Qué llevan aquí? —Dulces, chocolates y mieles —respondió uno de los conductores. —¡De prisa, probadlo todo! ¡Revisad hasta el fondo! —Esperad —advirtió el cochero y responsable—, son productos ya pagados que llevamos al Potosí. No los mancillen, que son delicados. —¡Confisquen todo! —rugió el sargento, ante la sospecha de lo dicho.
Los conductores fueron capturados y llevados a la comisaría improvisada, cerca del camino. Al informar al capitán, el sargento dijo henchido de orgullo: —Señor, tenemos la carreta de los agustinos de Querétaro. No hemos tocado nada—.
El capitán, tras abrir los envases y probar el contenido, sentenció con desprecio: —¡Atajo de idiotas! Esto es una carga de dulces cubiertos y mieles. Nosotros buscamos barras de chocolate. ¿Entienden? Barras de chocolate… Pendejos—.
Cuartel improvisado de aduana republicana, camino Real, ese mismo día.
El Capitán Sóstenes Antípides, encargado del retén arrojó la cuchara de plata sobre la mesa de madera tosca, produciendo un tintineo que hirvió como una bofetada en el silencio de la sala. El sargento, cuya postura erguida parecía haber perdido varios centímetros de estatura en un segundo, mantuvo la vista fija en un punto infinito de la pared de adobe —Pero mi capitán —balbuceó el sargento, sintiendo cómo el sudor le corría por la nuca—, el informe de los confidentes era claro. Dijeron que los agustinos sacaban el tesoro del convento disfrazado de vituallas… —¡Los confidentes hablaban de contrabando de oro, no de almíbar! —rugió el capitán, poniéndose en pie—. El oro de los ermitaños se funde en barras, sargento. Barras que pesan, que brillan, que no se pegan a los dientes. Lo que usted ha capturado es el postre de media provincia de San Luis Potosí, aquí está el pedido: “De: Dulcería El Pavor Real. Destino: Casa del Intendente, San Luis Potosí.”
Afuera, el sol de la tarde caía a plomo sobre el camino real. Los jinetes del escuadrón, que poco antes celebraban el botín imaginado, ahora evitaban la mirada de los conductores. El cochero de la dulcería El Pavor Real, un hombre curtido por el polvo de los caminos y la paciencia de los años, se ajustó el sombrero con una parsimonia que rayaba en la insolencia —Se lo advertí, señor oficial —dijo el cochero desde el umbral, con una voz suave pero cargada de veneno— Esas mieles son para la mesa del Intendente. Si el calor las echa a perder por estar aquí detenidas, no seré yo quien dé las explicaciones en la capital—.
El capitán palideció ligeramente. En estos tiempos de Reformas, un error táctico era perdonable, pero arruinarle el agasajo a un superior era una sentencia de muerte para cualquier carrera militar. Miró con asco sus dedos manchados de dulce de higo y luego al sargento, que seguía estático como una estatua de sal.
—¡Llévense esta basura de aquí! —ordenó el capitán, limpiándose las manos violentamente en el faldón de su casaca—. Devuélvanles sus mulas, aseguren la carga y escolten esa carreta hasta que salgan de mi jurisdicción. Y si falta un solo confite, sargento, le juro por la Virgen del Pueblito que usted mismo lo pagará con su sueldo de tres meses —¿Y los detenidos, mi capitán? —preguntó un cabo desde el fondo —¡Suéltenlos! —gritó el oficial, hundiendo la cabeza entre las manos—. Y que no vuelva a ver un dulce en esta comisaría mientras yo esté al mando. ¡Fuera de aquí! —.
Los soldados se apresuraron a cumplir las órdenes, atropellándose entre sí para enganchar de nuevo a las bestias. Mientras la carreta retomaba su lento rechinar hacia el norte, el cochero intercambió una mirada fugaz con su compañero. Bajo los barriles de miel y las cajas de dulces cubiertos, en un doble fondo que el sargento no se atrevió a buscar por no ensuciarse los galones, el verdadero chocolate de los agustinos —pesado, grisáceo y fundido en lingotes de oro— seguía su camino hacia el puerto, intacto y silencioso.
El dulcero había sido cómplice de los ermitaños agustinos.
Continuará…






