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100 años de El juguete rabioso

Desde la terraza

por Ariel González
7 abril, 2026
en Editoriales
¡Mi reino por un bolillo!
17
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Cuando El juguete rabioso es publicado en 1926, el joven Roberto Arlt ve cumplido uno de sus sueños más acariciados. Viniendo de condiciones profundamente adversas, encontrarse con su primer libro impreso fue un logro extraordinario. Él mismo refería sus muy accidentados orígenes: “he cursado las escuelas primarias hasta el tercer grado (es decir, hasta los 10 años). Luego me echaron por inútil. Fui alumno de la Escuela Mecánica de la Armada. Me echaron por inútil”.

Marginado, Arlt sobrevive trabajando en lo que puede, unas veces como hojalatero y mecánico, otras en el puerto, como ayudante de biblioteca o en una fábrica de ladrillos. Y sin embargo, en medio de enormes carencias y dificultades, también gusta de la lectura y abraza la ilusión de ser escritor.

El giro más importante que toma su vida en aquel tiempo fue conocer a Ricardo Güiraldes, de quien fue secretario. Güiraldes era todo lo contrario a Arlt: venía de una familia aristocrática y de una vida de dandy viajero entre Europa y Argentina. Una cosa los unirá: para 1926 ambos tienen un libro en la imprenta;    Güiraldes acaba de terminar su  novela Don Segundo Sombra, mientras que Arlt ya tiene lista la suya, La vida puerca, primer título de El juguete rabioso que sería desechado precisamente gracias al consejo de Güiraldes.

Su amistad durará poco. En 1927 Güiraldes viaja por última vez a París, donde muere de cáncer. Sus restos son llevados a Argentina y es sepultado en San Antonio de Areco, la tierra de sus queridos gauchos. Para Arlt es otro golpe del destino. Pierde a quien lo sacó prácticamente de la miseria y apadrinó la publicación de su novela, dándole además innumerables consejos.

La dedicatoria a su finado amigo en la primera edición de El Juguete Rabioso expresa claramente su gratitud: “A Ricardo Güiraldes. Todo aquel que está junto a usted, sentirá la imperiosa necesidad de quererlo. Yo, que he estado junto a usted, le dedico este libro”.

No deja de llamar la atención, más allá de los lazos personales que los unieron, que un escritor del ámbito rural y continuador de la tradición al estilo Martín Fierro, haya sido quien impulsara una obra cercana al arrabal, eminentemente urbana y moderna.

Así pues, El Juguete rabioso es la novela escrita por un autodidacta que viene esencialmente de la calle y de vivir grandes frustraciones y fracasos. El resultado, frente a la crítica de su época, no podía ser menos que explosivo en el ambiente literario y cultural de Buenos Aires.

Su relato, que cuenta las desventuras de Silvio Astier, un muchacho pobre angustiado por abrirse paso en la vida, será visto por los críticos cercanos al grupo Florida (el de la literatura más refinada del momento) como un trabajo “mal escrito” y también de “mal gusto”, mientras que los del grupo de Boedo (más militantes y contestatarios) verán en su obra un ejercicio cínico o falto de compromiso.

Aún así no faltan quienes lo quieren adscribir a uno u otro bando. El ensayista Dardo Cúneo creía a ratos que formaba parte del grupo de Boedo por sus temáticas populares, pero cuando observaba su “ademán de Apollinaire criollo”  lo veía más bien en el de Florida. Por su parte, el crítico Noé Jitrik lo encuentra por un lado “decididamente al margen de la sacralidad martinfierrista… y, por el otro, un poco menos del sentimentalismo boedista”.

Arlt queda entre estas dos aguas, pero incluso en su soledad no se ahoga. Ricardo Piglia, uno de los críticos que lo rescataría décadas después, hace un apunte que clarifica su situación dentro del ámbito literario argentino de su época:  “excede los límites de las convenciones literarias y también los lugares comunes ideológicos, que en general son una sola cosa. Es demasiado excéntrico para los esquemas del realismo social y demasiado realista para los cánones del esteticismo”.

De la escuela (informal) del periodismo, en la que se había iniciado muy joven por la  “necesidad del puchero” (coloquial forma de llamar a sus apremios económicos), fue forjando un estilo cercano al habla de la calle (y de la más ruda), pero también puntual.

Roberto Arlt –según Piglia–    es “alguien que no es un clásico, es decir, alguien cuya obra no está muerta (…) Hasta ahora, su estilo lo ha salvado de ir a parar al museo: es difícil neutralizar esa escritura, no hay profesor que la resista”. Y eso es justamante lo que él ambicionaba cuando dijo que  quería que su prosa tuviera “la violencia de un cross a la mandíbula”.

@ArielGonzlez

FB: Ariel González Jiménez

Etiquetas: ArltEl juguete rabiosoliteratura

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