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Guardián de la biodiversidad

Carlos Velazco Macías, biólogo

por Reforma
27 noviembre, 2025
en aQROpolis
Guardián de la biodiversidad

Carlos Velazco Macías ha utilizado sus conocimientos para impulsar la conservación de espacios naturales amenazados, como el Río Santa Catarina y La Huasteca.

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Dalia Gutiérrez

Apenas se sienta sobre el césped para conversar, el biólogo Carlos Velazco Macías se distrae al ver una planta a su lado.

“Es una maracuyá silvestre”, expresa animado. Luego menciona su nombre científico, brinda algunas características y toma una foto con su celular.

No pasa mucho tiempo antes de que divise un pequeño animal entre las hojas e indique que se trata de un gusano medidor, clave para el equilibrio del ecosistema. Lo mismo hace con un insecto palo que se camufla entre las ramas y con un arbusto de la región.

En un parque donde pareciera no haber más que pasto, Carlos encuentra un universo de flora y fauna.

“Me gusta la biodiversidad”, dice el biólogo bajo la sombra de un árbol.

“Yo puedo estar viendo y decir: ‘Aquí está un liquen’, ‘ahí va una hormiguita’, ‘mira otra hierbita’. Y esa curiosidad te va abriendo puertas”.

Dicen quienes lo conocen que pocos tienen un conocimiento tan detallado sobre la biodiversidad de Nuevo León como el que tiene Carlos. Y que no cualquier científico está dispuesto a compartir lo que sabe sin otro interés más que darlo a conocer para proteger los ecosistemas. Él es de los pocos.

Por casi 30 años ha documentado la biodiversidad del estado y ayudado a otros investigadores del mundo a hacer lo propio en sus comunidades, labor que ha sido reconocida por National Geographic. Una parte de su trabajo está plasmada en artículos científicos y libros como Cactáceas de Nuevo León y Helechos de Nuevo León.

También ha utilizado sus conocimientos para impulsar la conservación de espacios naturales amenazados, como el Río Santa Catarina y La Huasteca.

“En el conocimiento de la biodiversidad de Nuevo León, es uno de los científicos en la historia reciente del estado que tiene un aporte fundamental”, indica el biólogo y activista Antonio Hernández, quien conoce a Carlos desde hace casi tres décadas.

“Su conocimiento es fundamental y la base para la defensa y resistencia de proyectos que quieren afectar estos lugares que nosotros decimos que se deben cuidar”.

I

Entre las memorias de su infancia, Carlos atesora las caminatas en los cerros de Zacatecas, donde nació su madre, María Auxilio Macías. Desde entonces sentía un interés por las plantas que observaba a su alrededor, en especial las cactáceas.

También recuerda que su padre, José Gerardo Velazco, les compraba enciclopedias sobre ciencia y animales.

“Papá y mamá siempre nos inculcaron el amor por la naturaleza”, comparte el biólogo, nacido en Monterrey el 18 de marzo de 1976.

Como muchos niños, quiso ser paleontólogo, sobre todo tras visitar el Museo de Ciencias Naturales de Houston, donde observaba dinosaurios, fósiles, minerales y rocas.

De adolescente descubrió la biología y en 1993 se inscribió en la Facultad de Ciencias Biológicas de la UANL.

“Imagínate profundizar en cosas que te gustaban desde pequeño”, exclama con emoción.

“Descubrir desde lo microscópico a nivel molecular, como las bioquímicas, y luego ir escalando hasta los organismos como bacterias, hongos, algas, plantas”.

El científico destaca que era una época sin internet, por lo que acceder a bancos de información o imágenes detalladas era casi imposible. La mayoría eran fotocopias.

Pero para Carlos fue como un sueño hecho realidad adentrarse en este mundo y desde el inicio mostró una gran habilidad para memorizar los nombres de las especies.

“Un maestro bromeaba mucho y a las personas que éramos muy nerds nos decía chichimoco, que es una ardillita de tierra”, ríe.

“Me decía: ‘Es que tú eres bien chichimoco’, porque me sabía los nombres de las plantas”.

Hacia finales de la carrera tuvo más claro su interés en las cactáceas, por lo que decidió enfocar su tesis en este grupo de plantas en una zona de la carretera a Saltillo.

También por eso aceptó la invitación de ser guía en el recién inaugurado jardín botánico La Yuca, de Bioparque Estrella, aún existente.

“Era muy bonito porque tenían cactáceas, suculentas, plantas de la región”, recuerda.

Ya egresado, fue responsable de la Reserva El Plomito, una zona natural protegida en Sonora que alberga una población importante del borrego cimarrón y es gestionada por la asociación Ovis. Estuvo allí de 1999 a 2001.

Lo primero que hizo con su sueldo, cuenta, fue ir a la Pulga de Lincoln para comprarse una cámara Canon A1 usada.

“Y me puse a tomar fotografías con mi primera cámara”, recuerda. “Le tomaba a todo lo que se movía”.

