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Madero Esquina Querétaro

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
10 octubre, 2025
en Editoriales
34
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2 de noviembre de 1911, Ayoxuxtla, Puebla, cuartel de Emiliano Zapata.

Un urgente y fatídico telegrama había llegado a los polvorientos campamentos del General Emiliano Zapata, Caudillo y jefe supremo del Ejército Libertador del Sur. El remitente no era otro que Francisco I. Madero, el hombre a días de ascender a la Presidencia. El mensaje, envuelto en la cortés formalidad del nuevo régimen, buscaba zanjar las diferencias abismales que impedían el apoyo total del general a su inminente investidura. La exigencia central era un golpe artero a la dignidad zapatista: el desarme incondicional de aquel gran ejército que llevaba años empuñando el fusil por la causa sagrada de la repartición de tierras a los campesinos, presentada como la única vía para alcanzar la paz ¡Una paz quimérica que solo existía en la mente ilusa de Madero!

Emiliano Zapata y el presidente electo se habían visto las caras en Cuernavaca, y aquel encuentro había sido un choque de voluntades irreconciliable. Madero, el caballero idealista, pedía a los campesinos olvidar el rencor hacia los hacendados y deponer las armas. A lo que el Caudillo del Sur, con la tierra grabada en su corazón, había replicado con una ironía lacerante: —¿Qué pasaría si uno de mis indios toma un reloj del hacendado, señor licenciado? ¿Lo perdonaría usted? —¡Claro que no! ¡Debería regresarlo! —contestó Madero sin titubear. —Entonces —sentenció Zapata, la voz como un látigo—, haga que regresen las tierras a los indios que defiendo, ellos son quienes producen.

Ante las desavenencias que hacían crujir el pacto revolucionario, no hubo acuerdo. La reunión terminó en una tensa y amarga ruptura.

Zapata no se andaba por las ramas; frontal, directo y a menudo hosco, el hombre de Morelos sabía que Francisco I Madero estaba a días de sentarse en la silla presidencial. Los discursos que le llegaban, leídos en voz alta o descifrados en la prensa, no contenían ni una sola sílaba sobre el mecanismo claro y la urgencia del reparto agrario. La decepción, que antes fue duda, se había solidificado en un comentario inamovible y que resonaba en todo el campamento: —¡No aceptaremos ninguna posición que no sea la tierra para nuestros indios!

El frío de Ayoxuxtla se colaba hasta los huesos, y el rumor del viento en las cañas se confundía con el canto metálico de las aves. El aroma de la leña ardiente se mezclaba con la humedad vasta de los cañaverales. El rasguido misterioso de animales desconocidos le daba al rancho mañanero un tono de vigilancia expectante. Sus hombres comían con avidez tortillas de maíz y frijoles, acompañados de salsas que ardían en la garganta y un café negro, fuerte, endulzado con piloncillo, cuyo vapor perfumaba el aire terco. En aquella mesa austera, el general Emiliano Zapata tomó el telegrama sellado, llegado desde el Palacio Nacional en la Ciudad de México, con la firma de Francisco Madero. El mensaje era breve, desprovisto de pasión: “…General Zapata. Invito al desarme y paz de la región, comprometido en reparto de tierra. A sus órdenes…”

—El señor Madero ya será nuestro propio presidente —dijo Zapata, su rostro como una máscara de piedra—, pero no le veo la manera ni la voluntad para hacernos el retorno de las tierras. Tampoco miro cercano el momento de lograr la paz si continúan los poderosos hacendados aplaudiéndole. Esos móndrigos acaparadores han amasado su riqueza con nuestro sudor, nos niegan la paga justa y convierten nuestra oportunidad en su ganancia. ¡El campesino no recibe nada! No desarmaré a mi ejército ni aceptaré la rendición. Este no es un ejército de Madero; le seguimos para derrocar al tirano Díaz, sí, pero no haré movimiento alguno en favor del licenciado si este es el precio.

El general tomó el telegrama y lo arrugó con una furia contenida entre sus dedos, luego lo aventó con desprecio al fogón, mirando cómo la efímera promesa se consumía en una pavesa. Le dio un sorbo ruidoso al café, resoplando para no quemarse la lengua. Miró a cada uno de sus hombres, sus ojos negros brillando con una decisión inquebrantable: —Si tomamos las poblaciones una a una, nos hacemos de quienes quieran jalar con nosotros… ¡Seguro le juntamos una buena bola de pelaos! Y, para ni hacerla cansada, tomamos la ciudad. Seguro apaciguamos a varios y caemos con la capital. Nuestra ruta será de aquí pa›l real: ¡Tomar la Ciudad de México!

Sus hombres estallaron en gritos de júbilo y aplausos atronadores, llenando el espacio del almuerzo con una alegría que era puro desafío. Quienes estaban afuera comprendieron al instante el significado de aquella algarabía: ¡Continuarán las hostilidades hasta que la tierra sea entregada! Es cierto que, en algunas poblaciones, la arrolladora presencia del Ejército del Sur ya había provocado la caída de hacendados, adjudicando tierras a los campesinos y colocando hombres para asegurar la productividad, controlada, esta vez, por y para los pueblos. Esas eran, al menos, las indicaciones.

