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Epílogo del Cuento de Navidad

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
2 enero, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
8
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El invierno de 1807 no se marchó con las últimas luces de la Epifanía. Se quedó prendido en los aleros de las casonas, en el vaho que expulsaban los caballos de los Dragones de la Reina y, sobre todo, en el silencio sepulcral que emanaba de la esquina de la gran muralla franciscana. La Muy Noble y Leal Ciudad de Querétaro, esa “Puerta de la Abundancia” que presumía de sus atardeceres violáceos y sus fuentes generosas, parecía haber despertado de un sueño de tres siglos para descubrir que sus cimientos no solo eran de cal y canto, estaban hechos también de barro y sacrificio.

Las grietas en el túnel de San Francisco fueron selladas con una rapidez que rayaba en la culpabilidad. El Cabildo, temeroso de que la tragedia recordara a los peninsulares la fragilidad de su dominio, ordenó que el lodo fuera removido y los arcos reforzados con cantera nueva. Sin embargo, para Doña Josefa Ortiz de Domínguez, ninguna mezcla de arena y cal podía resanar la fractura que se había abierto en su espíritu. Ella, que había visto emerger de las entrañas de la tierra a los niños pames —pálidos como espectros, con los pulmones heridos por el frío y el polvo—, ya no podía mirar los candelabros de Baviera de su salón sin ver en sus destellos la oscuridad del pasadizo.

En el Real Convento de Santa Clara de Jesús, la atmósfera de la Nochebuena se prolongó durante meses. La enfermería, saturada con el aroma de la cera de abeja, los ungüentos de gordolobo y el chocolate espumoso, se convirtió en un microcosmos donde la jerarquía del Virreinato se desvaneció por un instante. Allí, las monjas clarisas —aquellas mujeres de velo negro que habían sido sepultadas en vida por dotes y tradiciones absurdas— encontraron una redención inesperada.

Sor María Cristina y las demás jóvenes religiosas, cuyas vidas habían sido decididas por el orden de matrimonio de sus hermanas menores, descubrieron que su maternidad no había sido castrada, fue simplemente desplazada. Al acunar a los pequeños Juan Cancio, Gregorio y los otros huérfanos del derrumbe, sus lágrimas ya no eran de autocompasión, emanaban de una ternura que desafiaba los reglamentos del claustro. El “mal del pecho” de los niños fue cediendo ante el calor de las mantas de lana y el cuidado de manos que, por primera vez en décadas, tocaban la carne viva del mundo exterior.

El oro de los retablos de Santa Clara, tallado por los pinceles de Cabrera e Ibarra, parecía brillar con una luz distinta. Ya no era un oro que gritaba opulencia para humillar al siervo, es ahora un reflejo del fuego sagrado que Doña Josefa y la Abadesa habían encendido al enfrentar al Regidor Terreros. Se decía en los mercados que, desde aquella noche, las estatuas de los ángeles en el templo tenían rostros que se asemejaban sospechosamente a los niños del barrio de San Gregorio.

Pero más allá de la caridad, la conclusión de aquel invierno fue política. En la casona de la calle del Biombo, las reuniones sociales de la familia Domínguez sufrieron una metamorfosis sutil pero irreversible. El Corregidor, Don Miguel Ramón, seguía siendo el hombre de modales duros y cumplimiento implacable ante los ojos del Virrey Iturrigaray, pero algo en su mirada se había suavizado frente a la determinación de su esposa. El choque con el Cabildo y la altivez de los peninsulares —quienes preferían azotar a la servidumbre antes que socorrerla— habían sido la gota que derramó el vino de la lealtad.

El Capitán Ignacio Allende, antes de partir hacia su natal San Miguel el Grande, pasó una última tarde en el cuarto de té de los Domínguez. Ya no se hablaba de los jamones de Alemania ni de las galas de la Navidad. Allende, con la mano firme sobre el pomo de su sable, y Josefa, con la inteligencia brillando en sus ojos negros, trazaron en el aire un mapa que no figuraba en las ordenanzas del Rey. Aquel derrumbe les había enseñado que la tierra mexicana estaba cansada de sostener un peso que no le pertenecía.

—Capitán —había dicho Josefa, mientras servía una sidra que parecía tener el color del fuego—, los pasadizos que hoy usamos para esconder a los heridos serán mañana los caminos por donde corra la libertad. Si ellos nos obligan a caminar por las sombras, haremos que las sombras los devoren. Ignacio Pérez, el Alcaide con su manojo de llaves, asentía en silencio. Él, que guardaba las puertas de la cárcel, sabía ahora que las verdaderas prisiones no eran de piedra, se construían de indiferencia.

Mientras tanto, en el barrio de San Gregorio, el dolor por los padres fallecidos en el túnel se transformó en una devoción silenciosa hacia la “Señora de la Casona”. Los pames, jonaces y chichimecas, que antes bajaban la cabeza ante cualquier peninsular, ahora guardaban un secreto compartido. Los túneles, reconstruidos y patrullados discretamente por los Dragones de la Reina, se convirtieron en las venas de una insurgencia que aún no tenía nombre, aunque ya tenía corazón.