Aunque no lo tenía claro como hoy, desde entonces sentía una necesidad por descubrir lo que habita a su alrededor y darlo a conocer.

Sería hasta su llegada a instancias gubernamentales, donde trabajó de 2001 a 2016 en diversas áreas naturales protegidas, cuando vio la urgencia de documentar la biodiversidad. En particular las plantas de la región, que —dice Carlos— habían estado olvidadas.

“La flora de Nuevo León por muchos años fue solamente una lista de nombres. Ni siquiera dibujos tenían”, indica. “Algo me decía: ‘Tómale fotos’, ‘dale rostro’”.

Echando mano de disquetes a los que les cabían, cuando mucho, ocho fotografías, abrió una página de Flickr e inició su banco de imágenes.

Los primeros comentarios de colegas fueron críticas: “¿Por qué lo pones en internet? Te las van a robar”, le decían.

Él respondía: “Las estoy poniendo ahí para que alguien las use y las conozca. Es para un bien mayor”.

II

Es tal la habilidad de Carlos para identificar especies que, aquel día de 2001 en que un colega llegó con una cactácea en las manos, supo que estaba ante un tesoro.

“Inmediatamente reconocí que era algo que nadie había visto en el planeta”, relata entusiasmado, como si hubiera sido ayer.

Junto con el biólogo Manuel Nevares vivió la experiencia de su primera descripción, proceso científico que detalla características de un organismo recién descubierto. Y no fue solo una especie nueva, sino algo mucho más grande: un género nuevo, al que nombraron Digitostigma.

Aquel fue el inicio de una serie de nuevas especies de flora y fauna que ha descrito en estos años, tanto de forma individual como en equipo con otros investigadores.

Entre ellas destaca Aztekium valdezii, una cactácea descubierta por el biólogo Mario Alberto Valdez, quien invitó a Carlos a participar como coautor en la descripción.

“Son plantas que viven en ambientes muy hostiles. Me siento identificado porque Aztekium representa esa identidad de ir contra la adversidad”, comparte el doctor en Ciencias Biológicas con acentuación en Manejo y Administración de Recursos Vegetales por la UANL.

De hecho, dentro de la comunidad se le conoce como Carlos “Aztekium”. Así se nombra él mismo en iNaturalist, una plataforma digital y global de ciencia ciudadana en la que cualquiera puede subir fotos para ayudar a documentar la biodiversidad.

En 2013 fue de los primeros en México en comenzar a utilizar esta herramienta, operada por la Academia de Ciencias de California y National Geographic Society.

“Yo estaba todavía con lo de Flickr, documentando la flora de Nuevo León. Fue cuando me brinqué a Naturalista”, comparte.

La plataforma permite identificar especies, hacer inventarios y generar datos científicos que ayudan a la investigación, la educación y la conservación. Sin imaginar a dónde lo llevaría, se fue especializando tanto en su uso que, en 2019, NatGeo lo contrató para enseñar a especialistas de otros países.

“Nadie dice: ‘Un día voy a trabajar para National Geographic’”, exclama el biólogo, quien se reconoce como un “adicto” a naturistear y tiene más de 47 mil registros de observaciones en la plataforma.

Durante tres años viajó a comunidades de Perú, Colombia, Kenia, Hong Kong y Filipinas para apoyar a exploradores con sus proyectos. Por su labor en cuidado y protección, la National Geographic Society le otorgó uno de sus galardones más prestigiosos: el Premio Wayfinder 2022.

Con ello, también se convirtió en explorador de NatGeo, lo que le ha otorgado financiamiento para realizar proyectos de conservación en diferentes partes de México.

“No te lo crees”, dice el biólogo, quien confiesa lidiar con el síndrome del impostor, que le hace creer que lo que hace no es tan importante.

A la par de su trabajo en Naturalista, ha hecho diversas acciones para impulsar la documentación y protección de la biodiversidad.

También es cofundador de Abeja y Planta, empresa dedicada a la educación, investigación y conservación ambiental, iniciada en 2016 con Liliana Ramírez Freire.

La bióloga conoció a Carlos al inicio de la licenciatura y se volvieron amigos inseparables. Se casaron al poco tiempo de egresar.

“Es una persona muy noble, dispuesta a ayudar a quien se lo pide y tiene una facilidad para realizar las cosas”, indica la científica, especialista en abejas.

“Y tiene muy buena memoria”, destaca riendo. “Sobre todo para los nombres científicos: no se puede acordar del nombre de una persona, pero que no sea el nombre de una planta o de un insecto, porque de volada te dice qué es”.

Carlos bromea al decir que su capacidad para memorizar es como una “enfermedad” que se agudiza con el tiempo y espera le ayude a sacarle la vuelta a la demencia. Fuera de chistes, reconoce el poder de esta habilidad para ponerla al servicio de la conservación.

Etiquetas: biodiversidadbiologíacienciacontaminaciónfaunaflora

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