La mixteca poblana, donde se asienta Ayoxuxtla, es una tierra agraria, pero dominada por los latifundios azucareros. La producción de caña, remolacha, y las primeras destilerías de alcohol y ron eran el motor de la región. Los hacendados habían descubierto que la mayor riqueza provenía del nuevo ron, cuyas etiquetas ya competían con fuerza con las de Querétaro en las tiendas de raya. A tal grado, que el nuevo aguardiente estaba sustituyendo al ancestral pulque.

Zapata sabía que el azúcar era el producto más rentable, que representaba para los hacendados un ingreso muy superior al de cualquier grano. Si el campesino tuviera la oportunidad de producir, y de lograr aprender el proceso de comercialización —una situación que, para su dolor, sabía que no dominaban—, entonces la situación cambiaría por completo. ¿Un indio rico? Tal vez no se trataba de eso, sino de toda una comunidad beneficiada por la comercialización del producto, dejando de lado la opresión de las autoridades y el Estado.

La mañana transcurría con la calma tensa acostumbrada. Los hombres se ejercitaban en las montas, dejando clara su destreza en la batalla; había algunas instrucciones, pero dominaba la parsimonia engañosa de un lugar tranquilo. Las chozas cercanas a los cañaverales apenas humeaban las últimas brasas. Los animales pastaban, y el sol golpeaba de soslayo, fuerte, como un recordatorio de que la víspera presidencial no significaba nada para las condiciones del campesino. ¡Todo seguiría igual!

¡Los tres disparos secos y urgentes de aviso hicieron que todos los hombres del cuartel de Zapata tomaran sus armas con un frenesí desesperado!

Desde lo lejos, los gritos se acercaban en una oleada de terror: —¡Pelones a la vista! Hombres de Huerta por la cañada y la enramada, ¡Pelones a la vista! — Una escaramuza de castigo del ejército federal, al mando del mismísimo Coronel Victoriano Huerta, se precipitaba sobre los cañaverales con unos cuatrocientos hombres. Las mujeres tomaron a sus hijos y corrieron despavoridas hacia el cerro. Los animales de pastoreo fueron arreados de prisa. ¡Como un juego cruel, algunos jinetes de Huerta los tomaban a tiro! Algunas mujeres, al intentar regresar por sus pocas pertenencias o animales, cayeron bajo los cascos de los caballos federales. Murieron en el polvo, inmoladas por la furia del ataque.

Por el lado sur del cuartel, unos trescientos hombres armados salieron corriendo para emboscar en el lado contrario de los cañaverales. Los jinetes federales tomaron por la herradura del río, un vasto llano verde plagado de agujeros trampa. Si lograban que la caballería de Huerta cayera en el cebo mortal, las montas romperían los cuartos delanteros, disminuyendo su potencia demoledora. El pequeño pueblo, aterrado, corría a resguardarse en la única posición segura: la cumbre del cerro.

Victoriano Huerta, en su imponente monta, dirigió el ataque a la posición de Zapata: —¡Vamos, cabrones, esto es más rápido! Arriba del cerro ya bajan los refuerzos. ¡Vamos, cabrones, tomen la armería y la casa! ¡No dejen a nadie con vida! —sentenció, con una frialdad escalofriante. Sus hombres que entraron por el cañaveral persiguieron a los zapatistas hasta la herradura. ¡Mordieron el cebo! Sus montas cayeron lastimadas, arrastrando a los jinetes. El caos se apoderó de los federales, pero un grupo, más astuto o afortunado, descubrió la posición central de Zapata y fue tras él.

El pueblo estaba defendido palmo a palmo. Hombres armados, curtidos y buenos para el combate en espacios reducidos, lograron que la gran escaramuza de caballería tuviera que reducirse a avanzar de dos en dos. ¡Los cazaban como conejos! Uno a uno iban cayendo, pero un grupo de avanzada, unos treinta hombres, logró pasar el retén de tiro. Se apearon de sus montas, rodearon a los pocos hombres que protegían a Zapata y comenzó un feroz intercambio de disparos.

Cercano a la hacienda del Matorral, Zapata logró atrincherarse y organizar una larga barricada. Desde allí, entre el humo y el estruendo, los soldados de Huerta comenzaron a ganar terreno. En un breve cese de fuego, soldados federales alcanzaron las afueras de la hacienda. A lo lejos, se escuchaban las detonaciones de los hombres que venían de la herradura y del río. ¡Un estruendoso rugido de cañón dejó a todos paralizados! Desde la ladera, Huerta había mandado perforar con artillería la pared oeste de la hacienda, por donde sus hombres ingresaron en masa.

