VIVEN AMEALCENSES DE PICAR PIEDRA
Colindando con el Estado de México, a las orillas de una comunidad escondida del municipio de Amealco llamada San Ildefonso; los padres de familia tienen que “labrar” su vida a base de cantera y sillar. Las mujeres se dedican a crear recuerdos a base de barro.
Con un poco más de mil habitantes, la comunidad está habitada por indígenas que han dedicado su vida al campo y a la supervivencia, a la entrada del pueblo uno se puede percatar del movimiento y del rol que cada uno de los familiares tiene en su vida diaria: los niños y niñas, algunos portando todavía trajes típicos, entran y salen de las cuatro escuelas con las que cuenta la comunidad; todos tienen posibilidad de estudiar, al menos hasta el Bachillerato, y claro, tienen distintos horarios para acoplarse y así poder ayudar a sus padres en la mano de obra. Las madres, indígenas todas, se quedan en sus hogares formando figuras de barro: calabazas, hongos y floreros, para después salir a venderlos a Amealco o a Querétaro. Mientras tanto, los padres unos grandes y otros no tanto, se trasladan al cerro que está formado por pura cantera, ahí comienzan un largo día de trabajo.
Alfonso Encarnación Dionisio, indígena de corazón, lleva más de 15 años labrando la cantera del cerro “La Monja” para poder sacar adelante la economía familiar; aprovechando nuestra visita, platicó para PLAZA DE ARMAS que son jornadas de más de ocho horas diarias las que dedica a la semana para sacar un metro cuadrado de la piedra café, logrando vender a 800 pesos la pieza labrada.
Desde las siete de la mañana niños, jóvenes y adultos, acuden a dicho cerro para labrar lo que los mantendrá por una semana. Paredes completas son las que estas personas prácticamente tienen que romper, para lograr sacar los bloques enteros y después convertirlos en cuadros perfectos de un metro cuadrado.
Leopoldo González Dionisio, joven de 30 años de edad, platicó que desde su infancia él se ha dedicado a labrar la cantera, sin olvidar la escuela, ha tenido que ir a trabajar ahí, reconociendo que su trabajo es muy pesado, pero prefiere eso a tener que darle razones a un “patrón” ya que, dijo, en ese trabajo él puede acomodarse en tiempo y forma.
“Yo siempre me he dedicado a esto, desde chico, pero prefiero fregarme aquí todo el día, pero por algo que se será mío, a tener que estar dependiendo de un patrón”.
Sentado en su columna de cantera, Leopoldo González platicó que aunque les lleva una semana sacar los bloques que tienen un costo de 850 pesos, el trabajo tiene recompensas al ver llegar los camiones para su compra, pues sus clientes, que ya los conocen, acuden con ellos personalmente para abastecerse.
Por su parte, Alberto Encarnación Dionisio, hermano mayor de Leopoldo, explicó que el cerro que mide más de 10 hectáreas es explotado por 200 personas, algunos habitantes de Querétaro y otros del Estado de México, por lo que se tienen que dividir en familias, respetando su pedazo, que al menos es de unos 20 metros cuadrados para cada uno.
Contó que a la semana cada familia vende de tres a cuatro metros cuadrados de piedra, dándoles un ingreso cercano a los mil pesos por semana, igual que lo que ganarían como obreros, sin embargo ellos son sus propios jefes, dándoles más satisfacción. De igual forma, los labradores platicaron que el resto del material, el que no se logra acomodar por bloques, es vendido a 350 pesos por camión con una capacidad de siete metros.
Pero no todo es miel sobre hojuelas, pues hace un año estas familias tuvieron que enfrentarse a autoridades de la Procuraduría Federal de Protección al Amiente (Profepa), quienes pretendieron quitarles su único modo de sustento, pues además de la cantera, en ese cerro también sale un material más arenoso llamado sillar, mismo que utilizan para la construcción.
Alfonso Encarnación explicó que las autoridades intentaron quitarlos de su trabajo, al explicarles que estaban atentando contra la naturaleza, pues al recortar la piedra de los cerros se “traían” los árboles de alrededor; sin embargo, esta familia explicó que todos los trabajadores llegaron al acuerdo de plantar dos árboles por cada uno que se callera por la demolición.
Mientras esto sucede, las mujeres construyen artesanías en sus casas, mismas que son vendidas en los municipios más cercanos, e incluso en Querétaro, lugar donde suelen vender más de lo que imaginan.
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