Tercera Parte
El 25 de noviembre se institucionalizó a nivel mundial para la Eliminación de la violencia hacia las mujeres y en recuerdo de las hermanas Mirabal torturadas y asesinadas por el sanguinario dictador Leónidas Trujillo en República Dominicana. Y así como aquel mal alma lo hizo con ellas sólo por haber desoído sus pretensiones libidinosas de las que gozaba fama, la violencia hacia las mujeres se perpetra impune y diariamente desde hace siglos, en los últimos tiempos se ha hecho más visible por su contundente fuerza, invención y cuantificación de nuevas formas de torturas físicas, psicológicas y patrimoniales.
La violencia hacia las mujeres ha sido parte de la mayoría de las culturas. En tiempos inmemoriales, tiempos de nuestras abuelas, ellas tuvieron aquel pensamiento de que la violencia era la cruz con que debían transitar por este mundo y aceptarla resignadamente. La violencia física, que practicaban como deporte muchos hombres, se veía como una cuestión de la naturaleza del género masculino y se aceptaba amablemente y sin chistar. Si un marido no golpeaba a su mujer, no era hombre, y debía caumplir con este código como ocurre aun en algunas comunidades rurales pequeñas y alejadas.
La vulnerabilidad del género femenino ha sido inherente a la maternidad dado que un crío es un ser dependiente de la madre, condición de todas las especies incluida la humana, cuya conducta de la progenitora es la protección de su crío o cría. Dicha condición ha empujado a pensar que las mujeres son débiles no obstante que, es la maternidad la que otorga una fuerza envidiable, lo que es muestra en muchos casos conocidos de violencia vicaria como el que narra Tamara Trottner, en su biografía familiar llevada a la exitosa serie Nadie nos vio partir (2024).
En esta ocasión quisiera recordar que la violencia hacia las mujeres tiene múltiples formas que no siempre son visibles como la violencia física de la que, era un secreto a voces que se comentaba en el mundo de la cultura del México de los 40, que el célebre muralista oaxaqueño Rufino Tamayo ejercía contra Olga su mujer, una excelente cocinera. Lo mismo dicen muchos allegados de un malhadado expresidente de quien se dice se aplicaba en la violencia hacia su también famosa mujer. El físico matemático Albert Einstein tuvo en su primera esposa, Mileva Marc una gran aliada, estudiosa de la física que le proporcionó en sus muchos debates, múltiples claves para su Teoría de la Relatividad sin embargo, no le permitió regresar a sus investigaciones y jamás reconoció todo lo que ella le había aportado.
En realidad, un grupo de hombres muy “hombres” con gran reconocimiento profesional y social se encuentran en ese grupo de violentos famosos como la violencia psicológica que ejerció el pintor Pablo Picasso con todas sus mujeres, todas ellas bellas, jóvenes e inteligentes pero insoportables para él, quien las maltrataba hasta cansarlas y empujarlas a huir como tuvieron que hacerlo Françoise Gilot y sus hijos después de años de maltrato.
La violencia física y la envidia hacia su esposa Elena Garro, hicieron de Octavio Paz un monstruo que describe ampliamente Helena Paz Garro en sus Memorias, como prohibirle durante años que Garro publicara su novela Recuerdos del Porvenir y en cuanto a la violencia patrimonial, nunca entregó la herencia de Josefa Lozano a su nieta Helena.
Una velada forma de violencia son los chiflidos de arriero con que el expresidente Fox llamaba a su esposa pues esas son formas usuales para llamar a los animales. En los anales de la política de nuestro país se acumulan múltiples casos en los que la corrupción de autoridades le ha dado a funcionarios y políticos oportunidad de violentar a madres e hijos secuestrando o negando el pago de pensión. El más conocido en la Toluca de los noventa, fue el secuestro de la hija de Cecilia C. y un funcionario universitario durante tres años en los que la niña fue retenida en el rancho de sus abuelos paternos en el sur del Estado de México.
Varios nombres de políticos tengo en esa lista negra que todavía cuentan con el apoyo de partidos de todas las corrientes ideológicas porque es evidente que la modernidad no ha cambiado sus maneras de pensar en el siglo XXI, ni las redes sociales nos han hecho un favor en este sentido pues no están exentas de ese ejercicio; la Ley Olimpia es una muestra de la necesidad de proteger la intimidad de las personas víctimas de violencia, y al mismo tiempo poner en relieve la revictimización que sufren muchas mujeres al presentarse a hacer una denuncia frente a una autoridad insensible e ignorante, que todavía no entiende que las mujeres no pueden ser botines y ni rehenes de la violencia como lo han sido en conflictos provocados por guerras, luchas de poder, conductas machistas, frustraciones y complejidades internas del género masculino de las cuales las mujeres no somos culpables, pero si una mujer se deja golpear por su marido y su hijo es testigo, ¡qué gran lección de aprendizaje de la violencia le está dando!