Quienes resguardaban a Zapata se parapetaron en la gran sala de recepciones, formando un último cerco defensivo para evitar el ingreso. El silencio se hizo espeso, solo roto por el roce de las botas federales y el tintineo de sus espuelas sobre el rugoso suelo. Desde una de las ventanas, lanzaron una granada. ¡Todos corrieron desesperados al resguardo! La explosión derivó en esquirlas asesinas que cobraron la vida de los hombres que defendían al Caudillo del Sur. Tras la detonación, ¡ingresaron a tiros los hombres de Huerta! Ya no hubo intercambio; la matanza fue cruenta e instantánea. ¡Los hombres caían bajo la incansable lluvia de fusiles, sus vidas desvaneciéndose en el elegante salón!

¡Era un paredón improvisado entre cortinas elegantes y suculentos muebles! Una vez que el último hombre dejó de moverse, el Coronel Victoriano Huerta ingresó con su paso elegante, caminando sin inmutarse entre los cuerpos que estorbaban. Intentó mirar fijamente cada rostro, buscando la presa. La mugre y las barbas ralas dificultaban el reconocimiento; los rostros desfigurados por los tiros estaban hinchados, grotescos. Buscaba entre los muertos la buena nueva: ¡Zapata muerto! Pero no lo encontró.

Apenas algunos de los cuerpos comenzaban a sangrar en charcos oscuros. ¡De entre ellos, se levantó uno, tambaleándose, y disparó! El tiro alcanzó a Huerta en una mano. El coronel, rápido como una víbora, contestó a la agresión, vaciándole los cinco tiros restantes de su revólver. Los hombres de Huerta, en un acto de horror innecesario, decidieron dar el tiro de gracia a quienes aún se movieran, asegurando el silencio. Controlada la situación, revisaron una y otra vez, buscando al General del Ejército Libertador del Sur. No estaba.

—¡Aquí está! —dijo uno de sus capitanes, señalando un cuerpo debajo de otro que, al voltearlo, presentaba rasgos similares al general insurrecto. Victoriano Huerta se acercó, miró fijamente: —Es verdad, se parece y mucho, pero no es —contestó con una seguridad que lo irritó. El capitán se agachó y, en un gesto de macabra insistencia, puso el rostro del cuerpo en su mano izquierda: —¡Sí es, señor! Yo mismo lo he visto varias veces. Observe el mentón.

Huerta se dirigió hacia lo que quedaba del gran portón de la sala. Estaba seguro. Zapata no había caído. Era la peor noticia del asalto. Por enésima ocasión, el Caudillo del Sur había evadido la captura.

A lo lejos, desde la posición privilegiada del cerro, desde donde se vislumbraba todo el valle de la herradura, la hacienda, cañada y el río, Emiliano Zapata observaba el humo de la derrota táctica y la toma de su posición por el coronel Victoriano Huerta. Las bajas de sus hombres habían sido dolorosamente altas; mujeres y niños quedaron entre las líneas de fuego y también murieron. De seguro, el pueblo tendría varios días de sepelios y luto desgarrador. —Ya miro a las familias y a los hijos clamando venganza —dijo el general, la amargura en la voz—. ¡Más muertos para el señor Madero! Tomó su camino por el cerro para lograr llegar a la siguiente población.

Montado en su Ojo de Águila, un alazán de cobrizos brillos que le había acompañado en incontables batallas y jornadas nocturnas, el general encontró un consuelo silencioso. La pertinaz luna, cuando la noche llegaba, les brindaba cobijo. El caballo era su compañía ante la ausencia de su familia; más aún, era parte ya de su destino. La monta fue un regalo, tal vez uno que había apreciado por años. Ahora, él y los pocos hombres que lo seguían debían tomar camino para reunirse con el grueso de su ejército.

Al general Emiliano Zapata le quedaba una certeza fría y amarga: el presidente Francisco León de la Barra le había querido dar de regalo a Madero junto con la banda presidencial, su cabeza, a cambio de quién sabe qué oscuros favores. Esa idea no le dejaba de taladrar la mente: —¡Que no se me olvide!

Palacio Nacional, 3 de noviembre de 1911.

La carrera que emprendió el secretario del licenciado Francisco Madero, desde la Puerta Mariana hasta la oficina, fue como si al alma se la llevara el mismísimo demonio. Por mucho que se esforzaba por llegar al recinto donde despachaba el presidente electo, las escaleras y los pasillos se volvían interminables, laberínticos, abriendo una y otra puerta sin descanso.

Al fin arribó al descanso que precedía a la oficina principal. Tocó, y una vez que la voz de adentro le dio la indicación, ingresó: —Señor, el telegrama del coronel Victoriano Huerta. Madero se levantó de prisa y lo tomó. Dio la espalda al mensajero y leyó:

“…Emiliano Zapata escapa del asalto a Ayoxuxtla. Continúa con vida. Le perseguimos… V. Huerta…”

Continuará…

Etiquetas: CarranzadíazMaderoZapata

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