Aunos sesenta metros del edificio en que vivimos, aprovechando un crucero altamente frecuentado se presenta de lunes a viernes un hombre, aproximadamente sesentón, al que le falta una pierna. Se dedica a mendigar agresivamente, golpeando a veces con sus nudillos los cristales del auto que espera el cambio de luces, de diez de la mañana a dos de la tarde.
Los jóvenes que se encargan del OXXO correspondiente a esa esquina, y en donde yo hago las compras menores, me cuentan que el méndigo mendigo cada tarde acude a ese estanquillo para convertir las monedas de la jornada por billetes. Nunca se lleva, me cuentan, menos de mil doscientos pesos y unas cervezas. Nada despreciable salario por un turno de cuatro horas, semana inglesa, diría Leduc.
Por la misma avenida, un kilómetro adelante y en otro crucero de alta frecuencia, una viejecita enjuta y vestida de harapos hace lo mismo que el cojo, aunque con menos agresividad. Cuando hay futbol se pone la camiseta de los Tigres; en su defecto, la de los Rayados.Este mes fue chaqueta y gorro de Santa.
Por ahí de la primera semana de diciembre, mientras esperaba el cambio de semáforo, yo vi como un joven ayudaba a la mujer a levantarse, y del brazo la acompañaba a un estacionamiento cercano. A unos pasos, la señora soltó el bastón en que se apoyaba, y sin ayuda subió a la parte trasera de una camioneta -como dicen los malos reporteros de hoy, de alto rango- y de color gris. Con chofer, desde luego.
Todos coincidimos en que la mendicidad es una consecuencia lógica de la injusticia social. Según datos de la ONU y el Banco Mundial 808 millones de humanos, esto es casi el diez por ciento de todos los que somos, vive en pobreza extrema. Eso quiere decir que al día tiene menos de tres dólares americanos para todas sus necesidades. Pobres, se considera a mil cien millones de seres humanos.
En México, el INEGI dice que 5 millones y cuarto de mexicanos entre tres y 29 años de vida, no se inscribieron al ciclo escolar reciente.El 70 por ciento de ellos no estudió, porque tenía que aportar algo de dinero a la familia. Aparentemente la mendicidad y el delito son opciones.Y eso explica mucho del incremento de la delincuencia juvenil y la explotación de niños pidiendo limosna en las esquinas en todo el país. También el fenómeno de la anciana con chofer y el cojo cervecero.
Damos limosna como una manifestación de la más interna de las culpas: yo tengo más que tú y debo compartir contigo algo.
El dilema moral se tambalea cuando se me acerca un mozalbete en sus treinta primaveras, bien dotado de musculatura, y me pide una dádiva. Lo que a mí nadie me da.Y si le sugiero que por qué no busca un trabajo, sonríe y se aleja. Que Dios se lo pague.
PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Es un proceso lento, pero inflexible. La realidad siempre se resistirá al ocultamiento.
Las grandes mentiras del papá de Andy como presidente (el escapulario y la jaculatoria contra el COVID como remedio, la gasolina a diez pesos el litro, el sistema de salud mejor del mundo, la demolición del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México por una corrupción que nunca se documentó, la superfarmacia con TODAS las medicinas del mundo, la derrota del huachicol, el respeto a la cultura maya y su entorno ecológico para realizar un capricho caro), todo va emergiendo como doloroso memento.
El más reciente es el descarrilamiento del tren transísmico, un viejo sueño nacido en el porfiriato y que sólo pudo ser -a toda prisa y a todo coste- con el papá de Andy.14 muertos y decenas de heridos graves. Treinta mil pesos de apoyo a los deudos, con la promesa de que viene más.
Sin duda se encontrará al maquinista que tomó una curva peligrosa a velocidad excesiva, y él tendrá la culpa. Nadie revisará la denuncia, que no me consta, de que los vagones y las máquinas fueron comprados en yonques ingleses y americanos; un yonque es un deshuesadero de vehículos que ya no sirven para nada.
Mucho menos se va a revisar el balasto de la vía. El balasto es esas piedras que arropan y dan firmeza, cuando son suficientes y de calidad, a los durmientes, que sostienen los rieles, por donde rápido corren los carros cargados de azúcar del ferrocarril.






