ARCHIVO HISTÓRICO DEL ESTADO

20 mayo, 2012 Publicado a las 10:54 horas Columnas, Última Hora

EL “LIBRO DE LAS PROTESTAS”: PROTESTAS DE LOS SEÑORES DE QUERÉTARO (I)
En la página 1091 del “Libro de las Protestas”, aparecen los argumentos y los nombres de los vecinos de Querétaro que, de manera respetuosa y elegante se dirigen al Congreso, exponiendo su protesta ante la “Ley Orgánica” que hemos venido comentando. Se transcribe el texto original y se comenta parte por parte:
“PROTESTA DE LOS VECINOS DE QUERÉTARO CONTRA LA LEY ORGÁNICA DE LAS ADICIONES CONSTITUCIONALES.
“Señor:
“Los que suscribimos, vecinos de la ciudad de Querétaro, ante V.H. [sic], respetuosamente decimos que:
“Apenas se han enjugado las lágrimas que vertiera la Nación, por más de sesenta años; apenas podemos dormir, sin que nos despierte el trueno del cañón; apenas comienzan a borrarse las huellas de antiguos rencores; apenas reciben nuestros campos el sudor del labrador, en vez de la sangre de nuestros hermanos; apenas se comienza a escuchar el silbido del vapor en nuestras campiñas, y el canto del artesano en los talleres de nuestras ciudades, y apenas nos deleitan las primeras notas del himno de fraternidad universal, cuando una nube aparece sobre tan bello cuadro, arrojando su sombra sobre el horizonte de nuestra felicidad…Hablamos de la Ley Orgánica de 14 de diciembre de 1874.”
Como veremos a continuación, las personas que escribieron esta protesta eran cultos, respetuosos de las formas y conscientes de sus derechos, no solamente humanos sino también civiles y que, razonadamente y con ejemplos sacados del pasado y del presente, explican su sentir de manera clara y sin tapujos. Inclusive, por algunas de sus expresiones, o conceptos clave que después comentaremos, pueden ser incluidos entre los liberales moderados que ciertamente podemos encontrarlos entre los queretanos del siglo XIX, así como conservadores y personas de mediana cultura pero, eso sí, firmes en sus convicciones civiles y religiosas.
Continúan:
“Cuando nuestros legisladores discutían esa ley, fueron interrumpidos por los gritos de las tribunas, hasta ser necesario que la fuerza pública las hiciera callar; pero esos gritos fueron la primera protesta contra una ley que, evidentemente rechaza la inmensa mayoría de la Nación. Sin embargo nosotros lamentamos esos desahogos impetuosos de un celo mal dirigido. ¡Lástima! cuando es más necesario el silencio que nos reconcentra y nos prepara a descubrir dificultades que nos asombran, entonces se grita, sin reflexionar que se convierte en cuestión de amor propio y de energía, aquello que debió ser resuelto por la más sabia y profunda de las meditaciones. Sí, el legislador debe ser frío como el cálculo, e inflexible en la verdad como la línea recta; no hay que tocar sus pasiones, porque también es hombre. En vano se trataba de saber si nuestros legisladores tenían valor; mejor hubiera sido para ellos y para el pueblo mexicano, que fríamente examinaran si tenían razón.
“Es cierto que estamos frente a un hecho consumado, pero creemos que aún es tiempo de procurar el remedio. Debemos hablar, haciendo uso de nuestro derecho de ciudadanos, y hablaremos con la energía de la verdad; y con el respeto debido al alto poder a quien nos dirigimos. En nuestro respeto daremos al César lo que es del César; en la manifestación pública de nuestras convicciones daremos a Dios lo que es de Dios, el testimonio de nuestras conciencias. ¿Lograremos nuestro fin? Por ahora, bástenos saber que nos dirigimos a ciudadanos ilustrados que sabrán comprendernos, y si es necesario sabrán también disculparnos.
“Quien haya con detenimiento el carácter distintivo del pueblo mexicano, al verlo alarmado por la ley reglamentaria, puede decirse lo que Raulica, a sus conciudadanos, entusiasmados en honrar el hombre [¿nombre?] y la memoria de Daniel O’Conell, extranjero nacido a quinientas leguas de Roma. “¡Ah!, yo creo encontrar, creo leer en vuestros corazones la razón de todo esto. Yo os conozco, yo os veo animados por dos nobles instintos, por dos amores sublimes, hacia dos grandes objetos, en los cuales se encuentra toda fuerza, contra los cuales todo lo que se piensa es vano; todo lo que se hace es nulo; todo lo que se emprende funesto; y todo lo que se opone, debe infaliblemente sucumbir, a saber: la verdadera Religión y la verdadera Libertad.””
Vemos que el lenguaje además de elegante y culto, conocedor de los personajes de la historia antigua y, sobre todo, de los argumentos de una formación lógica, retórica, filosófica más que mediana, no tiene tacha en la manera de escribir y desenvolver paso a paso el pensamiento que los anima a dirigirse a la más alta autoridad de la República.
Recordemos que el autor de la Ley Reglamentaria impugnada, y que incorporó todas las leyes de Reforma a la Constitución de 1857, fue Sebastián Lerdo de Tejada, aunque ya estaba vigente en la presidencia de don Benito Juárez, muerto cuando apenas iniciaba su segundo periodo presidencial, constitucionalmente elegido (1872). Fue  interinamente substituido por don Sebastián (1872-1876), y éste también intentó “reelegirse” o elegirse constitucionalmente, para el siguiente periodo: de 1876 a 1880. Pero en su camino se interpuso el General don Porfirio Díaz, de los liberales moderados que se habían opuesto al largo periodo y reelección del Lic. Benito Juárez García e, igualmente opuesto, al radicalismo de los hermanos Miguel y Sebastián Lerdo de Tejada.
En el próximo artículo veremos otros argumentos de los ciudadanos de Querétaro, en su escrito de “Protesta” y, asimismo, los nombres de quienes firmaron estos documentos tan valiosos y al mismo tiempo, tan escondidos, pero que hacen falta para entender la verdadera historia de nuestro Estado y la de México en su conjunto.