Bajo el empedrado, en esos pasadizos que conectaban casonas, templos y conciencias, el aire ya no olía a humedad y muerte. Olía a pólvora, a papel sellado con mensajes secretos y al perfume de los lirios de Santa Clara. Doña Josefa miraba por su ventana hacia el Cerro de las Campanas y sonreía. Sabía que el milagro de aquella Navidad de 1807 no había sido la supervivencia de quince niños, fue el nacimiento de una nación que estaba a punto de reclamar su lugar bajo el sol.

En la gran Intendencia de Querétaro, el Síndico Procurador José Prior de Gallardas, junto con el consejo de regidores, tomó una decisión radical: ¡Inundar los túneles de tierra! Con ello pretendían sellar el porvenir de la ciudad. —Haremos que nunca jamás se vuelva a hablar de ellos —sentenció el Regidor Mayor Terreros—. Dejaremos evidencia suficiente para que nadie los mencione; serán para los queretanos simples murmullos, leyendas, tradiciones sin comprobar que no se volverán a nombrar. Un murmullo de asombro recorrió la sala. —¡Qué desatino es el que decís! —increpó Prior de Gallardas mientras se ajustaba su chaquetón de terciopelo guinda—. Mirad que los peninsulares no admitirán tal decisión. Son la Orden de la Muy Noble y Leal Ciudad, y su voz es ordenanza misma, como si fuera el propio Rey Carlos IV. No habrá nada que hacer ante ellos.

Terreros, imperturbable, respondió al silencio: —Es imperativo reconocer el dilema: si clausuramos estos pasadizos, ¿por qué senderos transitará la servidumbre, los albañiles y los artesanos que sostienen nuestra opulencia? Bien sabemos que los peninsulares no toleran la cercanía de la “indiada” en sus calles, y la ciudad está en tal agitación que añadir más agravios sería imprudente. —Que sea, pues, la Orden la que determine el destino de estas sendas —concluyó la mesa—. Nosotros nos limitaremos a exponer los beneficios de clausurar unos túneles que, en mala hora, fueron concebidos.

Se resolvió formar una comitiva para tapiar los accesos, pero un obstáculo legal se interponía: solo el Corregidor, Don Miguel Domínguez, poseía la facultad de autorizar tal comisión. El acuerdo no fue dictado por la logística, surgió del miedo. Al tapiar los pasadizos, los regidores no buscaban prevenir derrumbes, pretendían sofocar el rumor de la libertad que corría con más fuerza que el agua del acueducto. Para la nobleza, los túneles habían dejado de ser una solución para ocultar a la servidumbre y se habían convertido en las venas de una conspiración. Bajo sus pies, mientras ellos brindaban con vinos de Castilla, los “hombres sin linaje” compartían noticias de las guerras europeas y anhelos de autonomía.

Sin embargo, la historia demostraría que el silencio de las piedras no detiene el fuego del espíritu. Don Miguel Domínguez, al recibir la encomienda, se encontró ante el dilema que marcaría el destino de la Nueva España. Mientras los regidores celebraban el sellado de las puertas bajo San Francisco, conventos, casonas, parroquias y cerros no advirtieron que Doña Josefa ya había trazado otras rutas: las de los mensajes ocultos en los pliegues de los rebozos.

El año de 1807 cerró su ciclo, pero el eco del derrumbe permaneció como un recordatorio. Querétaro había comprendido que su destino no se escribía en los salones de la Ciudad de México, residía en la valentía de quienes se atrevieron a abrir los portones del convento para salvar a un niño.

Casa del Corregidor, Julio de 1809.

La tertulia se desarrollaba bajo el honor de la literatura. Se leían poemas y obras prohibidas que llegaban de Europa en arcones de ropa para burlar la aduana. Entre risas, los invitados gozaban de una noche amena: Josefa, el Corregidor, el Alcaide Ignacio Pérez, el Capitán Allende y el más animado de todos: el Cura de Dolores, Don Miguel Hidalgo, quien con su guitarra y versos picantes contra el Virrey convertía la noche en un festín.

Cuando las copas sobrepasaron la lucidez, Doña Josefa, llena de un fervor de libertad, hizo la confesión directa. Golpeó su copa con su argolla matrimonial para pedir atención. —Señores, atended —dijo con voz firme—. Deseo mostrarles, con la venia de mi esposo, un secreto que hemos guardado con entereza. El silencio en el despacho de la calle del Biombo se volvió denso, casi tangible. Doña Josefa, con un movimiento grácil pero cargado de autoridad, asió los extremos del pesado lienzo de lino que cubría la mesa central. Al retirarlo, la luz de los candelabros de plata danzó sobre una estructura que dejó mudos a los presentes. No era un simple dibujo; se trataba de una réplica exacta de Querétaro, una ciudad de miniatura construida con madera de cedro, arcilla policromada y una inteligencia que rayaba en lo profético.

—Contemplen, señores —anunció Josefa. Allende se inclinó, atrapado por el magnetismo de la madera tallada—. El Cabildo creyó que el lodo y la cal bastarían para enterrar nuestro espíritu. Ignoran que el hambre de libertad no se asfixia; se hace subterránea. La maqueta mostraba las torres de Santa Clara y la cúpula de San Francisco con una fidelidad asombrosa. Sin embargo, el verdadero tesoro yacía en lo que se vislumbraba a través de las secciones de cristal que el Corregidor había incrustado en el relieve. Bajo las calles empedradas, una red de filamentos de seda azul y roja serpenteaba como el sistema circulatorio de un gigante dormido.

—El ingenio de mi esposo ha ido más allá de la obediencia —continuó Josefa, señalando con un estilete de plata una línea azul que nacía en las caballerizas de su propia casa—. Los regidores ordenaron el cierre de las arterias principales, a pesar de ello nosotros hemos conservado los capilares. Estas sendas azules son caminos; conectan nuestras bodegas con los barrios de indios y las salidas hacia el Cerro de las Campanas. Es por aquí donde las armas de San Miguel entrarán a la ciudad, lejos de las miradas de los centinelas.

El Cura Hidalgo, dejando de lado su guitarra, ajustó sus anteojos para observar el prodigio. Sus ojos, acostumbrados a la teología y la viticultura, brillaron al comprender la magnitud del engaño. Las líneas rojas, por el contrario, eran hilos de vigilancia. Josefa los había trazado con una precisión quirúrgica: terminaban justo en los cimientos de las casonas de los peninsulares más poderosos. Eran canales de resonancia, puntos de escucha donde un oído atento podía capturar las órdenes de los regidores antes de que fueran proclamadas en el bando público. —Ellos nos obligaron a vivir en la sombra —sentenció el Corregidor Domínguez, cuya mano reposaba sobre el hombro de su esposa—. Nosotros hemos convertido esa sombra en nuestro mejor aliado. Mientras ellos brindan en sus salones, nosotros caminamos bajo sus pies.

La maqueta era un desafío al orden establecido. Representaba la transición de una caridad silenciosa —aquella que salvó a los niños pames en el invierno de 1807— a una estrategia de guerra total. Los pasadizos que antes olían a humedad y muerte, ahora estaban impregnados de la esperanza del papel sellado y el metal de los fusiles. —Los hermanos González, Epigmenio y Emeterio, han convertido su taller en un sagrario de insurgencia —declaró el Corregidor Domínguez, cuya mirada reflejaba la gravedad del compromiso—. Bajo las prensas y los mostradores de su tienda de abarrotes, la tierra ha sido removida para dar paso a lo que el virreinato más teme: la voluntad armada.

Ignacio Allende se acercó, sus dedos enguantados rozaron la madera tallada que representaba la ruta secreta. El plan era de una audacia temeraria. Los túneles que Josefa había cartografiado con minucia servían ahora de arterias invisibles. Por ellas, los cargamentos de pólvora y los fusiles desmontados debían viajar desde las casonas de la nobleza criolla hasta el sótano de los González.

—Es un riesgo absoluto —susurró el Alcaide Ignacio Pérez, apretando el manojo de llaves en su cinturón—. Si una sola patrulla de los Dragones sospecha del tráfico nocturno bajo el empedrado, la soga será el único destino para esos jóvenes. —El miedo es un lujo que la patria ha dejado de permitirnos, Alcaide —replicó Josefa con una gallardía que heló la sangre de los presentes—. Epigmenio conoce el precio. Él mismo ha supervisado el descenso de las cajas. Esos pasadizos que el Cabildo cree sellados son hoy el vientre de una revolución. Allí, entre los muros de cal y la oscuridad absoluta, se guardan los sueños de una nación que ya no reconoce amo.

La tensión alcanzó su punto álgido cuando el Cura Hidalgo extendió su mano sobre la maqueta, bendiciendo con un gesto silencioso el trayecto hacia la casa de los González. Sabían que, en ese preciso instante, bajo la superficie de la Muy Noble y Leal Ciudad, hombres de confianza trasladaban el cargamento. Cada golpe de mazo en la superficie, cada trote de caballo oficial sobre las calles, resonaba en las profundidades como un trueno de advertencia.

—Si el destino decide que seamos descubiertos —sentenció Allende, con la mano firme sobre el pomo de su sable—, que nos encuentren con el acero en la mano. Pero mientras esta maqueta sea nuestro secreto, el arsenal de Epigmenio seguirá creciendo en el silencio de las raíces. Querétaro es hoy un polvorín disfrazado de convento.

La reunión se disolvió con la urgencia de los conjurados. Afuera, la noche seguía siendo cómplice. Los hermanos González, en su taller, escuchaban los rasguños rítmicos contra las piedras del sótano: era la señal de que un nuevo envío de libertad acababa de arribar por las venas azules de la Corregidora.

Etiquetas: inviernonavidadSan Francisco

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